domingo, 10 de junio de 2012

"Caso Dora"; Freud (resumen)

Fragmento de análisis de un caso de histeria (caso Dora)
Resumen de Freud S (1905) Fragmento de análisis de un caso de histeria.

INTRODUCCIÓN (A LA EDICIÓN DE 1925 DE «HISTORIALES CLÍNICOS»)

En el caso presente, vinieron en mi ayuda dos circunstancias: la breve duración del tratamiento -tres meses- y el hecho de que las soluciones del caso se agruparon en torno de dos sueños, relatados por la paciente a la mitad y al final, respectivamente, de la cura, y que me proporcionaron un seguro punto de apoyo para desentrañar la trama de interpretaciones y recuerdos a ellos ligada. La historia clínica misma la escribí una vez terminado el tratamiento.
Adición en 1923. - El tratamiento cuya historia comunicamos a continuación, quedó interrumpido el 31 de diciembre de 1899. Su exposición, escrita en las dos semanas siguientes, no se publicó hasta 1905. No es de esperar que más de veinte años de labor ininterrumpida no hayan modificado nada en la interpretación y exposición de un tal caso patológico, pero carecería totalmente de sentido querer adaptar ahora la exposición de su historia.

I - El historial CLÍNICO (*)

(*) Resumen cronológico de los aspectos relevantes de la vida y psicoanálisis de Dora, basado en el que confeccionara James Strachey y en los datos y fechas señalados en el propio historial clínico.

1882: Nacimiento de Dora.
1888: Padre enfermo con Tbc. La familia se traslada a B.
1889: Enuresis.
1890: Disnea.
1892: Desprendimiento de retina del padre.
1894: Ataque confusional del padre. Su consulta a Freud. Jaqueca y «tussis nervosa».
1896: Escena del beso.
1898 (Al comienzo del verano): Primera consulta de Dora a Freud. (Final de junio): Escena del lago.
(Invierno): Muerte de la tía de Dora en Viena.
1899 (Marzo): Apendicitis. (Otoño): La familia se cambia de B. y se traslada a una ciudad fabril.
1900: La familia se traslada a Viena. Amenaza de suicidio. (Oct. a Dic.): Tratamiento con Freud
(31/12): Fin del tratamiento.
1901 (Enero): Se escribe la historia del caso.
1902 (Abril): Última consulta de Dora a Freud.
1905: Publicación del historial clínico.
1923: Freud se entera de una recaída de Dora y de su consulta a otro médico.
1925: Freud escribe un prólogo al historial clínico.

Los informes de los familiares del enfermo -en este caso los suministrados por el padre de la paciente- suelen no procurar sino una imagen muy poco fiel del curso de la enfermedad. La incapacidad de los enfermos para desarrollar una exposición ordenada de la historia de su vida en cuanto la misma coincide con la de su enfermedad no es sólo característica de la neurosis, sino que depende de varias causas: en primer lugar, el enfermo silencia conscientemente y una parte de lo que sabe y debía relatar, fundándose para ello en impedimentos que aún no ha logrado superar: la repugnancia a comunicar sus intimidades, el pudor, o la discreción cuando se trata de otras personas. En segundo lugar, una parte de los conocimientos anamnésicos del paciente, sobre la cual dispone éste en toda otra ocasión sin dificultad alguna, escapa a su dominio durante su relato. No faltan nunca amnesias verdaderas, lagunas mnémicas, ni tampoco falsos recuerdos, formados secundariamente para cegar tales lagunas..
El círculo familiar de la paciente -una muchacha de 18 años- comprendía a sus padres y a un único hermano, año y medio mayor que ella. La persona dominante era el padre. Gran industrial de infatigable actividad y dotes intelectuales, en excelente situación económica. La muchacha le profesaba intenso cariño, y su espíritu crítico, tempranamente despierto, condenaba tanto más dolorosamente ciertos actos y singularidades de su progenitor.
Las muchas y graves enfermedades que el padre había padecido a partir de la época en que su hija llegó a los 6 años, habían coadyuvado a intensificar tal ternura. Por dicha época enfermó el padre de tuberculosis, trasladándose toda la familia a la ciudad de B. Al cumplir los 10 años, el padre sufrió un desprendimiento de la retina. Pero 2 años después tuvo un acceso de confusión mental, al que se agregaron síntomas de parálisis y ligeros trastornos psíquicos, por lo cual fue atendido por Freud. A esta afortunada intervención médica el padre acudió a él 4 años después, con su hija, aquejada de claros síntomas neuróticos y resolvió luego, al cabo de otros 2 años, confiársela para intentar su curación por medio del tratamiento psicoterápico.
En el intervalo una hermana del padre, que padecía una grave psiconeurosis, murió después de una vida atormentada por un matrimonio desgraciado, consumida por los fenómenos no del todo explicables, de un rápido marasmo. Otro de sus hermanos, era un solterón hipocondríaco.
La muchacha, que al iniciar el tratamiento acababa de cumplir los 18 años, había orientado siempre sus simpatías hacia la familia de su padre, y desde que había enfermado, veía su modelo y el ejemplo de su destino en aquella tía suya antes mencionada. Su madre, era una mujer poco ilustrada y poco inteligente, que al enfermar su marido, había concentrado todos sus intereses en el gobierno del hogar, ofreciendo una imagen completa de aquello que podemos calificar de «psicosis del ama de casa». Las relaciones entre madre e hija eran muy poco amistosas desde hacía ya bastantes años. La hija no se ocupaba de su madre, la criticaba duramente y había escapado por completo a su influencia. La sujeto tenía un único hermano. Las relaciones entre ambos hermanos se habían enfriado mucho en los últimos años. El muchacho procuraba sustraerse en lo posible a las complicaciones y familiares y cuando no tenía más remedio que tomar partido se colocaba siempre al lado de la madre.
Dora mostró ya a la edad de 8 años síntomas nerviosos. Por esta época enfermó de disnea permanente con accesos periódicos a veces muy intensos. El médico de la familia diagnosticó una afección puramente nerviosa.
Contó, que de niña, su hermano contraía regularmente en primer lugar y de un modo muy leve enfermedades infantiles, siguiéndole ella luego, siempre con mayor gravedad. Al llegar a los doce años comenzó a padecer frecuentes jaquecas y ataques de tos nerviosa, síntomas que al principio aparecían siempre unidos, separándose luego. La jaqueca fue haciéndose cada vez menos frecuente hasta desaparecer por completo al cumplir la sujeto dieciséis años. En cambio, los ataques de tos nerviosa, quizá provocada por un catarro vulgar, siguieron atormentándola. Cuando a los dieciocho años me fue confiada para su tratamiento, tosía de nuevo en forma característica.
Tales ataques cuya duración oscilaba entre 3 y 5 semanas, en su primera fase, el síntoma más penoso había sido una afonía completa. Pero ninguno de los tratamientos usuales, logró resultado positivo. La muchacha, acabó por acostumbrarse a despreciar los esfuerzos de los médicos, hasta el punto de renunciar por completo a su auxilio. Así, para que acudiera a Freud fue necesario que su padre se lo impusiera.
Él la vio por primera vez a principios del verano en que cumplía sus 16 años, aquejada de tos y ronquera, que acabó por desaparecer espontáneamente. Al invierno siguiente, a raíz de la muerte de la mujer de su tío, enfermó de pronto de apendicitis. Al otoño siguiente, la familia abandonó definitivamente la ciudad de B…, trasladándose primero al lugar donde aquél tenía su fábrica y apenas un año después a Viena.
Dora, había llegado a ser, entretanto, una adolescente inteligente y atractiva, pero su enfermedad consistía ahora en una constante depresión de ánimo y una alteración del carácter. No estaba satisfecha de sí misma ni de los suyos; trataba secamente a su padre y no se entendía ya ni poco ni mucho con su madre. Evitaba el trato social, alegando fatiga constante, y ocupaba su tiempo con serios estudios y asistiendo a cursos y conferencias para señoras. Un día sus padres se quedaron aterrados al encontrar encima de su escritorio una carta en la que Dora se despedía de ellos para siempre, alegando que no podía soportar la vida por más tiempo. Después de una ligera discusión con su hija, tuvo ésta un primer acceso de inconsciencia, del cual no quedó luego en su memoria recuerdo alguno, decidió, a pesar de la franca resistencia de la muchacha, iniciar tratamiento.
El padre informó de que tanto él como su familia habían hecho en B… íntima amistad con el matrimonio K… La señora de K… había cuidado a su padre durante su última más grave enfermedad, adquiriendo con ello un derecho a su reconocimiento, y su marido se había mostrado siempre muy amable con Dora, acompañándola en sus paseos y haciéndole pequeños regalos, sin que nadie hubiera hallado nunca el menor mal propósito en su conducta. Dora había cuidado cariñosamente de los 2 niños pequeños de aquel matrimonio, mostrándose con ellos verdaderamente maternal. Cuando, 2 años antes, el padre y la hija fueron a visitar a Freud a principios de verano, estaban de paso en Viena y se proponían continuar su viaje para reunirse con los señores de K… en un lugar de veraneo a orillas de los lagos alpinos. El padre se proponía regresar al cabo de pocos días, dejando a Dora en casa de sus amigos por unas cuantas semanas. Pero cuando se dispuso a retornar a Viena, Dora declaró resueltamente acompañarle. Días después explicó su singular conducta, contando a su madre, para que ésta a su vez lo pusiese en conocimiento del padre, que el señor K… se había atrevido a hacerle proposiciones amorosas durante un paseo que dieron a solas.
El acusado negó categóricamente el hecho y a su vez acusó a Dora diciendo que su mujer le había llamado la atención sobre el interés que la muchacha sentía hacia todo lo relacionado con lo sexual, hasta el punto de que sus lecturas habían sido obras tales como la «Fisiología del amor», de Mantegazza. Acalorada sin duda por semejantes lecturas, había fantaseado la escena amorosa de la que ahora le acusaban.
«No dudo -dijo el padre- que este incidente es el que ha provocado la depresión de ánimo de Dora, su excitabilidad y sus ideas de suicidio. Ahora me exige que rompa toda relación con el matrimonio K… y muy especialmente con la mujer, a la que adoraba. Pero yo no puedo complacerla, pues en primer lugar, creo también que la acusación que Dora ha lanzado sobre K… no es más que una fantasía suya, y en segundo, me enlaza a la señora de K… una honrada amistad y no quiero causarle disgusto alguno. Somos dos desgraciados para quienes nuestra amistad constituye un consuelo. Ya sabe usted que mi mujer no es nada para mí. Pero Dora, que ha heredado mi testarudez, no consiente en deponer su hostilidad contra el matrimonio K… Su último acceso nervioso fue consecutivo a una conversación conmigo en la que volvió a plantearme la exigencia de ruptura.»

Escena de la Tienda:
Dora tenía por entonces 14 años. K… había convenido con ella y con su mujer que ambas acudirían por la tarde a su comercio, para presenciar desde él una fiesta religiosa. Pero luego hizo que su mujer se quedase en casa, y esperó solo en la tienda la llegada de Dora. Próximo ya el momento en que la procesión iba a llegar ante la casa indicó a la muchacha que le esperase junto a la escalera que conducía al piso superior, mientras él cerraba la puerta exterior y bajaba los cierres metálicos. Pero luego, en lugar de subir con ella la escalera, se detuvo al llegar a su lado, la estrechó entre sus brazos y le dio un beso en la boca. Pero Dora sintió en aquel momento una violenta repugnancia; se desprendió de los brazos de K… y salió corriendo a la calle por la puerta interior. Este incidente no originó, sin embargo, una ruptura de sus relaciones de amistad con K… Dora aseguraba haberlo mantenido en secreto hasta su relato en la cura. De todos modos, evitó durante algún tiempo permanecer a solas con K…
En esta escena, la conducta de Dora, es ya totalmente histérica, ya que en lugar de sentir excitación sexual desarrolla sensaciones de repugnancia (displacer adscrito a las mucosas orales). El asco entonces sentido no llegó a convertirse en un síntoma permanente, manifestándose quizá tan sólo en una leve repugnancia a los alimentos. En cambio, la escena citada había dejado una alucinación sensorial de sentir aún en el busto la presión de aquel abrazo y ciertas singularidades inexplicables: eludía pasar cerca de un hombre que se hallase conversando cariñosamente con una mujer. Dora no sintió tan sólo el abrazo apasionado y el beso en los labios, sino también la presión del miembro en erección contra su cuerpo. Esta sensación, para ella repugnante, quedó reprimida en su recuerdo y sustituida por la sensación inocente de la presión sentida en el tórax, la cual extrae de la fuente reprimida su excesiva intensidad. Es un desplazamiento desde la parte inferior del cuerpo a la parte superior. Dora evita acercarse a un hombre que supone sexualmente excitado, para no advertir de nuevo el signo somático de tal excitación.
De un solo suceso, tres síntomas -la repugnancia, la sensación de presión en el busto y la resistencia a acercarse a individuos abstraídos en un diálogo amoroso. La repugnancia corresponde al síntoma de represión de la zona erógena labial (viciada, por el «chupeteo» infantil). La aproximación del miembro en erección tuvo como consecuencia, una transformación análoga del clítoris y su excitación, transferida, sobre la sensación simultánea de presión en el tórax. La resistencia a acercarse a individuos presuntamente en excitación sexual sigue el mecanismo de una fobia para asegurarse contra una nueva emergencia de la percepción reprimida.

Todo lo que se le hacía fácilmente consciente y todo lo que recordaba conscientemente, se refería siempre a su padre. No podía perdonarle la prosecución de sus relaciones con K… y sobre todo con la mujer del mismo, para Dora no cabía duda de que se trataba de relaciones eróticas. Cuando la muchacha reprochaba luego a su padre la amistad con la señora de K… solía él contestarle que no comprendía semejante hostilidad, pues tanto ella debía estarle muy agradecida ya que en la época de su enfermedad se había sentido el padre tan desesperado que había salido un día camino del bosque con intención de suicidarse. La señora de K… había sospechado sus propósitos y le había seguido, logrando hacerle desistir de ellos. Naturalmente, Dora no creyó tal explicación y supuso que su padre habría inventado el cuento del suicidio para justificar una cita con la mujer de K… en el bosque.
Cuando luego volvieron a B… el padre iba diariamente a visitar a la mujer de K… y siempre a la hora en que el marido no se hallaba en la tienda. En los paseos familiares, el padre y la señora de K… se las arreglaban para quedarse solos. No cabía duda de que ella aceptaba de él dinero, pues hacía gastos imposibles de justificar con sus propios medios o los de su marido. El padre comenzó también a hacerle regalos de importancia, y para encubrirlos, se mostró particularmente generoso con su propia mujer y con Dora.
También después de su partida de B… continuó esta amistad, pues el padre declaraba de cuando en cuando no poder soportar por más tiempo el clima de su nueva residencia y empezaba a toser y a quejarse, hasta que un día se marchaba resueltamente a B…, desde donde escribía luego cartas rebosantes de alegría. Todas aquellas enfermedades no eran sino pretextos para volver a ver a su amiga. Cuando más adelante reveló el padre su proyecto de trasladarse a Viena, Dora sospechó un nuevo manejo para reunirse con la señora de K…, y en efecto, a las tres semanas de estar en Viena se enteró de que también el matrimonio K… se había trasladado allí.
Cuando Dora se sentía amargada por esto, se le imponía la idea de que su padre la entregaba a K… como compensación de su tolerancia de las relaciones con su mujer, y no es difícil imaginar la ira que tal idea despertaba en ella. Pero, en realidad, cada uno de aquellos hombres evitaba cuidadosamente deducir de la conducta del otro aquellas conclusiones que podían estorbar la satisfacción de sus propios deseos. De este modo, K… pudo aprovechar todo su tiempo libre para gozar de la compañía de Dora y hacerle costosos regalos sin que a sus padres les pareciera sospechosa tal conducta.
Una serie de reproches contra otros nos hace sospechar la existencia, detrás de ella, de una serie de reproches de igual contenido contra la propia persona. También los reproches de Dora contra su padre se superponían en toda su extensión a reproches de igual contenido contra sí misma: tenía razón al afirmar que el padre no quería enterarse del verdadero carácter de la conducta de K… para con ella, con objeto de no verse perturbado en sus relaciones amorosas. Pero Dora había obrado exactamente igual. Se había hecho cómplice de tales relaciones. Así, su comprensión de dicho carácter y las exigencias de ruptura planteadas al padre, databan sólo de su aventura con K… en la excursión por el lago. Durante algún tiempo había habido en su casa una persona que quiso abrirle los ojos sobre las relaciones de su padre con la mujer de K… e impulsarla a tomar partido contra esta última. Tal persona había sido su última institutriz con quien mantuvo excelentes relaciones durante algún tiempo, hasta que Dora se enemistó repentinamente con ella y consiguió que la despidieran. Pero Dora siguió profesando a la señora de K… una tierna amistad y no veía motivo alguno para considerar intolerables las relaciones de su padre con ella. Pero además se daba cuenta exacta de los motivos que regían la conducta de su institutriz: ella estaba enamorada de su padre. Se indignó contra ella cuando advirtió que por sí misma le era totalmente indiferente y que el cariño que le mostraba no era más que un reflejo del que ofrendaba a su padre. Entonces hizo que la despidieran.
Pero lo mismo que la institutriz se había conducido con ella a temporadas, se comportaba ella con los hijos de K… Desempeñaba cerca de ellos el papel de madre. El cariño a los niños había constituido desde un principio un enlace entre K… y Dora, y el ocuparse de ellos había sido para esta última el pretexto que debía ocultar a los ojos de los demás que durante todos aquellos años había estado ella enamorada de K… De todas maneras, quedó probado así, que el reproche que dirigía a su padre, recaía por completo sobre su propia persona.
El otro reproche de que su padre utilizaba sus enfermedades como pretexto y medio para sus fines encubre de nuevo toda una parte de su propia historia secreta. También la conducta de la señora K… le había mostrado lo útiles que en ciertos casos pueden ser las enfermedades. K… pasaba fuera de su casa, en viajes de negocios, una parte del año y siempre que volvía encontraba enferma a su mujer, a la que veinticuatro horas antes Dora había visto en perfecta salud. La muchacha comprendió así que la presencia del marido hacía enfermar en el acto a la mujer y que ésta consideraba bienvenida la enfermedad puesto que le permitía eludir el cumplimiento de sus deberes matrimoniales. Dora había padecido toda una serie de accesos de tos acompañados de afonía de tres a seis semanas, tal como habían durado las ausencias de K… Demostraba así, con su enfermedad, su amor por K…, del mismo modo que la mujer de este último su desamor. Pero Dora se había conducido al revés que la esposa, enfermando mientras K… estaba ausente y sanando en cuanto llegaba.
Charcot, decía que en las personas aquejadas de mutismo histérico la escritura se hacía más fácil en compensación del habla. Así había sucedido también en el caso de Dora. En los primeros días de su afonía le era siempre grato y fácil escribir. K… solía comunicarle con frecuencia sus impresiones de viaje y le mandaba numerosas postales, hasta el punto de que Dora sabía antes que la propia mujer de K… la fecha de su retorno. La afonía de Dora significaba que cuando el hombre amado estaba ausente renunciaba ella a hablar; el habla no tenía ya para ella valor alguno, puesto que no le servía para comunicarse con él. En cambio, adquiría mucha más importancia la escritura como el único medio de seguir en relación con el ausente.
Todo síntoma histérico no puede formarse sin una cierta colaboración somática facilitada por un proceso normal o patológico en algún órgano del cuerpo. No surge más de una vez y para que un síntoma tenga carácter histérico es necesario que posea la capacidad de repetirse. Y al síntoma histérico, este sentido le es prestado por las ideas reprimidas que pugnan por encontrar una expresión. Claro que toda una serie de factores actúa en el sentido de que las relaciones entre las ideas inconscientes y los procesos somáticos de que disponen como medio de expresión se estructuren de un modo menos arbitrario, aproximándose a varios enlaces típicos. También para los accesos de tos y afonía, en el caso de Dora hay que buscar detrás de la misma el factor orgánico del que partió la colaboración somática que facilitó la expresión del amor a un hombre temporalmente ausente.
Su enfermedad actual se mostraba tan tendenciosa como la que aquejaba periódicamente a la mujer de K… e idénticamente motivada. Dora perseguía un fin que esperaba alcanzar por medio de su enfermedad: separar a su padre de aquella mujer. Ya que no lo conseguía con ruegos esperaba lograrlo atemorizando al padre (carta de despedida) y despertando su compasión (accesos de inconsciencia). Y si tampoco todo aquello le servía de nada, por lo menos la vengaba de él. Su enfermedad desaparecería por completo en cuanto su padre se declarara dispuesto a sacrificar por su salud su amistad con la señora de K… Pero esperaba que el padre no llegaría a hacerlo, pues entonces Dora se daría cuenta del arma poderosa que tenía en sus manos y no dejaría de aprovecharla en adelante simulando enfermedades cada vez que quisiera conseguir algo.
El «motivo de la enfermedad» en la histeria es conquistar una ventaja, primaria (ahorrar rendimiento psíquico para resolver un conflicto, es constante) y secundaria (obtener el favor de otros, vengarse, etc). Entonces, su intención de lograr la curación no es del todo sincera. Los motivos de la enfermedad empiezan a actuar ya en la infancia. El carácter aparentemente involuntario de la enfermedad, hace que la sujeto pueda emplear, sin reproche consciente contra sí misma, este medio cuya utilidad descubrió en su infancia. La enfermedad es intencionada. Los estados patológicos aparecen dedicados regularmente a una persona determinada y se desvanecen en cuanto ella se aleja.
Ninguno de los actos del padre había llegado a indignarla tanto como la facilidad con que aceptó la opinión de que la escena junto al lago no había sido más que un producto de la fantasía de su hija. Mas, el relato de Dora correspondía a la verdad. En cuanto había comprendido las intenciones de K…, no le había dejado continuar hablando, le había abofeteado y había echado a correr. Su conducta hubo de parecer incomprensible, pues debía de haber deducido ya, el cariño que la muchacha le profesaba.
No tardó en presentarse una ocasión que permitió interpretar la tos nerviosa de la sujeto como expresión de una situación sexual fantaseada. Cuando la enferma repitió una vez más que la mujer de K… amaba solamente a su padre porque se trataba de un hombre «de recursos». Detrás de aquel giro se escondía la idea antitética, esto es, la de que el padre era un hombre «sin recursos», o sea, impotente. Una vez confirmada conscientemente por la sujeto esta interpretación, Freud le hizo observar que se contradecía al afirmar por un lado que las relaciones de su padre con la mujer de K… eran de carácter íntimo, sosteniendo por otro que el padre era impotente. Su respuesta fue que no, porque había más de una forma de satisfacción sexual (el empleo de órganos distintos de los genitales en el comercio sexual). Ella pensaba precisamente en aquellos órganos que en sí misma se hallaban en estado de excitación (la boca y la garganta). Así, con aquella tos periódica, originada por un cosquilleo en la garganta, expresaba una situación de satisfacción sexual oral entre las dos personas cuyas relaciones amorosas la ocupaban de continuo. El hecho de que poco tiempo después de esta explicación, desapareciese por completo la tos, parecía confirmarlo.
Allí donde surge una histeria no puede hablarse ya de inocencia en el sentido que los padres y los educadores dan a este concepto. Por lo que respecta al carácter perverso de su fantasía, las perversiones son el desarrollo de gérmenes contenidos en la disposición sexual indiferenciada del niño y cuya represión u orientación hacia la sublimación. Los psiconeuróticos son todos ellos personas de inclinaciones perversas enérgicamente desarrolladas, pero reprimidas en el curso del desarrollo y relegadas a lo inconsciente. Las psiconeurosis son el negativo de las perversiones. Las energías de la producción de síntomas histéricos no son aportadas tan sólo por la sexualidad normal reprimida, sino también por los impulsos perversos inconscientes.
La premisa somática de tal fantasía habría sido constituida en ella por una circunstancia personal. Dora recordaba muy bien haber observado en sus años infantiles, hasta épocas muy tardías, la costumbre del «chupeteo». Es innegable que las mucosas labiales y bucales son una zona erógena primaria, carácter que conservan en el beso, considerado como un acto sexual normal. Cuando luego, en una época en que el objeto sexual propiamente dicho, el miembro viril, es ya conocido y se dan circunstancias que intensifican la excitación de la zona erógena bucal, no hace falta gran fuerza para sustituir en la situación de satisfacción sexual el pecho de la nodriza o el propio dedo, primer subrogado del pezón, por el miembro viril. De esta manera la fantasía perversa de la satisfacción sexual oral tiene un origen absolutamente inocente.
Esta situación sexual fantaseada resulta compatible con la otra explicación de que la aparición y desaparición de los fenómenos patológicos imita la presencia y la ausencia del hombre amado expresa: «Si yo fuera su mujer le querría de muy distinto modo y enfermaría (de pena) cuando estuviera ausente, curándome (de gozo) en cuanto volviera a casa». No es necesario que las distintas significaciones de un síntoma sean compatibles entre sí. Basta que tal unidad resulte de ser un solo y mismo tema el que ha dado origen a las distintas fantasías. Uno de los sentidos del síntoma es expresado por la tos y el otro por la afonía y el curso de lo estados patológicos. Un síntoma integra siempre simultánea y sucesivamente. El síntoma, una vez constituido, tiende a perdurar aunque la idea inconsciente que halló en él su expresión haya perdido su significación primera.
La repetición incesante de las mismas ideas relativas a los amores de su padre con la mujer de K… pueden calificarse de «prepotentes», se demuestran patológicas no obstante su contenido aparentemente correcto, por la invencible resistencia que oponen a todos los esfuerzos mentales conscientes y voluntarios que el sujeto realiza para sustituirlas o alejarlas de su pensamiento.
Tal idea debe su intensificación a lo inconsciente porque se esconde detrás de ella otra idea inconsciente, casi siempre, su antítesis. En las antítesis una de las ideas es intensamente consciente y la otra, inconsciente y reprimida. Entonces la idea que ha de ser reprimida queda extraordinariamente reforzada (intensificación por reacción) y la idea que se afirma intensamente en lo consciente se muestra irreprimible como un prejuicio (idea de reacción). El camino para despojar de su excesiva intensidad a la idea dominante, es hacer consciente la antítesis reprimida.
Dora sentía y obraba como una mujer celosa; tal y como hubiera obrado su madre. Pero al mismo tiempo, según la fantasía en que se basaban sus accesos de tos también se identificaba con la mujer de K… Se identificaba, pues, con las dos mujeres que su padre había amado. Por lo tanto, se hallaba enamorada de su padre. Las circunstancias externas de la vida de la paciente, su disposición congénita, la habían impulsado siempre hacia él, cuyas numerosas enfermedades hubieron de intensificar su cariño. La aparición de la mujer de K… la había suplantado en muchos sentidos, más que a su madre. Cuando Freud comunicó a Dora esta conclusión, la sujeto respondió: «No me acuerdo». No es posible extraer del inconsciente otro tipo de Sí, no existe en absoluto un No para el inconsciente.
Este amor a su padre no se había manifestado en mucho tiempo. Por lo contrario, Dora había vivido durante muchos años en perfecta armonía con aquella mujer que la había suplantado cerca de su padre e incluso había fomentado sus relaciones con éste. Este amor había sido intensificado como síntoma de reacción para reprimir otro impulso aún poderoso en lo inconsciente. Ante el aspecto que las cosas presentaban, tal elemento reprimido era el amor a K… Había surgido en ella una violenta resistencia contra aquel amor, renaciendo entonces su antigua inclinación hacia el padre de su infancia. Había llegado así a convencerse de haber olvidado totalmente a K… y sin embargo tuvo que evocar y exagerar, para protegerse contra él, su inclinación infantil hacia el padre. El hecho de que entonces la dominase constantemente una celosa irritación parecía corresponder a otra determinación suplementaria. El «no» significa en ese caso el «sí» deseado. Dora confesó que no le era posible guardar a K… todo el rencor que por su conducta para con ella merecía.
Detrás de la serie de ideas preponderantes que giraban en derredor de las relaciones del padre con la mujer de K… se escondía también un impulso de celos, cuyo objeto era aquella mujer, un impulso, pues, que sólo podía reposar sobre una inclinación hacia el propio sexo. En condiciones favorables, la corriente homosexual queda totalmente cegada, pero en aquellos casos de mujeres o muchachas histéricas cuya libido sexual orientada hacia el hombre ha quedado enérgicamente reprimida, aparece regularmente intensificada, la corriente homosexual, que a veces llega a hacerse consciente. Recordemos, sin embargo, a aquella institutriz y a aquella prima suya que luego se había casado, había mantenido Dora relaciones muy cordiales, compartiendo con ellas todos sus secretos y luego el “desengaño”. Ello llevó a la cuestión de sus relaciones con la mujer de K. Entre ellas había subsistido durante años una estrecha y confiada amistad. Durante las temporadas que Dora pasaba en casa de los K… compartía con la mujer el lecho conyugal, en todas las dificultades de la vida matrimonial había sido confidente y consejera de la mujer, que no tenía para Dora secreto alguno. El hecho de que Dora llegase a amar a aquel hombre tan duramente criticado por su amiga plantea un interesante problema psicológico cuya solución es de que en lo inconsciente coexisten sin violencia las ideas más dispares y antitéticas y aún también en la conciencia.
Cuando la sujeto hablaba de la mujer de K… alababa su «cuerpo blanquísimo» con un acento más propio de una enamorada que de una rival vencida. En otra ocasión mostró más melancolía que enfado al comunicarme su convicción de que los regalos que su padre le hacía eran elegidos por la mujer de K… Se conducía, pues, de un modo inconsecuente. Cuando la sujeto denunció la conducta de K…, y éste unas semanas después habló con el padre de la muchacha, no tuvo ya consideración alguna con ella, sino que la atacó duramente alegando, que una muchacha que leía libros como la «Fisiología del amor» y se interesaba por aquellas cosas, no podía exigir respeto de un hombre. Así, pues la mujer de K… la había traicionado, pues sólo con ella había hablado del tal libro y sobre temas sexuales. Le había pasado con ella lo mismo que antes con la institutriz. Tampoco la mujer de K… la había querido por ella misma, sino por su padre, y la había sacrificado para no ver estorbadas sus relaciones con aquél. Esta ofensa dolió más a Dora y ejerció sobre ella una más intensa acción patógena que aquella otra idea con la cual tendía a encubrirla: la de haber sido sacrificada por su padre. La amnesia de la sujeto en cuanto a las fuentes de sus conocimientos sexuales señalaba directamente el valor afectivo de la acusación y, en consecuencia, la traición de la amiga. La idea predominante en Dora, la de las relaciones ilícitas de su padre con la mujer de K… estaba destinada, no sólo a reprimir su amor, antes consciente, hacia aquel hombre, sino también a encubrir su amor a la mujer de K…, más inconsciente aún. No se resignaba a cederle su padre y se ocultaba así lo contrario, esto es, que no se resignaba a ceder aquella mujer a su padre y que no había perdonado a la mujer amada el desengaño que le había causado su traición. Los celos de la muchacha se hallaban apareados en lo inconsciente a unos celos de carácter masculino. Estas corrientes afectivas masculinas son típicas de la vida amorosa inconsciente de las histéricas.

II - EL PRIMER SUEÑO

«Hay fuego en casa. Mi padre ha acudido a mi alcoba a despertarme y está de pie al lado de mi cama. Me visto a toda prisa. Mamá quiere poner aún a salvo el cofrecito de sus joyas. Pero papá protesta: No quiero que por causa de tu cofrecito ardamos los chicos y yo. Bajamos corriendo. Al salir a la calle, despierto.»

Dora recuerda haberlo soñado tres noches consecutivas durante su estancia en L… (la localidad junto al lago en la que se había desarrollado la escena con K… ). Luego había vuelto a tenerlo hacía unas cuantas noches en Viena.
- Lo que primero se me ocurre se trata de que papá ha tenido en estos últimos días una discusión con mamá porque mamá se empeña en dejar cerrado con llave el comedor por las noches. La alcoba de mi hermano no tiene otra salida y papá no quiere que mi hermano se quede así encerrado. Dice que por la noche puede pasar algo que le obligue a uno a salir. Cuando llegamos a L…, papá expresó directamente su temor a un incendio. Llegamos en medio de una fuerte tormenta y la casita que íbamos a habitar era toda de madera y no tenía pararrayos.
Esos sueños sucedieron después de la escena con K… en el bosque, por tanto éstos eran una reacción a aquel suceso. Se repitieron tres veces, o sea el tiempo que permaneció en L… después de la escena con K…
- K… y yo regresamos a mediodía de nuestro paseo por el lago. Después de almorzar me eché en un sofá de la alcoba del matrimonio, para reposar un rato. De pronto desperté sobresaltada y vi a K… en pie junto al sofá…
- Como en el sueño, a su padre al lado de la cama.
- Sí. Le pregunté qué venía a hacer allí y me contestó que había venido a buscar unas cosas y que, además, nadie podía impedirle entrar en su alcoba cuando quisiera. Esto me hizo ver la necesidad de cerrar el cuarto con llave, y a la mañana siguiente, cerré por dentro mientras me arreglaba. Pero luego, a la hora de la siesta, cuando quise volver a cerrar para echarme tranquilamente en el sofá, no encontré ya la llave. Estoy segura de que fue K… quien la quitó.
- Tal es, pues, el tema de cerrar o no cerrar una habitación: Zimmer (pieza) en los sueños reemplaza a Frauenzimmer (término desvalorizante “departamentos de mujer”). El asunto de si una mujer (pieza) está “abierta” o “cerrada” es obvio. Es bien sabido, además, qué tipo de “llave” abre en tal caso.
- Fue entonces cuando me propuse no quedarme en casa de K… sin mi padre. En las mañanas siguientes me vestí a toda prisa, temiendo siempre la aparición de K… Pero K… no volvió a importunarme.
- Su sueño retornaba todas las noches por corresponder precisamente a un propósito. Un propósito subsiste hasta que es realizado. Es como si se hubiera usted dicho: «aquí no tengo tranquilidad». No podré dormir tranquilamente hasta que no salga de esta casa. En el sueño dice usted inversamente: «al salir a la calle, despierto». ¿Qué se le ocurre a usted con respecto al cofrecito que su madre quería poner a salvo?
- Mamá es muy aficionada a las joyas, y papá le ha regalado muchas. Tuvieron un conflicto porque ella quería unas gotas de perlas y él le regaló una pulsera, ella no la aceptó.
- Entonces podría haberla aceptado usted... Hasta ahora me ha hablado usted sólo de las joyas, pero no del cofrecillo (mucha represión con respecto a este tema)
- Sí. K… me había regalado poco antes un cofrecillo precioso.
- Estaba, pues, justificado que usted le regalase algo en correspondencia. Quizá no sabe usted aún que la palabra «cofrecillo» sirve corrientemente para denominar el genital femenino. Se dijo usted: «ese hombre anda detrás de mí; quiere entrar en mi cuarto; mi “cofrecillo” corre peligro y si sucede algo, la culpa será de mi padre». Por ello integra usted en el sueño una situación que expresa todo lo contrario: un peligro del cual la salva su padre. En la figura de su madre usted ve una antigua rival en el cariño de su padre. En el incidente de la pulsera pensó usted en aceptar gustosa lo que ella rechazaba. Vamos a sustituir ahora «aceptar» por «dar» y «rechazar» por «negar». Hallaremos así que usted estaba dispuesta a dar a su padre lo que mamá le negaba, y que se trataba de algo relacionado con las joyas. Por otro lado, K… le ha regalado a usted un cofrecillo y ahora debe usted regalarle a él el de usted. Por eso le hablé antes de un regalo «en correspondencia». En esta serie de ideas habremos de sustituir a su mamá por la señora de K…, usted se halla, pues, dispuesta a dar a K… lo que su mujer le niega. Tal es la idea que con tanto esfuerzo ha de ser reprimida y hace así necesaria la transformación de todos los elementos en sus contrarios respectivos. Como ya indiqué a usted antes de iniciar el análisis, este sueño confirma que usted se esfuerza en despertar de nuevo su antiguo amor a su padre, para defenderse contra el amor a K… ¿Qué demuestran todos estos esfuerzos? No sólo que teme usted a K…, sino que aún se teme usted más a sí misma teme a la tentación de ceder a sus deseos. Confirma usted, pues, con ello, cuán intenso era su amor a K….
Pero la interpretación de su sueño no terminaba aquí. Un sueño regular posee dos puntos de sustentación: el motivo esencial actual y un suceso infantil de graves consecuencias. El deseo que crea el sueño procede siempre de la infancia, quiere volver la infancia a la realidad, corregir el presente conforme al modelo de la infancia.
- ¿Sabe usted por qué se prohibía a los niños jugar con cerillas?
- Sí. Por temor a que ocasionen un incendio.
- No es sólo por eso. Se les prohíbe jugar con fuego porque se cree que tales juegos tienen determinadas consecuencias.. La antítesis entre el agua y el fuego le ha prestado a usted excelentes servicios en su sueño. Su madre quiere poner a salvo el cofrecillo para que no arda, y en las ideas latentes del sueño de lo que se trata es de que el «cofrecillo» no se moje. El concepto fuego sirve también para representar el amor. Del concepto fuego parte así un camino que conduce, a través de esta significación simbólica, hasta las ideas amorosas, y otro que, a través del concepto antitético, agua, y luego de ramificarse en una relación con el amor, que también moja, llega a lugar distinto. Piense usted en sus palabras de antes: «Puede suceder por la noche algo que le obligue a uno a salir». ¿No pueden referirse a cosa distinta de que el niño moje la cama? ¿Y qué es lo que se suele hacer para evitar que los niños mojen la cama? Despertarlos por la noche, como en su sueño la despierta a usted su padre. Debo, pues, concluir que la enuresis nocturna duró en usted más tiempo del corriente en los niños. Lo mismo debió sucederle a su hermano, pues su padre dice: no quiero que mis dos hijos… perezcan.
La interpretación del sueño parecía así quedar terminada: “La tentación es cada vez más fuerte. Querido papá protégeme como cuando era niña para evitar que moje mi cama”. La sujeto aportó aún, días después, un nuevo detalle del mismo. Había olvidado decirme que cuantas veces había soñado aquel sueño había advertido, al despertar, olor a humo. El humo con concordaba muy bien con el fuego e indicaba que el sueño tenía una relación especial con Freud, pues cuando la sujeto alegaba que detrás de algún punto no se ocultaba nada, él argüía que «no hay humo sin fuego». Dora decía que su padre y K… eran, como Freud, fumadores impenitentes. También ella fumaba y cuando K… inició su desgraciada declaración amorosa acababa de liarle un cigarrillo. En consecuencia, pertenecía, probablemente, a la idea mejor reprimida y más oscuramente representada en el sueño, o sea a la de la tentación de ceder a los deseos de su enamorado, y siendo así, apenas podía significar otra que el deseo de recibir un beso, caricia que si es hecha por un fumador ha de saber siempre a humo. Las ideas de tentación parecen haber retrocedido hasta la pretérita escena de la tienda y haber despertado el recuerdo de aquel primer beso contra cuya seducción se defendió por entonces la sujeto desarrollando una sensación de repugnancia. Una verosímil una transferencia sobre Freud, facilitada por el hecho de ser él también fumador, puede ser que en alguna de las sesiones del tratamiento se le ocurrió a la paciente desear que yo la besase. Tal hubiera sido entonces el motivo de la repetición del sueño admonitorio y de su resolución de abandonar la cura.
La enuresis nocturna de Dora no era de los corrientes. No sólo se había prolongado más allá del tiempo considerado como normal, sino que había desaparecido primero para reaparecer luego, en época relativamente tardía, cuando la sujeto había cumplido ya los seis años. Una incontinencia de este género no puede tener causa distinta de la masturbación. Poco tiempo antes, la sujeto había planteado la cuestión de la causa de su enfermedad, y antes de que Freud iniciase observación alguna a este respecto, se había respondido a sí misma imputando a su padre toda la culpa de su estado. La muchacha sabía de qué género había sido la enfermedad de su padre, pues la muchacha, preocupada y curiosa, oyó por entonces a una anciana tía suya decir a su madre: «Ya estaba enfermo antes de casarse contigo», añadiendo luego algo que Dora no comprendió de momento y luego refirió a cosas ilícitas. Así, pues, el padre había enfermado a consecuencia de su vida libertina y Dora suponía que le había transmitido hereditariamente la enfermedad. La continuación de esta serie de ideas acusadoras contra el padre avanzaba a través de material inconsciente. Dora se identificó durante algunos días, en ciertos síntomas y singularidades, con su madre. Esta última padecía de dolores en el bajo vientre y flujo blanco. Dora suponía que aquella enfermedad era también imputable al padre, que había contagiado a su mujer su afección sexual. Su persistencia en la identificación con la madre llevó al conocimiento de que también ella padecía de flujo blanco, sin que pudiera precisar exactamente desde cuándo.
Así, detrás de la serie de ideas acusadoras contra el padre, se ocultaba, una acusación contra la propia persona, pues el flujo blanco constituía en las jóvenes solteras un indicio de masturbación y que todas las demás causas a las que solía atribuirse tal enfermedad quedaban muy en segundo término comparadas con la masturbación. Al decirle esto Freud, Dora lo negó resueltamente, pero días después dejó ver algo que la delató. Por primera y última vez en todo el tratamiento trajo colgado del antebrazo un bolsillo de piel, con el que empezó a juguetear mientras hablaba, abriéndolo y cerrándolo, metiendo en él un dedo, etcétera. Éste era un acto sintomático que se ejecuta automática e inconscientemente, como jugando y al que se niega toda significación. Pero una más cuidadosa observación muestra que tales actos, exteriorizan ideas e impulsos inconscientes. El bolsillito bivalvo de Dora no era otra cosa que una representación del genital femenino, y el acto de juguetear con él abriéndolo e introduciendo un dedo constituía una inconfundible exteriorización mímica de la masturbación.
Acusaciones contra el padre, que le habría transmitido su enfermedad, y detrás de ellas una acusación contra sí misma -flujo blanco-, jugueteo sintomático con el bolsillito -incontinencia posterior a los seis años-, secreto que la enferma se resiste a dejarse arrancar por los médicos; todo esto me parece constituir una prueba indiciaria irreprochable de la masturbación infantil. Los síntomas histéricos no aparecen casi nunca mientras los niños continúan masturbándose, sino luego en los períodos de abstinencia, pues representan una sustitución de la satisfacción masturbadora que lo inconsciente continúa demandando mientras no surge otra distinta satisfacción más normal, o se ha hecho ya imposible. De esta última condición depende la posibilidad de la curación de la histeria por medio del matrimonio y del comercio sexual normal. Si la satisfacción cesa luego en el matrimonio por la práctica del coito interrumpido o el extrañamiento psíquico de los cónyuges, etcétera, la libido vuelve a buscar su antiguo curso y se manifiesta de nuevo en síntomas histéricos.
La disnea, el asma nerviosa, corresponden a la misma causa ocasional, esto es, al hecho de haber escuchado los ruidos producidos por una pareja adulta en el acto del coito. A la influencia de la excitación entonces sentida puede atribuirse fundadamente aquella transformación que se inició por entonces en la sexualidad de la infantil sujeto y sustituyó la tendencia a la masturbación por la tendencia al miedo. Algún tiempo después, cuando el padre estaba ausente y la niña lo echaba de menos, repitió aquella impresión bajo la forma de un acceso de asma. A esta sensación física se agregó primero la idea de que los médicos habían prohibido a su padre cualquier esfuerzo, y luego el recuerdo de la fatiga que en aquella ocasión nocturna delataba su respiración jadeante. Este recuerdo la llevó a preguntarse si ella misma no se habría dañado gravemente con la masturbación, conducente también al orgasmo sexual acompañado siempre de una ligera disnea, y luego, al retorno intensificado de esta disnea, como síntoma.
El flujo blanco o «catarro», palabra con la que aprendió a designar su afección es una exteriorización, en el síntoma de la tos, a toda la serie de ideas sobre la culpabilidad del padre en la causa de su enfermedad: «Soy hija de mi padre. Tengo, como él, un catarro. Me ha contagiado su enfermedad como antes la contagió a mi madre. También me ha transmitido las malas pasiones, de las cuales es castigo la enfermedad».
Los accesos de tos y de afonía, quedan fijados por su primer disfraz psíquico, la imitación compasiva del padre enfermo y luego por los autorreproches a causa del «catarro». Este mismo grupo de síntomas se muestra además adecuado para representar las relaciones con el señor K…, lamentar su ausencia y expresar el deseo de ser para él una esposa mejor que la suya. Cuando una parte de la libido se orientó nuevamente hacia el padre, el síntoma adquirió su quizá última significación para representar el comercio sexual con el padre en identificación con la señora de K…
Recordemos que el beso de K… provocó en Dora una viva sensación de asco. La institutriz despedida la había advertido, que todos los hombres eran inconstantes y falsos. Entonces para Dora, todos los hombres eran iguales a su padre, y como creía que su padre padecía una enfermedad sexual podía imaginarse que todos los hombres padecían la misma enfermedad. Verse aquejada de un flujo repulsivo es una nueva motivación del asco experimentado en el momento del abrazo Tal repugnancia transferida al contacto del hombre, sería entonces una repugnancia proyectada y referida al flujo blanco de la propia sujeto.
El sueño traducido a lo consciente podría expresarse: «Tengo que salir de esta casa en la cual, corre peligro mi virginidad. Partiré con mi padre y mañana, mientras me visto, tomaré mis precauciones para que nadie me sorprenda». Estas ideas encuentran clara expresión en el sueño. Pertenecen a una corriente que ha alcanzado conciencia y predominio en la vida despierta. Detrás de ellas se trasluce otra serie de ideas, oscuramente representadas, que corresponden a la corriente opuesta y han sucumbido, por lo tanto, a la represión. Esta serie de ideas culmina en la tentación de entregarse a su pretendiente en agradecimiento al amor que el mismo le había demostrado durante los últimos años, y evoca, quizá, el recuerdo del único beso que de él había recibido hasta entonces. Pero un sueño no es la realización de un propósito sino el cumplimiento de un deseo, y precisamente de un deseo procedente de la vida infantil. Por tanto el sueño reanima en sí una pretérita inclinación infantil hacia su padre, destinada a protegerla contra la inclinación presente hacia aquel hombre. El padre es responsable en parte, del peligro que ahora la amenaza, pues la ha entregado a su pretendiente para mejor lograr sus propios intereses amorosos. El deseo infantil inconsciente de reemplazar a K… por el padre es el que proporciona la energía productora del sueño.
Este deseo aporta al recuerdo un material infantil que integra también íntimas relaciones con la represión de dicha tentación. Pues si Dora se siente incapaz de ceder a su amor hacia aquel hombre, tal resolución se enlaza a su prematura actividad sexual y a las consecuencias de la misma, la enuresis, el catarro genital y las náuseas. Esta prehistoria puede servir luego de base en la edad adulta, a dos actitudes distintas ante el amor: la entrega sin resistencia alguna y hasta la perversión, a la sexualidad o, por reacción, la repulsa de la sexualidad y la neurosis. La constitución de la paciente y su educación moral e intelectual hubieron de orientarla en el segundo sentido.
La elaboración onírica se inicia en la tarde del segundo día, después de la escena en el bosque, al advertir Dora que no puede ya cerrar la puerta de su cuarto. Se dice entonces: «Corro aquí un grave peligro» y forma el propósito de partir con su padre. Este propósito encuentra una posibilidad de continuación en lo inconsciente, instancia en la cual corresponde a él el proceso en que la sujeto despierta su pretérito amor infantil a su padre como protección contra la tentación actual. Así se desarrollan sus ideas preponderantes (celos de la mujer de K… a causa de su padre, como si estuviera enamorada de él). Luchan en Dora la tentación de ceder a su pretendiente y la resistencia contra ella (por honestidad y cordura, impulsos hostiles provocados por las confidencias de la institutriz y un elemento neurótico, la parte de repulsa sexual pronta en ella y basada en su historia infantil). El amor hacia el padre, procede de esta historia infantil.
El sueño transforma el propósito inconsciente de refugiarse al amparo del padre, en una situación que muestra cumplido el deseo de que el padre la salve del peligro. Para conseguirlo así tiene que echar a un lado una idea contraria: la de que el padre es precisamente quien la ha expuesto a aquel peligro. El impulso hostil contra el padre (deseo de venganza) en este punto reprimido, constituye luego uno de los motores del segundo sueño.
Exactamente en la misma forma en que su enamorado se había aproximado a su lecho, despertándola, lo hacía su padre en la infancia. Pero el padre la despertaba en su tiempo para que no mojase la cama. Esta idea de «mojar» determina todo el resto del sueño, aunque sólo aparezca representado por una alusión lejana y por una antítesis.
La antítesis de «mojar», «agua», puede ser muy bien «arder», «fuego». El temor casualmente manifestado por el padre no hubiera llegado a adquirir esta significación en el contenido del sueño si no hubiera armonizado tan bien con la corriente afectiva victoriosa que tendía a hallar a toda costa en el padre auxilio y salvación. En realidad lo que había hecho era exponer a la muchacha a tal peligro.
En las ideas latentes del sueño, el concepto «mojado» pertenece no sólo al de la enuresis nocturna, sino también al de la tentación sexual, reprimido y oculto detrás de aquel contenido del sueño. En el comercio sexual queda «mojada» la mujer, que el hombre da a la mujer, en el coito, algo líquido, en forma de «gotas». Sabe que precisamente en ello está el peligro y que debe evitar que sus órganos genitales sean mojados.
Con los conceptos «mojado» y «gotas» se inicia simultáneamente el otro núcleo de asociaciones, el del repulsivo catarro genital. «Mojado» equivale aquí a «contaminado». Dora parece comprender aquí que la manía de limpieza de su madre no e sino la reacción a aquella impureza. El recuerdo buscado es hallado en las «gotas» de perlas que la madre deseaba recibir como «adorno». Las «gotas» aparecen empleadas como equívoco, como palabra de doble sentido, y «adorno» es, como «limpio», una antítesis de «impuro» (contaminado). El recuerdo proviene del material de los celos, de raíz infantil, pero continuados luego, contra la madre.
Más lejanas al «mojado» son las «joyas»; si este elemento hubiera quedado incluido en la situación onírica ya fijada, el fragmento correspondiente del sueño habría sido: la madre quiere aún salvar sus «joyas». Pero en la nueva variante -«joyero»- se impone a posteriori el influjo de elementos pertenecientes al círculo de la tentación emanada de K… Éste no había regalado a Dora una «joya», pero sí un «joyero».
De este modo, el contenido del sueño incluye en dos puntos el «joyero de la madre», y este elemento sustituye la mención de los celos infantiles, de las gotas y, por lo tanto, de la humedad sexual y de la contaminación por el flujo, y por otro lado, la de las ideas actuales de tentación que impulsan a la sujeto a corresponder al amor de su pretendiente y pintan la situación sexual inminente, deseada y temida.
El padre dice en el sueño: «No quiero que mis dos hijos perezcan» (Las ideas latentes continuarían: a consecuencia de la masturbación).
Lo indudable es que el sueño de Dora, integraba entre sus ideas latentes una relación con el tratamiento y correspondía a una renovación del propósito pretérito de escapar a un peligro. El hecho de que la madre cerrara con llave el comedor por las noches, dejando prisionero al hermano en su alcoba, trajera consigo un enlace con la ocultación de la llave por K… en L…, acto que maduró el propósito de fuga de Dora al ver que no podía ya encerrarse en su cuarto.

III - EL SEGUNDO SUEÑO

Voy paseando por una ciudad desconocida y veo calles y plazas totalmente nuevas para mí. Entro luego en una casa en la que resido, voy a mi cuarto y encuentro una carta de mi madre. Me dice que habiendo yo abandonado el hogar familiar sin su consentimiento no había ella querido escribirme antes para comunicarme que mi padre estaba enfermo. Ahora ha muerto y si quieres, puedes venir. Voy a la estación y pregunto unas cien veces: ¿Dónde está la estación? Me contestan siempre lo mismo: Cinco minutos. Veo entonces ante mí un bosque muy espeso. Penetro en él y encuentro a un hombre al que dirijo de nuevo la misma pregunta. Me dice: Todavía dos horas y media. Se ofrece a acompañarme. Rehúso y continúo andando sola. Veo ante mí la estación pero no consigo llegar a ella y experimento aquella angustia que siempre se sufre en estos sueños en que nos sentimos como paralizados. Luego me encuentro ya en mi casa. En el intervalo debo de haber viajado en tren, pero no tengo la menor idea de ello. Entro en la portería y pregunto cuál es nuestro piso. La criada me abre la puerta y me contesta: Su madre y los demás están ya en el cementerio.

Dora trataba de fijar, por aquellos días, la relación de sus propios actos con los motivos que podían haberlos provocado. Se preguntaba, por qué en los días siguientes a la escena con K… en el lago, había silenciado celosamente lo sucedido y por qué luego, de repente, se había decidido a contárselo todo a sus padres. Era también necesario aclarar por qué Dora se había sentido tan gravemente ofendida por la declaración amorosa, y más cuando empezaba a vislumbrar que se trataba de un hondo y sincero enamoramiento. El hecho de que la muchacha denunciase a sus padres lo sucedido parecía constituir un acto anormal, provocado ya por un deseo patológico de venganza.
«Va paseando por una ciudad desconocida y ve calles y plazas. En una plaza ve un monumento». En Navidad había recibido un álbum con vistas de un balneario alemán y el mismo día del sueño lo había sacado de una caja en que guardaba multitud de estampas y fotografías, para enseñárselo a unos parientes suyos. Con tal motivo había preguntado a su madre: ¿Dónde está la caja?. Una de las vistas que el álbum contenía era la de una plaza en cuyo centro se alzaba un monumento. El álbum era regalo de un joven ingeniero al que había conocido en la ciudad en que el padre tenía sus fábricas. Este ingeniero, aprovechaba toda ocasión de hacerse recordar por Dora, demostrando su intención de pedirla en matrimonio en cuanto su situación se lo permitiese. Pero había que esperar.
El acto de vagar por una ciudad desconocida aparecía superdeterminado. Otro primo suyo que iba con ella y conocía ya Dresden se ofreció a guiarla en esta visita, pero Dora rechazó su ofrecimiento y fue sola a la Galería pictórica recorriendo las salas. Ante la Madonna Sixtina permaneció admirándola dos horas. Estas asociaciones pertenecen al material productor del sueño, pues integran elementos que retornan sin modificación alguna en el mismo. También el tema de la Madona, de la madre virgen. En esta primera parte del sueño Dora se identifica con un hombre joven. Vaga por un país extranjero, se esfuerza en alcanzar un fin, pero hay algo que le detiene, precisa tener paciencia y esperar. Si Dora pensaba aquí en el ingeniero, el fin perseguido en su sueño hubiera debido ser la posesión de una mujer, la posesión de su propia persona. Pero en lugar de esto era una estación. Sin embargo, conforme a la relación de la pregunta formulada en el sueño con la que realmente hubo de formular durante el día inmediatamente anterior al mismo, podemos sustituir la estación por una caja y en el simbolismo onírico caja y mujer son ya conceptos próximos.
«Pregunta unas cien veces…» La noche misma de su sueño, su padre le había pedido, al retirarse a dormir, que le trajese la botella del coñac. Dora pidió la llave del aparador a su madre, pero ésta se hallaba tan abstraída, que no oyó su demanda hasta que la muchacha exclamó «¿Quieres decirme dónde está la llave del aparador? Te lo he preguntado ya cien veces». La pregunta «¿Dónde está la llave?», me parece constituir la contrapartida masculina de la otra interrogación: «¿Dónde está la caja?». Trátase pues, de interrogaciones referentes a los genitales.
Aquella misma noche, en la cena con que habían obsequiado a varios parientes, uno de ellos había brindado por el padre, expresando su deseo de que gozara de salud por muchos años. Dora había visto entonces dibujarse en el fatigado rostro de su padre una contracción melancólica y había adivinado las tristes ideas que en él despertaban tales votos. Con esto llegamos al contenido de la carta que aparece en el sueño y según la cual Dora había abandonado el hogar familiar y su padre había muerto. La fachada del sueño corresponde a una fantasía de venganza contra el padre (2). Las ideas compasivas del día anterior armonizarían muy bien con esto. Tal fantasía sería: ella abandonaría a sus padres, marchándose al extranjero, y su padre se moriría de pena, quedando así vengada ella. Comprendía muy bien lo que ahora le faltaba al padre hasta el punto de que le fuera imposible conciliar el sueño sin beber coñac. Pero el contenido de la carta había de tener una más amplia determinación. Se imponía buscar la procedencia de las palabras «si ¿quieres?». Dora reconoció la frase como una cita de la carta que la señora de K… le había escrito invitándola a pasar con ellos una temporada en L… Dicha carta contenía, en efecto, un signo de interrogación completamente fuera de lugar y en medio de frase, después de las palabras «si quieres venir?»

La escena del lago

Dora sólo recordaba una de sus frases de justificación: «Ya sabe usted que mi mujer no es nada para mí». Para no volver a tropezarse con K…, Dora quiso regresar a L… a pie, rodeando el lago, y preguntó a un hombre al que encontró en su camino cuánto tardaría en llegar. «Dos horas y media», fue la respuesta. Dora renunció entonces a su Propósito y embarcó de nuevo en el vaporcito que los había traído. En él volvió a encontrar a K…, que se acercó a ella para pedirle perdón y rogarle que no contase a nadie lo sucedido. Dora no se dignó contestarle. El bosque de su sueño era idéntico al que cubría la orilla del lago en la que se había desarrollado la escena nuevamente descrita. Pero también el día anterior al sueño había visto la sujeto un bosque análogamente poblado en un cuadro de una exposición. Este cuadro mostraba en segundo término varias figuras de ninfas.
Los conceptos de estación (Bahnhof) y cementerio (Friedhof) me habían parecido harto extraños e inhabituales como símbolos de los genitales femeninos y esta singularidad había orientado mi atención hacia la palabra «Vorhof» (vestíbulo), de análoga formación, empleada también como término anatómico para designar una determinada región de los genitales de la mujer. La nueva asociación relativa a las «ninfas» en el fondo de un «espeso bosque» confirma la geografía simbólica sexual. «Ninfas» es un término anatómico con el que se designan los pequeños labios del genital femenino situados al fondo del «espeso bosque» del vello sexual. Así, pues, detrás de la primera situación del sueño se ocultaba, si mi interpretación no era errónea, una fantasía de desfloración, y la dificultad de andar y la angustia sentida en el sueño aluden a la virginidad, La Madonna.
«Voy tranquilamente a mi cuarto y me pongo a leer un libro muy voluminoso que encuentro encima de mi escritorio». Detalles importantes son aquí la «tranquilidad» de la sujeto y el «volumen» del libro (enciclopedia). Cuando los niños cogen una enciclopedia para satisfacer su curiosidad sobre materias prohibidas, no leen nunca tranquilamente. Pero la fuerza cumplidora de deseos del sueño había mejorado tan inquietante situación. El padre había muerto y los demás habían ido al cementerio. Muerto el padre Dora podía leer y amar con plena libertad.
Mientras estuvo en casa de la tía que falleció, la sujeto relataba haber tenido fiebre alta los primeros días y haber sufrido aquel dolor en el vientre que la enciclopedia señalaba como uno le los síntomas de la apendicitis (que había padecido hace poco un primo). El segundo día y entre violentos dolores, se le había presentado el período, muy irregular en ella desde que había comenzado a estar enferma. Por aquella época padecía un estreñimiento pertinaz.
 «Me veo subiendo la escalera». Después de la apendicitis se le había hecho difícil andar, pues le costaba trabajo avanzar el pie izquierdo. Esta dificultad, prolongada durante bastante tiempo, la había llevado a evitar en lo posible las escaleras. Todavía arrastraba a veces trabajosamente el pie izquierdo. Se trataba, pues, de un verdadero síntoma histérico. La dificultad para avanzar una pierna, debía armonizar mejor con la significación secreta, posiblemente sexual, del cuadro patológico. El ataque de apendicitis sucedió 9 meses después de la escena junto al lago. Así pues, la supuesta apendicitis había realizado la fantasía de un parto. Ahora bien, si los síntomas de Dora 9 meses después de la escena junto al lago, transferían a la realidad su fantasía inconsciente de un parto, ello quería decir que la muchacha había dado, en aquella otra fecha anterior, un «mal paso». Siendo niña había rodado por la escalera de su casa, en B…, y se había lastimado un pie, el mismo que ahora le costaba trabajo avanzar. Se lo vendaron y tuvo que permanecer en reposo semanas enteras. Ello sucedió teniendo la paciente 8 años y poco antes de presentársele el primer acceso de asma nerviosa.
- El hecho de que 9 meses después de la escena a orillas del lago simule usted inconscientemente un parto y arrastre luego hasta hoy la consecuencia de aquel «paso en falso» demuestra que en su inconsciente lamenta usted el desenlace de aquella escena, sentimiento que la ha llevado a rectificarlo en su pensamiento inconsciente. Ya ve usted como su amor a K… no terminó con aquella escena y continúa vivo hasta hoy, contra su opinión, aunque no tenga usted conciencia de ello. (Dora no me contradijo ya) (1).

La sesión inmediata la inició Dora con las palabras siguientes:
- ¿Sabe usted, doctor, que hoy es la última vez que vengo aquí? Resolví seguir viniendo hasta Año Nuevo (era 31 de diciembre). No quiero esperar por más tiempo la curación.
- ¿Cuándo tomó usted esa resolución?
- Hace 15 días.
- Quince días. Parece como si se tratase del despido de una criada o una institutriz.
- Cuando fui a L… los K… tenían éstos una institutriz que se despidió poco después, una muchacha cuya conducta para con el amo de la casa me pareció muy singular. No le saludaba ni le dirigía la palabra. Tampoco él se mostraba ciertamente muy cortés para con la muchacha. Uno o dos días antes de la escena a orillas del lago, la institutriz me contó que durante una temporada que la mujer de K… había estado ausente el marido la había cortejado con insistencia, apremiándola tenazmente y asegurándole que su mujer no era nada para él, etcétera…
-Las mismas palabras que acababa de pronunciar en su declaración a usted cuando usted le abofeteó, ¿no?
-Sí. La institutriz acabó por ceder a sus deseos. Pero K… dejó de ocuparse de ella al poco tiempo y la muchacha le odiaba desde entonces. Me dijo que al verse abandonada, había comunicado a sus padres, residentes en Alemania, todo lo sucedido. Sus padres le aconsejaron que abandonara en el acto aquella casa y al ver que no lo hacía, le escribieron rompiendo toda relación con ella y prohibiéndole volver jamás a su lado. Además, quería esperar aún algún tiempo para ver si K… modificaba su conducta. En caso contrario se despediría.
- Ahora conozco el motivo de aquella bofetada con la que respondió usted a la declaración de amor. No fue la indignación provocada por suponerla a usted capaz de aceptar tales proposiciones de un hombre casado sino un impulso de celosa venganza. Pero en el momento en que K… le dirigió las mismas palabras que antes a la otra muchacha «Mi mujer no es nada para mí», despertaron en usted nuevos impulsos. Se dijo usted: Este hombre se atreve a tratarme como a una institutriz, y esta ofensa inferida a su orgullo, sumada a sus celos y a los restantes motivos conscientes y razonados, colmó ya las medidas. Se despide usted de mí como una institutriz, tomándose un plazo de 15 días. La carta de su sueño, autorizándola a usted para retornar a su casa, es la contrapartida de la carta en que los padres de la institutriz prohibían a ésta presentarse ante ellos.
- ¿Por qué no se lo conté entonces todo inmediatamente a mis padres?
- ¿Qué tiempo dejó usted pasar?
- La escena con K… fue el último día de junio. Hasta el 14 de julio siguiente no se lo conté a mi madre.
- Otra vez el plazo de quince días. No quiso despedirse en el acto porque esperaba que K… le otorgara de nuevo su cariño. Tal fue también el motivo que determinó su propia conducta. Se dio usted un plazo para ver si K… renovaba su declaración, demostrándole así la seriedad de sus intenciones y que no trataba solamente de jugar con usted como antes con la institutriz. Pero luego, al no volver a recibir noticias suyas, dio usted libre curso a su venganza. Aunque no es nada inverosímil que también su acusación contra K… obedeciese, en segundo término, a la intención de moverle a acudir a su lado para justificarse ante los suyos.
-Tal fue, en efecto, su primera intención.
-Y entonces hubiera quedado cumplido su ardiente deseo de volver a verle (Dora asintió aquí, cosa que yo no esperaba) y hubiera podido darle la satisfacción que usted demandaba.
-¿Y no ha pensado usted nunca que K… quería separarse de su mujer para casarse con usted?. Hace dos años era usted, demasiado joven para casarse, pero usted misma me ha contado que su madre se prometió a los 17 años y esperó luego 2 años. La historia amorosa de la madre constituye habitualmente un modelo para la hija. Quería usted, pues, esperar a K… y suponía que por su parte sólo esperaba a que usted tuviera edad para casarse con él. Usted llegó a edificar seriamente todo un plan de vida sobre esta base. La conducta de su enamorado en L… no integra tampoco prueba alguna en contrario. No le dejó usted acabar de explicarse e ignora lo que en definitiva quería decirle. Su matrimonio con K…, relaciones que usted protegió en tanto resultaban favorables a sus propias intenciones, eran una garantía segura de que dicha señora consentiría en el divorcio, y en cuanto a su padre siempre ha conseguido usted de él lo que ha querido, e incluso hubiera sido ésta la única solución posible para todos si los sucesos desarrollados en L… hubieran tenido otro desenlace. Por haberlo comprendido así lamentó usted luego tan hondamente el desenlace por usted misma provocado y lo corrigió en la fantasía inconsciente que hubo de exteriorizarse bajo la forma de una apendicitis. Fue, pues, para usted, un doloroso desengaño ver que su enamorado, en lugar de reaccionar a su acusación renovando seriamente sus pretensiones, la acusaba, a su vez, calumniosamente. Ha confesado usted que lo que más la indigna es la suposición de que la escena a orillas del lago sea pura imaginación suya. Ahora sé ya lo que no quiere usted que se le recuerde: que imaginó usted serias y sinceras las pretensiones amorosas de K y creyó que no cejaría en ellas hasta conseguirla en matrimonio.
La inesperada interrupción del tratamiento cuando mis esperanzas de éxito habían adquirido ya máxima consistencia, destruyéndolas así de golpe, constituía por su parte, un indudable acto de venganza y satisfacía, al propio tiempo, la tendencia de la paciente a dañarse a sí misma (2).

IV - EPÍLOGO

En casos en que los síntomas han entrado al servicio de motivos exteriores de la vida, como el de Dora extraña ver que el estado del enfermo no presenta modificación alguna visible, aun estando ya muy avanzado el análisis. Los síntomas no desaparecen durante el desarrollo de la labor analítica, pero sí una vez terminada ésta y disueltas las relaciones del paciente con el médico. El retraso de la curación tiene su causa en la propia persona del médico.
Para explicar esta circunstancia hemos de partir de lo que son las transferencias. Ellas son reediciones o productos ulteriores de los impulsos y fantasías que han de ser despertados y hechos conscientes durante el desarrollo del análisis y que entrañan como singularidad característica de su especie, la sustitución de una persona anterior por la persona del médico. Son pues, simples reproducciones o reediciones invariadas. Otras muestran un mayor artificio; han experimentado una modificación de su contenido, una sublimación y no serán ya meras reproducciones. La transferencia es un factor imprescindible y necesario. Hemos de adivinarla sin auxilio ninguno ajeno, guiándonos tan sólo por levísimos indicios y evitando incurrir en arbitrariedad. Lo que no puede hacerse es eludirla, pues es utilizada para constituir todos aquellos obstáculos que hacen inaccesible el material de la cura, y además, la convicción de la exactitud de los resultados obtenidos en el análisis no surge nunca en el enfermo hasta después de resuelta la transferencia. El tratamiento psicoanalítico no crea la transferencia; se limita a descubrirla. La única diferencia está en que, espontáneamente, el paciente sólo produce transferencias afectuosas y amigables, y cuando por cualquier causa no son posibles tales transferencias se desliga rápidamente del médico que no le es «simpático», sin que este último haya conseguido ejercer sobre él la menor influencia. En el psicoanálisis y a consecuencia de una distinta disposición de los motivos, son despertados todos los impulsos, también los hostiles, y utilizados, haciéndolos conscientes para los fines del análisis, quedando luego destruida la transferencia. La transferencia, destinada a ser el mayor obstáculo del psicoanálisis, se convierte en su más poderoso auxiliar cuando el médico consigue adivinarla y traducírsela al enfermo.
En el análisis de Dora la cualidad más excelente se halla íntimamente ligada a su mayor defecto, responsable de su prematura interrupción: Freud no consiguió adueñarse a tiempo de la transferencia. La buena voluntad con la que Dora puso a su disposición en el tratamiento una parte del material patógeno, le hizo olvidar la precaución de atender a los primeros signos de la transferencia que le preparaba con otra parte del mismo material. Al principio se advertía claramente que él sustituía para ella, en la fantasía, a su padre, como era natural, dada la poca diferencia entre sus edades. Dora lo comparaba de continuo conscientemente con él, buscando siempre convencerse de su sinceridad para con ella, pues el padre «prefería siempre el misterio y los caminos torcidos». Cuando luego llegó el primer sueño, en el que Dora se proponía abandonar la cura, como antes la casa de K…, Freud tendría que haberse dado cuenta de la advertencia que el sueño encerraba y haber dicho a la paciente: «Ahora ha realzado usted una transferencia de K… a mi persona. ¿Ha advertido usted algo que la lleve a deducir que yo abrigo hacia usted malas intenciones análogas (directamente o por sublimación) a las de K… o ha observado en mi persona o sabido de mí algo que fuerce su inclinación, como antes en K… ?». Esto hubiera orientado su atención hacia la solución de esta transferencia y procurado al análisis el acceso a nuevo material mnémico. Pero Freud incurrió en el error de descuidar esta primera advertencia, pensando disponer aún de tiempo más que suficiente, ya que no se presentaban nuevos estadios de la transferencia ni parecía agotarse aún el material analizable. De este modo, la transferencia lo sorprendió desprevenido y a causa de un «algo» en que él le recordaba a K…, Dora hizo recaer sobre Freud la venganza que quería ejercitar contra K… y lo abandonó como ella creía haber sido engañada y abandonada por K. En aquellos casos en que las transferencias se dejan integrar tempranamente en el análisis, se hace más lento y menos transparente el curso del mismo, pero su desarrollo queda más asegurado contra súbitas resistencias incoercibles.
En el segundo sueño de Dora la transferencia aparece representada por varias alusiones clarísimas. Cuando lo relató, Freud no sabía que sólo les quedaban dos horas de trabajo, el mismo tiempo que la sujeto había permanecido ante la Madona Sixtina y el mismo que mediante una corrección (dos horas en vez de dos horas y media) había convertido en medida del tiempo necesario para retornar a pie a L… bordeando el lago. La espera del sueño, que se refería al joven ingeniero residente en Alemania y procedía de su propia espera hasta que el señor K… pudiera matrimoniarla, se había ya exteriorizado algunos días antes en la transferencia: la cura se le hacía demasiado larga; no tendría paciencia para esperar tanto tiempo. El acto de rechazar la compañía ofrecida, prefiriendo continuar sola su camino, hubo de ser repetido por Dora a Freud respecto al día previamente marcado para ello. Su significación sería la siguiente: «Puesto que todos los hombres son tan asquerosos prefiero no casarme. Tal es mi venganza».
En aquellos casos en los que el enfermo transfiere sobre el médico, en el curso del tratamiento, impulsos de crueldad y motivos de venganza utilizados ya para mantener los síntomas, y antes de que aquél haya tenido tiempo de desligarlos de su persona retrotrayéndolos a sus fuentes, no podemos extrañar que el estado del enfermo no aparezca influido por la labor terapéutica.
Cinco trimestres después de interrumpido el tratamiento, Freud tuvo noticias del estado de Dora y con ellas del resultado de la cura. En una fecha no del todo indiferente, el 1º de abril, apareció en el consultorio para terminar de relatarle su historia y solicitar de nuevo su ayuda. Pero su expresión delataba claramente la insinceridad de su demanda de auxilio. Después de la interrupción del tratamiento había pasado más de un mes muy «trastornada», según su propia expresión. Luego se inició una considerable mejoría. En mayo del año anterior murió uno de los hijos del matrimonio K. Dora visitó con este motivo a los K… y en esta ocasión se reconcilió con ellos, se vengó de ellos y llevó todo el asunto a un desenlace satisfactorio para ella. A la mujer le dijo que estaba perfectamente al tanto de sus relaciones ilícitas con su padre, sin que la interesada se atreviese a protestar. Luego obligó al marido a confesar la verdad de la escena junto al lago y se lo comunicó así a su padre, quedando ya plenamente justificada ante él. Después de esto, no volvió a reanudar sus relaciones con el matrimonio.
Siguió bien hasta mediados de octubre, fecha en la que padeció un nuevo ataque de afonía, prolongado durante seis semanas. La causa de aquel acceso fue el susto experimentado al presenciar en la calle un atropello del Sr. K… quien la había detenido de pronto, tan impresionado y aturdido, que se dejó derribar por un coche. Afortunadamente no sufrió lesión alguna y Dora le vio levantarse del suelo y seguir andando. La sujeto experimentaba aún alguna emoción cuando oía hablar de las relaciones de su padre con la mujer de K…, en las cuales no se mezclaba ya para nada. Vivía consagrada a sus estudios y no pensaba casarse.
Acudía a Freud por causa de una neuralgia facial que ahora la atormentaba día y noche desde hace 15 días. Precisamente hacía 15 días había leído en los periódicos una noticia sobre él. Dora lo reconoció sin dificultad ninguna. La supuesta neuralgia facial correspondía, pues, a un autocastigo, al remordimiento por la bofeteada propinada a K… y por la transferencia sobre Freud de los sentimientos de venganza extraídos de aquella situación.
Varios años después, Dora se ha casado, con el ingeniero. Del mismo modo que el primer sueño significaba el desligamiento del hombre amado y el retorno al padre, o sea la huída de la vida y el refugio en la enfermedad, este segundo sueño anunciaba que Dora se desligaría de su padre, ganada de nuevo para la vida.

(1) La «Madonna» es la propia sujeto. En primer lugar por el «devoto adorador» que le había remitido el álbum de vistas; luego, por haber sido el cariño maternal demostrado a los hijos de K… por aquella fantasía inconsciente en la que suponía haber tenido un hijo siendo aún virgen. La «Madona» es además, una representación antitética muy frecuente en aquellas muchachas sobre las que pesa una acusación de carácter sexual. En la frase «Los demás están ya en el cementerio», encontramos otro juego de palabras basado en el nombre de la tía fallecida. Estas indicarían la existencia de una fuente oral de los conocimientos sexuales de Dora, ya que en la enciclopedia no podía haberlas encontrado, y procedieran de la propia señora de K…, la misma que luego hubo de acusar falsamente a Dora. La sujeto, que tan vengativa se había mostrado con otras personas, había otorgado siempre en cambio, a aquella mujer, una singular generosidad. Detrás de la amplia serie de desplazamientos que así se descubren, puede muy bien sospecharse el profundo amor homosexual de Dora hacia la señora de K…

(2) La fantasía de venganza contra el padre: Dora ha abandonado voluntariamente el hogar familiar; el padre ha enfermado y ha muerto. Ahora vuelve a casa. Los demás han salido ya para el cementerio. Sin sentir la menor tristeza, va a su cuarto y se pone a leer la enciclopedia. Hallamos aquí dos alusiones al otro acto de venganza que la sujeto había llevado realmente a cabo dejando al alcance de sus padres una carta de despedida: la carta (de su madre en el sueño) y la mención del entierro de aquella tía suya en cuya vida veía Dora el modelo de su destino. Detrás de esta fantasía se esconden aquellas ideas de venganza contra K…, a las que Dora procuró un exutorio en su conducta para conmigo. La criada, la invitación, el bosque y las dos horas y media, proceden del material suministrado por los sucesos desarrollados en L… El recuerdo de la institutriz y de las cartas que entre ella y sus padres se cruzaron aparece conjuntamente con el elemento proporcionado por su carta de despedida a la carta integrada en el contenido del sueño, autorizando a Dora para volver a su casa. La negativa a dejarse acompañar y la decisión de seguir sola su camino, pueden traducirse en la forma siguiente: por haberme tratado como a una criada, te dejo plantado, me voy sola y no me caso. Encubierto por estas ideas de venganza, se traslucen fantasías amorosas precedentes del cariño hacia K…, inconscientemente subsistente: hubiera esperado hasta poder ser tu mujer -la desfloración- el parto. Por último el hecho de que la fantasía de desfloración aparezca representada desde el punto de vista masculino (identificación con el enamorado residente en el extranjero) pertenece al más profundo y secreto círculo de ideas, al del amor homosexual hacia la señora de K… y lo mismo la circunstancia de que en dos puntos aparezcan transparentes alusiones a frases equívocas (¿vive aquí el señor X ?), y a la fuente escrita de sus conocimientos sexuales (la enciclopedia). En este sueño encuentran también su cumplimiento impulsos sádicos y crueles.

3 comentarios:

  1. Muchas gracias por los comentarios. No contesté antes porque no sabía que podía hacerlo. Sólo cree este blog para subir mis resumenes y compartirlos...se usarlo lo mínimo e indispensable. Saludos!

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