Fragmento de análisis de un caso de histeria (caso Dora)
Resumen de Freud S (1905) Fragmento de análisis de un caso de histeria.
INTRODUCCIÓN (A LA EDICIÓN DE 1925 DE «HISTORIALES CLÍNICOS»)
En el caso presente, vinieron en mi ayuda dos circunstancias: la breve duración del tratamiento -tres meses- y el hecho de que las soluciones del caso se agruparon en torno de dos sueños, relatados por la paciente a la mitad y al final, respectivamente, de la cura, y que me proporcionaron un seguro punto de apoyo para desentrañar la trama de interpretaciones y recuerdos a ellos ligada. La historia clínica misma la escribí una vez terminado el tratamiento.
Adición en 1923. - El tratamiento cuya historia comunicamos a continuación, quedó interrumpido el 31 de diciembre de 1899. Su exposición, escrita en las dos semanas siguientes, no se publicó hasta 1905. No es de esperar que más de veinte años de labor ininterrumpida no hayan modificado nada en la interpretación y exposición de un tal caso patológico, pero carecería totalmente de sentido querer adaptar ahora la exposición de su historia.
I - El historial CLÍNICO (*)
(*) Resumen cronológico de los aspectos relevantes de la vida y psicoanálisis de Dora, basado en el que confeccionara James Strachey y en los datos y fechas señalados en el propio historial clínico.
1882: Nacimiento de Dora.
1888: Padre enfermo con Tbc. La familia se traslada a B.
1889: Enuresis.
1890: Disnea.
1892: Desprendimiento de retina del padre.
1894: Ataque confusional del padre. Su consulta a Freud. Jaqueca y «tussis nervosa».
1896: Escena del beso.
1898 (Al comienzo del verano): Primera consulta de Dora a Freud. (Final de junio): Escena del lago.
(Invierno): Muerte de la tía de Dora en Viena.
1899 (Marzo): Apendicitis. (Otoño): La familia se cambia de B. y se traslada a una ciudad fabril.
1900: La familia se traslada a Viena. Amenaza de suicidio. (Oct. a Dic.): Tratamiento con Freud
(31/12): Fin del tratamiento.
1901 (Enero): Se escribe la historia del caso.
1902 (Abril): Última consulta de Dora a Freud.
1905: Publicación del historial clínico.
1923: Freud se entera de una recaída de Dora y de su consulta a otro médico.
1925: Freud escribe un prólogo al historial clínico.
Los informes de los familiares del enfermo -en este caso los suministrados por el padre de la paciente- suelen no procurar sino una imagen muy poco fiel del curso de la enfermedad. La incapacidad de los enfermos para desarrollar una exposición ordenada de la historia de su vida en cuanto la misma coincide con la de su enfermedad no es sólo característica de la neurosis, sino que depende de varias causas: en primer lugar, el enfermo silencia conscientemente y una parte de lo que sabe y debía relatar, fundándose para ello en impedimentos que aún no ha logrado superar: la repugnancia a comunicar sus intimidades, el pudor, o la discreción cuando se trata de otras personas. En segundo lugar, una parte de los conocimientos anamnésicos del paciente, sobre la cual dispone éste en toda otra ocasión sin dificultad alguna, escapa a su dominio durante su relato. No faltan nunca amnesias verdaderas, lagunas mnémicas, ni tampoco falsos recuerdos, formados secundariamente para cegar tales lagunas..
El círculo familiar de la paciente -una muchacha de 18 años- comprendía a sus padres y a un único hermano, año y medio mayor que ella. La persona dominante era el padre. Gran industrial de infatigable actividad y dotes intelectuales, en excelente situación económica. La muchacha le profesaba intenso cariño, y su espíritu crítico, tempranamente despierto, condenaba tanto más dolorosamente ciertos actos y singularidades de su progenitor.
Las muchas y graves enfermedades que el padre había padecido a partir de la época en que su hija llegó a los 6 años, habían coadyuvado a intensificar tal ternura. Por dicha época enfermó el padre de tuberculosis, trasladándose toda la familia a la ciudad de B. Al cumplir los 10 años, el padre sufrió un desprendimiento de la retina. Pero 2 años después tuvo un acceso de confusión mental, al que se agregaron síntomas de parálisis y ligeros trastornos psíquicos, por lo cual fue atendido por Freud. A esta afortunada intervención médica el padre acudió a él 4 años después, con su hija, aquejada de claros síntomas neuróticos y resolvió luego, al cabo de otros 2 años, confiársela para intentar su curación por medio del tratamiento psicoterápico.
En el intervalo una hermana del padre, que padecía una grave psiconeurosis, murió después de una vida atormentada por un matrimonio desgraciado, consumida por los fenómenos no del todo explicables, de un rápido marasmo. Otro de sus hermanos, era un solterón hipocondríaco.
La muchacha, que al iniciar el tratamiento acababa de cumplir los 18 años, había orientado siempre sus simpatías hacia la familia de su padre, y desde que había enfermado, veía su modelo y el ejemplo de su destino en aquella tía suya antes mencionada. Su madre, era una mujer poco ilustrada y poco inteligente, que al enfermar su marido, había concentrado todos sus intereses en el gobierno del hogar, ofreciendo una imagen completa de aquello que podemos calificar de «psicosis del ama de casa». Las relaciones entre madre e hija eran muy poco amistosas desde hacía ya bastantes años. La hija no se ocupaba de su madre, la criticaba duramente y había escapado por completo a su influencia. La sujeto tenía un único hermano. Las relaciones entre ambos hermanos se habían enfriado mucho en los últimos años. El muchacho procuraba sustraerse en lo posible a las complicaciones y familiares y cuando no tenía más remedio que tomar partido se colocaba siempre al lado de la madre.
Dora mostró ya a la edad de 8 años síntomas nerviosos. Por esta época enfermó de disnea permanente con accesos periódicos a veces muy intensos. El médico de la familia diagnosticó una afección puramente nerviosa.
Contó, que de niña, su hermano contraía regularmente en primer lugar y de un modo muy leve enfermedades infantiles, siguiéndole ella luego, siempre con mayor gravedad. Al llegar a los doce años comenzó a padecer frecuentes jaquecas y ataques de tos nerviosa, síntomas que al principio aparecían siempre unidos, separándose luego. La jaqueca fue haciéndose cada vez menos frecuente hasta desaparecer por completo al cumplir la sujeto dieciséis años. En cambio, los ataques de tos nerviosa, quizá provocada por un catarro vulgar, siguieron atormentándola. Cuando a los dieciocho años me fue confiada para su tratamiento, tosía de nuevo en forma característica.
Tales ataques cuya duración oscilaba entre 3 y 5 semanas, en su primera fase, el síntoma más penoso había sido una afonía completa. Pero ninguno de los tratamientos usuales, logró resultado positivo. La muchacha, acabó por acostumbrarse a despreciar los esfuerzos de los médicos, hasta el punto de renunciar por completo a su auxilio. Así, para que acudiera a Freud fue necesario que su padre se lo impusiera.
Él la vio por primera vez a principios del verano en que cumplía sus 16 años, aquejada de tos y ronquera, que acabó por desaparecer espontáneamente. Al invierno siguiente, a raíz de la muerte de la mujer de su tío, enfermó de pronto de apendicitis. Al otoño siguiente, la familia abandonó definitivamente la ciudad de B…, trasladándose primero al lugar donde aquél tenía su fábrica y apenas un año después a Viena.
Dora, había llegado a ser, entretanto, una adolescente inteligente y atractiva, pero su enfermedad consistía ahora en una constante depresión de ánimo y una alteración del carácter. No estaba satisfecha de sí misma ni de los suyos; trataba secamente a su padre y no se entendía ya ni poco ni mucho con su madre. Evitaba el trato social, alegando fatiga constante, y ocupaba su tiempo con serios estudios y asistiendo a cursos y conferencias para señoras. Un día sus padres se quedaron aterrados al encontrar encima de su escritorio una carta en la que Dora se despedía de ellos para siempre, alegando que no podía soportar la vida por más tiempo. Después de una ligera discusión con su hija, tuvo ésta un primer acceso de inconsciencia, del cual no quedó luego en su memoria recuerdo alguno, decidió, a pesar de la franca resistencia de la muchacha, iniciar tratamiento.
El padre informó de que tanto él como su familia habían hecho en B… íntima amistad con el matrimonio K… La señora de K… había cuidado a su padre durante su última más grave enfermedad, adquiriendo con ello un derecho a su reconocimiento, y su marido se había mostrado siempre muy amable con Dora, acompañándola en sus paseos y haciéndole pequeños regalos, sin que nadie hubiera hallado nunca el menor mal propósito en su conducta. Dora había cuidado cariñosamente de los 2 niños pequeños de aquel matrimonio, mostrándose con ellos verdaderamente maternal. Cuando, 2 años antes, el padre y la hija fueron a visitar a Freud a principios de verano, estaban de paso en Viena y se proponían continuar su viaje para reunirse con los señores de K… en un lugar de veraneo a orillas de los lagos alpinos. El padre se proponía regresar al cabo de pocos días, dejando a Dora en casa de sus amigos por unas cuantas semanas. Pero cuando se dispuso a retornar a Viena, Dora declaró resueltamente acompañarle. Días después explicó su singular conducta, contando a su madre, para que ésta a su vez lo pusiese en conocimiento del padre, que el señor K… se había atrevido a hacerle proposiciones amorosas durante un paseo que dieron a solas.
El acusado negó categóricamente el hecho y a su vez acusó a Dora diciendo que su mujer le había llamado la atención sobre el interés que la muchacha sentía hacia todo lo relacionado con lo sexual, hasta el punto de que sus lecturas habían sido obras tales como la «Fisiología del amor», de Mantegazza. Acalorada sin duda por semejantes lecturas, había fantaseado la escena amorosa de la que ahora le acusaban.
«No dudo -dijo el padre- que este incidente es el que ha provocado la depresión de ánimo de Dora, su excitabilidad y sus ideas de suicidio. Ahora me exige que rompa toda relación con el matrimonio K… y muy especialmente con la mujer, a la que adoraba. Pero yo no puedo complacerla, pues en primer lugar, creo también que la acusación que Dora ha lanzado sobre K… no es más que una fantasía suya, y en segundo, me enlaza a la señora de K… una honrada amistad y no quiero causarle disgusto alguno. Somos dos desgraciados para quienes nuestra amistad constituye un consuelo. Ya sabe usted que mi mujer no es nada para mí. Pero Dora, que ha heredado mi testarudez, no consiente en deponer su hostilidad contra el matrimonio K… Su último acceso nervioso fue consecutivo a una conversación conmigo en la que volvió a plantearme la exigencia de ruptura.»
Escena de la Tienda:
Dora tenía por entonces 14 años. K… había convenido con ella y con su mujer que ambas acudirían por la tarde a su comercio, para presenciar desde él una fiesta religiosa. Pero luego hizo que su mujer se quedase en casa, y esperó solo en la tienda la llegada de Dora. Próximo ya el momento en que la procesión iba a llegar ante la casa indicó a la muchacha que le esperase junto a la escalera que conducía al piso superior, mientras él cerraba la puerta exterior y bajaba los cierres metálicos. Pero luego, en lugar de subir con ella la escalera, se detuvo al llegar a su lado, la estrechó entre sus brazos y le dio un beso en la boca. Pero Dora sintió en aquel momento una violenta repugnancia; se desprendió de los brazos de K… y salió corriendo a la calle por la puerta interior. Este incidente no originó, sin embargo, una ruptura de sus relaciones de amistad con K… Dora aseguraba haberlo mantenido en secreto hasta su relato en la cura. De todos modos, evitó durante algún tiempo permanecer a solas con K…
En esta escena, la conducta de Dora, es ya totalmente histérica, ya que en lugar de sentir excitación sexual desarrolla sensaciones de repugnancia (displacer adscrito a las mucosas orales). El asco entonces sentido no llegó a convertirse en un síntoma permanente, manifestándose quizá tan sólo en una leve repugnancia a los alimentos. En cambio, la escena citada había dejado una alucinación sensorial de sentir aún en el busto la presión de aquel abrazo y ciertas singularidades inexplicables: eludía pasar cerca de un hombre que se hallase conversando cariñosamente con una mujer. Dora no sintió tan sólo el abrazo apasionado y el beso en los labios, sino también la presión del miembro en erección contra su cuerpo. Esta sensación, para ella repugnante, quedó reprimida en su recuerdo y sustituida por la sensación inocente de la presión sentida en el tórax, la cual extrae de la fuente reprimida su excesiva intensidad. Es un desplazamiento desde la parte inferior del cuerpo a la parte superior. Dora evita acercarse a un hombre que supone sexualmente excitado, para no advertir de nuevo el signo somático de tal excitación.
De un solo suceso, tres síntomas -la repugnancia, la sensación de presión en el busto y la resistencia a acercarse a individuos abstraídos en un diálogo amoroso. La repugnancia corresponde al síntoma de represión de la zona erógena labial (viciada, por el «chupeteo» infantil). La aproximación del miembro en erección tuvo como consecuencia, una transformación análoga del clítoris y su excitación, transferida, sobre la sensación simultánea de presión en el tórax. La resistencia a acercarse a individuos presuntamente en excitación sexual sigue el mecanismo de una fobia para asegurarse contra una nueva emergencia de la percepción reprimida.
Todo lo que se le hacía fácilmente consciente y todo lo que recordaba conscientemente, se refería siempre a su padre. No podía perdonarle la prosecución de sus relaciones con K… y sobre todo con la mujer del mismo, para Dora no cabía duda de que se trataba de relaciones eróticas. Cuando la muchacha reprochaba luego a su padre la amistad con la señora de K… solía él contestarle que no comprendía semejante hostilidad, pues tanto ella debía estarle muy agradecida ya que en la época de su enfermedad se había sentido el padre tan desesperado que había salido un día camino del bosque con intención de suicidarse. La señora de K… había sospechado sus propósitos y le había seguido, logrando hacerle desistir de ellos. Naturalmente, Dora no creyó tal explicación y supuso que su padre habría inventado el cuento del suicidio para justificar una cita con la mujer de K… en el bosque.
Cuando luego volvieron a B… el padre iba diariamente a visitar a la mujer de K… y siempre a la hora en que el marido no se hallaba en la tienda. En los paseos familiares, el padre y la señora de K… se las arreglaban para quedarse solos. No cabía duda de que ella aceptaba de él dinero, pues hacía gastos imposibles de justificar con sus propios medios o los de su marido. El padre comenzó también a hacerle regalos de importancia, y para encubrirlos, se mostró particularmente generoso con su propia mujer y con Dora.
También después de su partida de B… continuó esta amistad, pues el padre declaraba de cuando en cuando no poder soportar por más tiempo el clima de su nueva residencia y empezaba a toser y a quejarse, hasta que un día se marchaba resueltamente a B…, desde donde escribía luego cartas rebosantes de alegría. Todas aquellas enfermedades no eran sino pretextos para volver a ver a su amiga. Cuando más adelante reveló el padre su proyecto de trasladarse a Viena, Dora sospechó un nuevo manejo para reunirse con la señora de K…, y en efecto, a las tres semanas de estar en Viena se enteró de que también el matrimonio K… se había trasladado allí.
Cuando Dora se sentía amargada por esto, se le imponía la idea de que su padre la entregaba a K… como compensación de su tolerancia de las relaciones con su mujer, y no es difícil imaginar la ira que tal idea despertaba en ella. Pero, en realidad, cada uno de aquellos hombres evitaba cuidadosamente deducir de la conducta del otro aquellas conclusiones que podían estorbar la satisfacción de sus propios deseos. De este modo, K… pudo aprovechar todo su tiempo libre para gozar de la compañía de Dora y hacerle costosos regalos sin que a sus padres les pareciera sospechosa tal conducta.
Una serie de reproches contra otros nos hace sospechar la existencia, detrás de ella, de una serie de reproches de igual contenido contra la propia persona. También los reproches de Dora contra su padre se superponían en toda su extensión a reproches de igual contenido contra sí misma: tenía razón al afirmar que el padre no quería enterarse del verdadero carácter de la conducta de K… para con ella, con objeto de no verse perturbado en sus relaciones amorosas. Pero Dora había obrado exactamente igual. Se había hecho cómplice de tales relaciones. Así, su comprensión de dicho carácter y las exigencias de ruptura planteadas al padre, databan sólo de su aventura con K… en la excursión por el lago. Durante algún tiempo había habido en su casa una persona que quiso abrirle los ojos sobre las relaciones de su padre con la mujer de K… e impulsarla a tomar partido contra esta última. Tal persona había sido su última institutriz con quien mantuvo excelentes relaciones durante algún tiempo, hasta que Dora se enemistó repentinamente con ella y consiguió que la despidieran. Pero Dora siguió profesando a la señora de K… una tierna amistad y no veía motivo alguno para considerar intolerables las relaciones de su padre con ella. Pero además se daba cuenta exacta de los motivos que regían la conducta de su institutriz: ella estaba enamorada de su padre. Se indignó contra ella cuando advirtió que por sí misma le era totalmente indiferente y que el cariño que le mostraba no era más que un reflejo del que ofrendaba a su padre. Entonces hizo que la despidieran.
Pero lo mismo que la institutriz se había conducido con ella a temporadas, se comportaba ella con los hijos de K… Desempeñaba cerca de ellos el papel de madre. El cariño a los niños había constituido desde un principio un enlace entre K… y Dora, y el ocuparse de ellos había sido para esta última el pretexto que debía ocultar a los ojos de los demás que durante todos aquellos años había estado ella enamorada de K… De todas maneras, quedó probado así, que el reproche que dirigía a su padre, recaía por completo sobre su propia persona.
El otro reproche de que su padre utilizaba sus enfermedades como pretexto y medio para sus fines encubre de nuevo toda una parte de su propia historia secreta. También la conducta de la señora K… le había mostrado lo útiles que en ciertos casos pueden ser las enfermedades. K… pasaba fuera de su casa, en viajes de negocios, una parte del año y siempre que volvía encontraba enferma a su mujer, a la que veinticuatro horas antes Dora había visto en perfecta salud. La muchacha comprendió así que la presencia del marido hacía enfermar en el acto a la mujer y que ésta consideraba bienvenida la enfermedad puesto que le permitía eludir el cumplimiento de sus deberes matrimoniales. Dora había padecido toda una serie de accesos de tos acompañados de afonía de tres a seis semanas, tal como habían durado las ausencias de K… Demostraba así, con su enfermedad, su amor por K…, del mismo modo que la mujer de este último su desamor. Pero Dora se había conducido al revés que la esposa, enfermando mientras K… estaba ausente y sanando en cuanto llegaba.
Charcot, decía que en las personas aquejadas de mutismo histérico la escritura se hacía más fácil en compensación del habla. Así había sucedido también en el caso de Dora. En los primeros días de su afonía le era siempre grato y fácil escribir. K… solía comunicarle con frecuencia sus impresiones de viaje y le mandaba numerosas postales, hasta el punto de que Dora sabía antes que la propia mujer de K… la fecha de su retorno. La afonía de Dora significaba que cuando el hombre amado estaba ausente renunciaba ella a hablar; el habla no tenía ya para ella valor alguno, puesto que no le servía para comunicarse con él. En cambio, adquiría mucha más importancia la escritura como el único medio de seguir en relación con el ausente.
Todo síntoma histérico no puede formarse sin una cierta colaboración somática facilitada por un proceso normal o patológico en algún órgano del cuerpo. No surge más de una vez y para que un síntoma tenga carácter histérico es necesario que posea la capacidad de repetirse. Y al síntoma histérico, este sentido le es prestado por las ideas reprimidas que pugnan por encontrar una expresión. Claro que toda una serie de factores actúa en el sentido de que las relaciones entre las ideas inconscientes y los procesos somáticos de que disponen como medio de expresión se estructuren de un modo menos arbitrario, aproximándose a varios enlaces típicos. También para los accesos de tos y afonía, en el caso de Dora hay que buscar detrás de la misma el factor orgánico del que partió la colaboración somática que facilitó la expresión del amor a un hombre temporalmente ausente.
Su enfermedad actual se mostraba tan tendenciosa como la que aquejaba periódicamente a la mujer de K… e idénticamente motivada. Dora perseguía un fin que esperaba alcanzar por medio de su enfermedad: separar a su padre de aquella mujer. Ya que no lo conseguía con ruegos esperaba lograrlo atemorizando al padre (carta de despedida) y despertando su compasión (accesos de inconsciencia). Y si tampoco todo aquello le servía de nada, por lo menos la vengaba de él. Su enfermedad desaparecería por completo en cuanto su padre se declarara dispuesto a sacrificar por su salud su amistad con la señora de K… Pero esperaba que el padre no llegaría a hacerlo, pues entonces Dora se daría cuenta del arma poderosa que tenía en sus manos y no dejaría de aprovecharla en adelante simulando enfermedades cada vez que quisiera conseguir algo.
El «motivo de la enfermedad» en la histeria es conquistar una ventaja, primaria (ahorrar rendimiento psíquico para resolver un conflicto, es constante) y secundaria (obtener el favor de otros, vengarse, etc). Entonces, su intención de lograr la curación no es del todo sincera. Los motivos de la enfermedad empiezan a actuar ya en la infancia. El carácter aparentemente involuntario de la enfermedad, hace que la sujeto pueda emplear, sin reproche consciente contra sí misma, este medio cuya utilidad descubrió en su infancia. La enfermedad es intencionada. Los estados patológicos aparecen dedicados regularmente a una persona determinada y se desvanecen en cuanto ella se aleja.
Ninguno de los actos del padre había llegado a indignarla tanto como la facilidad con que aceptó la opinión de que la escena junto al lago no había sido más que un producto de la fantasía de su hija. Mas, el relato de Dora correspondía a la verdad. En cuanto había comprendido las intenciones de K…, no le había dejado continuar hablando, le había abofeteado y había echado a correr. Su conducta hubo de parecer incomprensible, pues debía de haber deducido ya, el cariño que la muchacha le profesaba.
No tardó en presentarse una ocasión que permitió interpretar la tos nerviosa de la sujeto como expresión de una situación sexual fantaseada. Cuando la enferma repitió una vez más que la mujer de K… amaba solamente a su padre porque se trataba de un hombre «de recursos». Detrás de aquel giro se escondía la idea antitética, esto es, la de que el padre era un hombre «sin recursos», o sea, impotente. Una vez confirmada conscientemente por la sujeto esta interpretación, Freud le hizo observar que se contradecía al afirmar por un lado que las relaciones de su padre con la mujer de K… eran de carácter íntimo, sosteniendo por otro que el padre era impotente. Su respuesta fue que no, porque había más de una forma de satisfacción sexual (el empleo de órganos distintos de los genitales en el comercio sexual). Ella pensaba precisamente en aquellos órganos que en sí misma se hallaban en estado de excitación (la boca y la garganta). Así, con aquella tos periódica, originada por un cosquilleo en la garganta, expresaba una situación de satisfacción sexual oral entre las dos personas cuyas relaciones amorosas la ocupaban de continuo. El hecho de que poco tiempo después de esta explicación, desapareciese por completo la tos, parecía confirmarlo.
Allí donde surge una histeria no puede hablarse ya de inocencia en el sentido que los padres y los educadores dan a este concepto. Por lo que respecta al carácter perverso de su fantasía, las perversiones son el desarrollo de gérmenes contenidos en la disposición sexual indiferenciada del niño y cuya represión u orientación hacia la sublimación. Los psiconeuróticos son todos ellos personas de inclinaciones perversas enérgicamente desarrolladas, pero reprimidas en el curso del desarrollo y relegadas a lo inconsciente. Las psiconeurosis son el negativo de las perversiones. Las energías de la producción de síntomas histéricos no son aportadas tan sólo por la sexualidad normal reprimida, sino también por los impulsos perversos inconscientes.
La premisa somática de tal fantasía habría sido constituida en ella por una circunstancia personal. Dora recordaba muy bien haber observado en sus años infantiles, hasta épocas muy tardías, la costumbre del «chupeteo». Es innegable que las mucosas labiales y bucales son una zona erógena primaria, carácter que conservan en el beso, considerado como un acto sexual normal. Cuando luego, en una época en que el objeto sexual propiamente dicho, el miembro viril, es ya conocido y se dan circunstancias que intensifican la excitación de la zona erógena bucal, no hace falta gran fuerza para sustituir en la situación de satisfacción sexual el pecho de la nodriza o el propio dedo, primer subrogado del pezón, por el miembro viril. De esta manera la fantasía perversa de la satisfacción sexual oral tiene un origen absolutamente inocente.
Esta situación sexual fantaseada resulta compatible con la otra explicación de que la aparición y desaparición de los fenómenos patológicos imita la presencia y la ausencia del hombre amado expresa: «Si yo fuera su mujer le querría de muy distinto modo y enfermaría (de pena) cuando estuviera ausente, curándome (de gozo) en cuanto volviera a casa». No es necesario que las distintas significaciones de un síntoma sean compatibles entre sí. Basta que tal unidad resulte de ser un solo y mismo tema el que ha dado origen a las distintas fantasías. Uno de los sentidos del síntoma es expresado por la tos y el otro por la afonía y el curso de lo estados patológicos. Un síntoma integra siempre simultánea y sucesivamente. El síntoma, una vez constituido, tiende a perdurar aunque la idea inconsciente que halló en él su expresión haya perdido su significación primera.
La repetición incesante de las mismas ideas relativas a los amores de su padre con la mujer de K… pueden calificarse de «prepotentes», se demuestran patológicas no obstante su contenido aparentemente correcto, por la invencible resistencia que oponen a todos los esfuerzos mentales conscientes y voluntarios que el sujeto realiza para sustituirlas o alejarlas de su pensamiento.
Tal idea debe su intensificación a lo inconsciente porque se esconde detrás de ella otra idea inconsciente, casi siempre, su antítesis. En las antítesis una de las ideas es intensamente consciente y la otra, inconsciente y reprimida. Entonces la idea que ha de ser reprimida queda extraordinariamente reforzada (intensificación por reacción) y la idea que se afirma intensamente en lo consciente se muestra irreprimible como un prejuicio (idea de reacción). El camino para despojar de su excesiva intensidad a la idea dominante, es hacer consciente la antítesis reprimida.
Dora sentía y obraba como una mujer celosa; tal y como hubiera obrado su madre. Pero al mismo tiempo, según la fantasía en que se basaban sus accesos de tos también se identificaba con la mujer de K… Se identificaba, pues, con las dos mujeres que su padre había amado. Por lo tanto, se hallaba enamorada de su padre. Las circunstancias externas de la vida de la paciente, su disposición congénita, la habían impulsado siempre hacia él, cuyas numerosas enfermedades hubieron de intensificar su cariño. La aparición de la mujer de K… la había suplantado en muchos sentidos, más que a su madre. Cuando Freud comunicó a Dora esta conclusión, la sujeto respondió: «No me acuerdo». No es posible extraer del inconsciente otro tipo de Sí, no existe en absoluto un No para el inconsciente.
Este amor a su padre no se había manifestado en mucho tiempo. Por lo contrario, Dora había vivido durante muchos años en perfecta armonía con aquella mujer que la había suplantado cerca de su padre e incluso había fomentado sus relaciones con éste. Este amor había sido intensificado como síntoma de reacción para reprimir otro impulso aún poderoso en lo inconsciente. Ante el aspecto que las cosas presentaban, tal elemento reprimido era el amor a K… Había surgido en ella una violenta resistencia contra aquel amor, renaciendo entonces su antigua inclinación hacia el padre de su infancia. Había llegado así a convencerse de haber olvidado totalmente a K… y sin embargo tuvo que evocar y exagerar, para protegerse contra él, su inclinación infantil hacia el padre. El hecho de que entonces la dominase constantemente una celosa irritación parecía corresponder a otra determinación suplementaria. El «no» significa en ese caso el «sí» deseado. Dora confesó que no le era posible guardar a K… todo el rencor que por su conducta para con ella merecía.
Detrás de la serie de ideas preponderantes que giraban en derredor de las relaciones del padre con la mujer de K… se escondía también un impulso de celos, cuyo objeto era aquella mujer, un impulso, pues, que sólo podía reposar sobre una inclinación hacia el propio sexo. En condiciones favorables, la corriente homosexual queda totalmente cegada, pero en aquellos casos de mujeres o muchachas histéricas cuya libido sexual orientada hacia el hombre ha quedado enérgicamente reprimida, aparece regularmente intensificada, la corriente homosexual, que a veces llega a hacerse consciente. Recordemos, sin embargo, a aquella institutriz y a aquella prima suya que luego se había casado, había mantenido Dora relaciones muy cordiales, compartiendo con ellas todos sus secretos y luego el “desengaño”. Ello llevó a la cuestión de sus relaciones con la mujer de K. Entre ellas había subsistido durante años una estrecha y confiada amistad. Durante las temporadas que Dora pasaba en casa de los K… compartía con la mujer el lecho conyugal, en todas las dificultades de la vida matrimonial había sido confidente y consejera de la mujer, que no tenía para Dora secreto alguno. El hecho de que Dora llegase a amar a aquel hombre tan duramente criticado por su amiga plantea un interesante problema psicológico cuya solución es de que en lo inconsciente coexisten sin violencia las ideas más dispares y antitéticas y aún también en la conciencia.
Cuando la sujeto hablaba de la mujer de K… alababa su «cuerpo blanquísimo» con un acento más propio de una enamorada que de una rival vencida. En otra ocasión mostró más melancolía que enfado al comunicarme su convicción de que los regalos que su padre le hacía eran elegidos por la mujer de K… Se conducía, pues, de un modo inconsecuente. Cuando la sujeto denunció la conducta de K…, y éste unas semanas después habló con el padre de la muchacha, no tuvo ya consideración alguna con ella, sino que la atacó duramente alegando, que una muchacha que leía libros como la «Fisiología del amor» y se interesaba por aquellas cosas, no podía exigir respeto de un hombre. Así, pues la mujer de K… la había traicionado, pues sólo con ella había hablado del tal libro y sobre temas sexuales. Le había pasado con ella lo mismo que antes con la institutriz. Tampoco la mujer de K… la había querido por ella misma, sino por su padre, y la había sacrificado para no ver estorbadas sus relaciones con aquél. Esta ofensa dolió más a Dora y ejerció sobre ella una más intensa acción patógena que aquella otra idea con la cual tendía a encubrirla: la de haber sido sacrificada por su padre. La amnesia de la sujeto en cuanto a las fuentes de sus conocimientos sexuales señalaba directamente el valor afectivo de la acusación y, en consecuencia, la traición de la amiga. La idea predominante en Dora, la de las relaciones ilícitas de su padre con la mujer de K… estaba destinada, no sólo a reprimir su amor, antes consciente, hacia aquel hombre, sino también a encubrir su amor a la mujer de K…, más inconsciente aún. No se resignaba a cederle su padre y se ocultaba así lo contrario, esto es, que no se resignaba a ceder aquella mujer a su padre y que no había perdonado a la mujer amada el desengaño que le había causado su traición. Los celos de la muchacha se hallaban apareados en lo inconsciente a unos celos de carácter masculino. Estas corrientes afectivas masculinas son típicas de la vida amorosa inconsciente de las histéricas.
II - EL PRIMER SUEÑO
«Hay fuego en casa. Mi padre ha acudido a mi alcoba a despertarme y está de pie al lado de mi cama. Me visto a toda prisa. Mamá quiere poner aún a salvo el cofrecito de sus joyas. Pero papá protesta: No quiero que por causa de tu cofrecito ardamos los chicos y yo. Bajamos corriendo. Al salir a la calle, despierto.»
Dora recuerda haberlo soñado tres noches consecutivas durante su estancia en L… (la localidad junto al lago en la que se había desarrollado la escena con K… ). Luego había vuelto a tenerlo hacía unas cuantas noches en Viena.
- Lo que primero se me ocurre se trata de que papá ha tenido en estos últimos días una discusión con mamá porque mamá se empeña en dejar cerrado con llave el comedor por las noches. La alcoba de mi hermano no tiene otra salida y papá no quiere que mi hermano se quede así encerrado. Dice que por la noche puede pasar algo que le obligue a uno a salir. Cuando llegamos a L…, papá expresó directamente su temor a un incendio. Llegamos en medio de una fuerte tormenta y la casita que íbamos a habitar era toda de madera y no tenía pararrayos.
Esos sueños sucedieron después de la escena con K… en el bosque, por tanto éstos eran una reacción a aquel suceso. Se repitieron tres veces, o sea el tiempo que permaneció en L… después de la escena con K…
- K… y yo regresamos a mediodía de nuestro paseo por el lago. Después de almorzar me eché en un sofá de la alcoba del matrimonio, para reposar un rato. De pronto desperté sobresaltada y vi a K… en pie junto al sofá…
- Como en el sueño, a su padre al lado de la cama.
- Sí. Le pregunté qué venía a hacer allí y me contestó que había venido a buscar unas cosas y que, además, nadie podía impedirle entrar en su alcoba cuando quisiera. Esto me hizo ver la necesidad de cerrar el cuarto con llave, y a la mañana siguiente, cerré por dentro mientras me arreglaba. Pero luego, a la hora de la siesta, cuando quise volver a cerrar para echarme tranquilamente en el sofá, no encontré ya la llave. Estoy segura de que fue K… quien la quitó.
- Tal es, pues, el tema de cerrar o no cerrar una habitación: Zimmer (pieza) en los sueños reemplaza a Frauenzimmer (término desvalorizante “departamentos de mujer”). El asunto de si una mujer (pieza) está “abierta” o “cerrada” es obvio. Es bien sabido, además, qué tipo de “llave” abre en tal caso.
- Fue entonces cuando me propuse no quedarme en casa de K… sin mi padre. En las mañanas siguientes me vestí a toda prisa, temiendo siempre la aparición de K… Pero K… no volvió a importunarme.
- Su sueño retornaba todas las noches por corresponder precisamente a un propósito. Un propósito subsiste hasta que es realizado. Es como si se hubiera usted dicho: «aquí no tengo tranquilidad». No podré dormir tranquilamente hasta que no salga de esta casa. En el sueño dice usted inversamente: «al salir a la calle, despierto». ¿Qué se le ocurre a usted con respecto al cofrecito que su madre quería poner a salvo?
- Mamá es muy aficionada a las joyas, y papá le ha regalado muchas. Tuvieron un conflicto porque ella quería unas gotas de perlas y él le regaló una pulsera, ella no la aceptó.
- Entonces podría haberla aceptado usted... Hasta ahora me ha hablado usted sólo de las joyas, pero no del cofrecillo (mucha represión con respecto a este tema)
- Sí. K… me había regalado poco antes un cofrecillo precioso.
- Estaba, pues, justificado que usted le regalase algo en correspondencia. Quizá no sabe usted aún que la palabra «cofrecillo» sirve corrientemente para denominar el genital femenino. Se dijo usted: «ese hombre anda detrás de mí; quiere entrar en mi cuarto; mi “cofrecillo” corre peligro y si sucede algo, la culpa será de mi padre». Por ello integra usted en el sueño una situación que expresa todo lo contrario: un peligro del cual la salva su padre. En la figura de su madre usted ve una antigua rival en el cariño de su padre. En el incidente de la pulsera pensó usted en aceptar gustosa lo que ella rechazaba. Vamos a sustituir ahora «aceptar» por «dar» y «rechazar» por «negar». Hallaremos así que usted estaba dispuesta a dar a su padre lo que mamá le negaba, y que se trataba de algo relacionado con las joyas. Por otro lado, K… le ha regalado a usted un cofrecillo y ahora debe usted regalarle a él el de usted. Por eso le hablé antes de un regalo «en correspondencia». En esta serie de ideas habremos de sustituir a su mamá por la señora de K…, usted se halla, pues, dispuesta a dar a K… lo que su mujer le niega. Tal es la idea que con tanto esfuerzo ha de ser reprimida y hace así necesaria la transformación de todos los elementos en sus contrarios respectivos. Como ya indiqué a usted antes de iniciar el análisis, este sueño confirma que usted se esfuerza en despertar de nuevo su antiguo amor a su padre, para defenderse contra el amor a K… ¿Qué demuestran todos estos esfuerzos? No sólo que teme usted a K…, sino que aún se teme usted más a sí misma teme a la tentación de ceder a sus deseos. Confirma usted, pues, con ello, cuán intenso era su amor a K….
Pero la interpretación de su sueño no terminaba aquí. Un sueño regular posee dos puntos de sustentación: el motivo esencial actual y un suceso infantil de graves consecuencias. El deseo que crea el sueño procede siempre de la infancia, quiere volver la infancia a la realidad, corregir el presente conforme al modelo de la infancia.
- ¿Sabe usted por qué se prohibía a los niños jugar con cerillas?
- Sí. Por temor a que ocasionen un incendio.
- No es sólo por eso. Se les prohíbe jugar con fuego porque se cree que tales juegos tienen determinadas consecuencias.. La antítesis entre el agua y el fuego le ha prestado a usted excelentes servicios en su sueño. Su madre quiere poner a salvo el cofrecillo para que no arda, y en las ideas latentes del sueño de lo que se trata es de que el «cofrecillo» no se moje. El concepto fuego sirve también para representar el amor. Del concepto fuego parte así un camino que conduce, a través de esta significación simbólica, hasta las ideas amorosas, y otro que, a través del concepto antitético, agua, y luego de ramificarse en una relación con el amor, que también moja, llega a lugar distinto. Piense usted en sus palabras de antes: «Puede suceder por la noche algo que le obligue a uno a salir». ¿No pueden referirse a cosa distinta de que el niño moje la cama? ¿Y qué es lo que se suele hacer para evitar que los niños mojen la cama? Despertarlos por la noche, como en su sueño la despierta a usted su padre. Debo, pues, concluir que la enuresis nocturna duró en usted más tiempo del corriente en los niños. Lo mismo debió sucederle a su hermano, pues su padre dice: no quiero que mis dos hijos… perezcan.
La interpretación del sueño parecía así quedar terminada: “La tentación es cada vez más fuerte. Querido papá protégeme como cuando era niña para evitar que moje mi cama”. La sujeto aportó aún, días después, un nuevo detalle del mismo. Había olvidado decirme que cuantas veces había soñado aquel sueño había advertido, al despertar, olor a humo. El humo con concordaba muy bien con el fuego e indicaba que el sueño tenía una relación especial con Freud, pues cuando la sujeto alegaba que detrás de algún punto no se ocultaba nada, él argüía que «no hay humo sin fuego». Dora decía que su padre y K… eran, como Freud, fumadores impenitentes. También ella fumaba y cuando K… inició su desgraciada declaración amorosa acababa de liarle un cigarrillo. En consecuencia, pertenecía, probablemente, a la idea mejor reprimida y más oscuramente representada en el sueño, o sea a la de la tentación de ceder a los deseos de su enamorado, y siendo así, apenas podía significar otra que el deseo de recibir un beso, caricia que si es hecha por un fumador ha de saber siempre a humo. Las ideas de tentación parecen haber retrocedido hasta la pretérita escena de la tienda y haber despertado el recuerdo de aquel primer beso contra cuya seducción se defendió por entonces la sujeto desarrollando una sensación de repugnancia. Una verosímil una transferencia sobre Freud, facilitada por el hecho de ser él también fumador, puede ser que en alguna de las sesiones del tratamiento se le ocurrió a la paciente desear que yo la besase. Tal hubiera sido entonces el motivo de la repetición del sueño admonitorio y de su resolución de abandonar la cura.
La enuresis nocturna de Dora no era de los corrientes. No sólo se había prolongado más allá del tiempo considerado como normal, sino que había desaparecido primero para reaparecer luego, en época relativamente tardía, cuando la sujeto había cumplido ya los seis años. Una incontinencia de este género no puede tener causa distinta de la masturbación. Poco tiempo antes, la sujeto había planteado la cuestión de la causa de su enfermedad, y antes de que Freud iniciase observación alguna a este respecto, se había respondido a sí misma imputando a su padre toda la culpa de su estado. La muchacha sabía de qué género había sido la enfermedad de su padre, pues la muchacha, preocupada y curiosa, oyó por entonces a una anciana tía suya decir a su madre: «Ya estaba enfermo antes de casarse contigo», añadiendo luego algo que Dora no comprendió de momento y luego refirió a cosas ilícitas. Así, pues, el padre había enfermado a consecuencia de su vida libertina y Dora suponía que le había transmitido hereditariamente la enfermedad. La continuación de esta serie de ideas acusadoras contra el padre avanzaba a través de material inconsciente. Dora se identificó durante algunos días, en ciertos síntomas y singularidades, con su madre. Esta última padecía de dolores en el bajo vientre y flujo blanco. Dora suponía que aquella enfermedad era también imputable al padre, que había contagiado a su mujer su afección sexual. Su persistencia en la identificación con la madre llevó al conocimiento de que también ella padecía de flujo blanco, sin que pudiera precisar exactamente desde cuándo.
Así, detrás de la serie de ideas acusadoras contra el padre, se ocultaba, una acusación contra la propia persona, pues el flujo blanco constituía en las jóvenes solteras un indicio de masturbación y que todas las demás causas a las que solía atribuirse tal enfermedad quedaban muy en segundo término comparadas con la masturbación. Al decirle esto Freud, Dora lo negó resueltamente, pero días después dejó ver algo que la delató. Por primera y última vez en todo el tratamiento trajo colgado del antebrazo un bolsillo de piel, con el que empezó a juguetear mientras hablaba, abriéndolo y cerrándolo, metiendo en él un dedo, etcétera. Éste era un acto sintomático que se ejecuta automática e inconscientemente, como jugando y al que se niega toda significación. Pero una más cuidadosa observación muestra que tales actos, exteriorizan ideas e impulsos inconscientes. El bolsillito bivalvo de Dora no era otra cosa que una representación del genital femenino, y el acto de juguetear con él abriéndolo e introduciendo un dedo constituía una inconfundible exteriorización mímica de la masturbación.
Acusaciones contra el padre, que le habría transmitido su enfermedad, y detrás de ellas una acusación contra sí misma -flujo blanco-, jugueteo sintomático con el bolsillito -incontinencia posterior a los seis años-, secreto que la enferma se resiste a dejarse arrancar por los médicos; todo esto me parece constituir una prueba indiciaria irreprochable de la masturbación infantil. Los síntomas histéricos no aparecen casi nunca mientras los niños continúan masturbándose, sino luego en los períodos de abstinencia, pues representan una sustitución de la satisfacción masturbadora que lo inconsciente continúa demandando mientras no surge otra distinta satisfacción más normal, o se ha hecho ya imposible. De esta última condición depende la posibilidad de la curación de la histeria por medio del matrimonio y del comercio sexual normal. Si la satisfacción cesa luego en el matrimonio por la práctica del coito interrumpido o el extrañamiento psíquico de los cónyuges, etcétera, la libido vuelve a buscar su antiguo curso y se manifiesta de nuevo en síntomas histéricos.
La disnea, el asma nerviosa, corresponden a la misma causa ocasional, esto es, al hecho de haber escuchado los ruidos producidos por una pareja adulta en el acto del coito. A la influencia de la excitación entonces sentida puede atribuirse fundadamente aquella transformación que se inició por entonces en la sexualidad de la infantil sujeto y sustituyó la tendencia a la masturbación por la tendencia al miedo. Algún tiempo después, cuando el padre estaba ausente y la niña lo echaba de menos, repitió aquella impresión bajo la forma de un acceso de asma. A esta sensación física se agregó primero la idea de que los médicos habían prohibido a su padre cualquier esfuerzo, y luego el recuerdo de la fatiga que en aquella ocasión nocturna delataba su respiración jadeante. Este recuerdo la llevó a preguntarse si ella misma no se habría dañado gravemente con la masturbación, conducente también al orgasmo sexual acompañado siempre de una ligera disnea, y luego, al retorno intensificado de esta disnea, como síntoma.
El flujo blanco o «catarro», palabra con la que aprendió a designar su afección es una exteriorización, en el síntoma de la tos, a toda la serie de ideas sobre la culpabilidad del padre en la causa de su enfermedad: «Soy hija de mi padre. Tengo, como él, un catarro. Me ha contagiado su enfermedad como antes la contagió a mi madre. También me ha transmitido las malas pasiones, de las cuales es castigo la enfermedad».
Los accesos de tos y de afonía, quedan fijados por su primer disfraz psíquico, la imitación compasiva del padre enfermo y luego por los autorreproches a causa del «catarro». Este mismo grupo de síntomas se muestra además adecuado para representar las relaciones con el señor K…, lamentar su ausencia y expresar el deseo de ser para él una esposa mejor que la suya. Cuando una parte de la libido se orientó nuevamente hacia el padre, el síntoma adquirió su quizá última significación para representar el comercio sexual con el padre en identificación con la señora de K…
Recordemos que el beso de K… provocó en Dora una viva sensación de asco. La institutriz despedida la había advertido, que todos los hombres eran inconstantes y falsos. Entonces para Dora, todos los hombres eran iguales a su padre, y como creía que su padre padecía una enfermedad sexual podía imaginarse que todos los hombres padecían la misma enfermedad. Verse aquejada de un flujo repulsivo es una nueva motivación del asco experimentado en el momento del abrazo Tal repugnancia transferida al contacto del hombre, sería entonces una repugnancia proyectada y referida al flujo blanco de la propia sujeto.
El sueño traducido a lo consciente podría expresarse: «Tengo que salir de esta casa en la cual, corre peligro mi virginidad. Partiré con mi padre y mañana, mientras me visto, tomaré mis precauciones para que nadie me sorprenda». Estas ideas encuentran clara expresión en el sueño. Pertenecen a una corriente que ha alcanzado conciencia y predominio en la vida despierta. Detrás de ellas se trasluce otra serie de ideas, oscuramente representadas, que corresponden a la corriente opuesta y han sucumbido, por lo tanto, a la represión. Esta serie de ideas culmina en la tentación de entregarse a su pretendiente en agradecimiento al amor que el mismo le había demostrado durante los últimos años, y evoca, quizá, el recuerdo del único beso que de él había recibido hasta entonces. Pero un sueño no es la realización de un propósito sino el cumplimiento de un deseo, y precisamente de un deseo procedente de la vida infantil. Por tanto el sueño reanima en sí una pretérita inclinación infantil hacia su padre, destinada a protegerla contra la inclinación presente hacia aquel hombre. El padre es responsable en parte, del peligro que ahora la amenaza, pues la ha entregado a su pretendiente para mejor lograr sus propios intereses amorosos. El deseo infantil inconsciente de reemplazar a K… por el padre es el que proporciona la energía productora del sueño.
Este deseo aporta al recuerdo un material infantil que integra también íntimas relaciones con la represión de dicha tentación. Pues si Dora se siente incapaz de ceder a su amor hacia aquel hombre, tal resolución se enlaza a su prematura actividad sexual y a las consecuencias de la misma, la enuresis, el catarro genital y las náuseas. Esta prehistoria puede servir luego de base en la edad adulta, a dos actitudes distintas ante el amor: la entrega sin resistencia alguna y hasta la perversión, a la sexualidad o, por reacción, la repulsa de la sexualidad y la neurosis. La constitución de la paciente y su educación moral e intelectual hubieron de orientarla en el segundo sentido.
La elaboración onírica se inicia en la tarde del segundo día, después de la escena en el bosque, al advertir Dora que no puede ya cerrar la puerta de su cuarto. Se dice entonces: «Corro aquí un grave peligro» y forma el propósito de partir con su padre. Este propósito encuentra una posibilidad de continuación en lo inconsciente, instancia en la cual corresponde a él el proceso en que la sujeto despierta su pretérito amor infantil a su padre como protección contra la tentación actual. Así se desarrollan sus ideas preponderantes (celos de la mujer de K… a causa de su padre, como si estuviera enamorada de él). Luchan en Dora la tentación de ceder a su pretendiente y la resistencia contra ella (por honestidad y cordura, impulsos hostiles provocados por las confidencias de la institutriz y un elemento neurótico, la parte de repulsa sexual pronta en ella y basada en su historia infantil). El amor hacia el padre, procede de esta historia infantil.
El sueño transforma el propósito inconsciente de refugiarse al amparo del padre, en una situación que muestra cumplido el deseo de que el padre la salve del peligro. Para conseguirlo así tiene que echar a un lado una idea contraria: la de que el padre es precisamente quien la ha expuesto a aquel peligro. El impulso hostil contra el padre (deseo de venganza) en este punto reprimido, constituye luego uno de los motores del segundo sueño.
Exactamente en la misma forma en que su enamorado se había aproximado a su lecho, despertándola, lo hacía su padre en la infancia. Pero el padre la despertaba en su tiempo para que no mojase la cama. Esta idea de «mojar» determina todo el resto del sueño, aunque sólo aparezca representado por una alusión lejana y por una antítesis.
La antítesis de «mojar», «agua», puede ser muy bien «arder», «fuego». El temor casualmente manifestado por el padre no hubiera llegado a adquirir esta significación en el contenido del sueño si no hubiera armonizado tan bien con la corriente afectiva victoriosa que tendía a hallar a toda costa en el padre auxilio y salvación. En realidad lo que había hecho era exponer a la muchacha a tal peligro.
En las ideas latentes del sueño, el concepto «mojado» pertenece no sólo al de la enuresis nocturna, sino también al de la tentación sexual, reprimido y oculto detrás de aquel contenido del sueño. En el comercio sexual queda «mojada» la mujer, que el hombre da a la mujer, en el coito, algo líquido, en forma de «gotas». Sabe que precisamente en ello está el peligro y que debe evitar que sus órganos genitales sean mojados.
Con los conceptos «mojado» y «gotas» se inicia simultáneamente el otro núcleo de asociaciones, el del repulsivo catarro genital. «Mojado» equivale aquí a «contaminado». Dora parece comprender aquí que la manía de limpieza de su madre no e sino la reacción a aquella impureza. El recuerdo buscado es hallado en las «gotas» de perlas que la madre deseaba recibir como «adorno». Las «gotas» aparecen empleadas como equívoco, como palabra de doble sentido, y «adorno» es, como «limpio», una antítesis de «impuro» (contaminado). El recuerdo proviene del material de los celos, de raíz infantil, pero continuados luego, contra la madre.
Más lejanas al «mojado» son las «joyas»; si este elemento hubiera quedado incluido en la situación onírica ya fijada, el fragmento correspondiente del sueño habría sido: la madre quiere aún salvar sus «joyas». Pero en la nueva variante -«joyero»- se impone a posteriori el influjo de elementos pertenecientes al círculo de la tentación emanada de K… Éste no había regalado a Dora una «joya», pero sí un «joyero».
De este modo, el contenido del sueño incluye en dos puntos el «joyero de la madre», y este elemento sustituye la mención de los celos infantiles, de las gotas y, por lo tanto, de la humedad sexual y de la contaminación por el flujo, y por otro lado, la de las ideas actuales de tentación que impulsan a la sujeto a corresponder al amor de su pretendiente y pintan la situación sexual inminente, deseada y temida.
El padre dice en el sueño: «No quiero que mis dos hijos perezcan» (Las ideas latentes continuarían: a consecuencia de la masturbación).
Lo indudable es que el sueño de Dora, integraba entre sus ideas latentes una relación con el tratamiento y correspondía a una renovación del propósito pretérito de escapar a un peligro. El hecho de que la madre cerrara con llave el comedor por las noches, dejando prisionero al hermano en su alcoba, trajera consigo un enlace con la ocultación de la llave por K… en L…, acto que maduró el propósito de fuga de Dora al ver que no podía ya encerrarse en su cuarto.
III - EL SEGUNDO SUEÑO
Voy paseando por una ciudad desconocida y veo calles y plazas totalmente nuevas para mí. Entro luego en una casa en la que resido, voy a mi cuarto y encuentro una carta de mi madre. Me dice que habiendo yo abandonado el hogar familiar sin su consentimiento no había ella querido escribirme antes para comunicarme que mi padre estaba enfermo. Ahora ha muerto y si quieres, puedes venir. Voy a la estación y pregunto unas cien veces: ¿Dónde está la estación? Me contestan siempre lo mismo: Cinco minutos. Veo entonces ante mí un bosque muy espeso. Penetro en él y encuentro a un hombre al que dirijo de nuevo la misma pregunta. Me dice: Todavía dos horas y media. Se ofrece a acompañarme. Rehúso y continúo andando sola. Veo ante mí la estación pero no consigo llegar a ella y experimento aquella angustia que siempre se sufre en estos sueños en que nos sentimos como paralizados. Luego me encuentro ya en mi casa. En el intervalo debo de haber viajado en tren, pero no tengo la menor idea de ello. Entro en la portería y pregunto cuál es nuestro piso. La criada me abre la puerta y me contesta: Su madre y los demás están ya en el cementerio.
Dora trataba de fijar, por aquellos días, la relación de sus propios actos con los motivos que podían haberlos provocado. Se preguntaba, por qué en los días siguientes a la escena con K… en el lago, había silenciado celosamente lo sucedido y por qué luego, de repente, se había decidido a contárselo todo a sus padres. Era también necesario aclarar por qué Dora se había sentido tan gravemente ofendida por la declaración amorosa, y más cuando empezaba a vislumbrar que se trataba de un hondo y sincero enamoramiento. El hecho de que la muchacha denunciase a sus padres lo sucedido parecía constituir un acto anormal, provocado ya por un deseo patológico de venganza.
«Va paseando por una ciudad desconocida y ve calles y plazas. En una plaza ve un monumento». En Navidad había recibido un álbum con vistas de un balneario alemán y el mismo día del sueño lo había sacado de una caja en que guardaba multitud de estampas y fotografías, para enseñárselo a unos parientes suyos. Con tal motivo había preguntado a su madre: ¿Dónde está la caja?. Una de las vistas que el álbum contenía era la de una plaza en cuyo centro se alzaba un monumento. El álbum era regalo de un joven ingeniero al que había conocido en la ciudad en que el padre tenía sus fábricas. Este ingeniero, aprovechaba toda ocasión de hacerse recordar por Dora, demostrando su intención de pedirla en matrimonio en cuanto su situación se lo permitiese. Pero había que esperar.
El acto de vagar por una ciudad desconocida aparecía superdeterminado. Otro primo suyo que iba con ella y conocía ya Dresden se ofreció a guiarla en esta visita, pero Dora rechazó su ofrecimiento y fue sola a la Galería pictórica recorriendo las salas. Ante la Madonna Sixtina permaneció admirándola dos horas. Estas asociaciones pertenecen al material productor del sueño, pues integran elementos que retornan sin modificación alguna en el mismo. También el tema de la Madona, de la madre virgen. En esta primera parte del sueño Dora se identifica con un hombre joven. Vaga por un país extranjero, se esfuerza en alcanzar un fin, pero hay algo que le detiene, precisa tener paciencia y esperar. Si Dora pensaba aquí en el ingeniero, el fin perseguido en su sueño hubiera debido ser la posesión de una mujer, la posesión de su propia persona. Pero en lugar de esto era una estación. Sin embargo, conforme a la relación de la pregunta formulada en el sueño con la que realmente hubo de formular durante el día inmediatamente anterior al mismo, podemos sustituir la estación por una caja y en el simbolismo onírico caja y mujer son ya conceptos próximos.
«Pregunta unas cien veces…» La noche misma de su sueño, su padre le había pedido, al retirarse a dormir, que le trajese la botella del coñac. Dora pidió la llave del aparador a su madre, pero ésta se hallaba tan abstraída, que no oyó su demanda hasta que la muchacha exclamó «¿Quieres decirme dónde está la llave del aparador? Te lo he preguntado ya cien veces». La pregunta «¿Dónde está la llave?», me parece constituir la contrapartida masculina de la otra interrogación: «¿Dónde está la caja?». Trátase pues, de interrogaciones referentes a los genitales.
Aquella misma noche, en la cena con que habían obsequiado a varios parientes, uno de ellos había brindado por el padre, expresando su deseo de que gozara de salud por muchos años. Dora había visto entonces dibujarse en el fatigado rostro de su padre una contracción melancólica y había adivinado las tristes ideas que en él despertaban tales votos. Con esto llegamos al contenido de la carta que aparece en el sueño y según la cual Dora había abandonado el hogar familiar y su padre había muerto. La fachada del sueño corresponde a una fantasía de venganza contra el padre (2). Las ideas compasivas del día anterior armonizarían muy bien con esto. Tal fantasía sería: ella abandonaría a sus padres, marchándose al extranjero, y su padre se moriría de pena, quedando así vengada ella. Comprendía muy bien lo que ahora le faltaba al padre hasta el punto de que le fuera imposible conciliar el sueño sin beber coñac. Pero el contenido de la carta había de tener una más amplia determinación. Se imponía buscar la procedencia de las palabras «si ¿quieres?». Dora reconoció la frase como una cita de la carta que la señora de K… le había escrito invitándola a pasar con ellos una temporada en L… Dicha carta contenía, en efecto, un signo de interrogación completamente fuera de lugar y en medio de frase, después de las palabras «si quieres venir?»
La escena del lago
Dora sólo recordaba una de sus frases de justificación: «Ya sabe usted que mi mujer no es nada para mí». Para no volver a tropezarse con K…, Dora quiso regresar a L… a pie, rodeando el lago, y preguntó a un hombre al que encontró en su camino cuánto tardaría en llegar. «Dos horas y media», fue la respuesta. Dora renunció entonces a su Propósito y embarcó de nuevo en el vaporcito que los había traído. En él volvió a encontrar a K…, que se acercó a ella para pedirle perdón y rogarle que no contase a nadie lo sucedido. Dora no se dignó contestarle. El bosque de su sueño era idéntico al que cubría la orilla del lago en la que se había desarrollado la escena nuevamente descrita. Pero también el día anterior al sueño había visto la sujeto un bosque análogamente poblado en un cuadro de una exposición. Este cuadro mostraba en segundo término varias figuras de ninfas.
Los conceptos de estación (Bahnhof) y cementerio (Friedhof) me habían parecido harto extraños e inhabituales como símbolos de los genitales femeninos y esta singularidad había orientado mi atención hacia la palabra «Vorhof» (vestíbulo), de análoga formación, empleada también como término anatómico para designar una determinada región de los genitales de la mujer. La nueva asociación relativa a las «ninfas» en el fondo de un «espeso bosque» confirma la geografía simbólica sexual. «Ninfas» es un término anatómico con el que se designan los pequeños labios del genital femenino situados al fondo del «espeso bosque» del vello sexual. Así, pues, detrás de la primera situación del sueño se ocultaba, si mi interpretación no era errónea, una fantasía de desfloración, y la dificultad de andar y la angustia sentida en el sueño aluden a la virginidad, La Madonna.
«Voy tranquilamente a mi cuarto y me pongo a leer un libro muy voluminoso que encuentro encima de mi escritorio». Detalles importantes son aquí la «tranquilidad» de la sujeto y el «volumen» del libro (enciclopedia). Cuando los niños cogen una enciclopedia para satisfacer su curiosidad sobre materias prohibidas, no leen nunca tranquilamente. Pero la fuerza cumplidora de deseos del sueño había mejorado tan inquietante situación. El padre había muerto y los demás habían ido al cementerio. Muerto el padre Dora podía leer y amar con plena libertad.
Mientras estuvo en casa de la tía que falleció, la sujeto relataba haber tenido fiebre alta los primeros días y haber sufrido aquel dolor en el vientre que la enciclopedia señalaba como uno le los síntomas de la apendicitis (que había padecido hace poco un primo). El segundo día y entre violentos dolores, se le había presentado el período, muy irregular en ella desde que había comenzado a estar enferma. Por aquella época padecía un estreñimiento pertinaz.
«Me veo subiendo la escalera». Después de la apendicitis se le había hecho difícil andar, pues le costaba trabajo avanzar el pie izquierdo. Esta dificultad, prolongada durante bastante tiempo, la había llevado a evitar en lo posible las escaleras. Todavía arrastraba a veces trabajosamente el pie izquierdo. Se trataba, pues, de un verdadero síntoma histérico. La dificultad para avanzar una pierna, debía armonizar mejor con la significación secreta, posiblemente sexual, del cuadro patológico. El ataque de apendicitis sucedió 9 meses después de la escena junto al lago. Así pues, la supuesta apendicitis había realizado la fantasía de un parto. Ahora bien, si los síntomas de Dora 9 meses después de la escena junto al lago, transferían a la realidad su fantasía inconsciente de un parto, ello quería decir que la muchacha había dado, en aquella otra fecha anterior, un «mal paso». Siendo niña había rodado por la escalera de su casa, en B…, y se había lastimado un pie, el mismo que ahora le costaba trabajo avanzar. Se lo vendaron y tuvo que permanecer en reposo semanas enteras. Ello sucedió teniendo la paciente 8 años y poco antes de presentársele el primer acceso de asma nerviosa.
- El hecho de que 9 meses después de la escena a orillas del lago simule usted inconscientemente un parto y arrastre luego hasta hoy la consecuencia de aquel «paso en falso» demuestra que en su inconsciente lamenta usted el desenlace de aquella escena, sentimiento que la ha llevado a rectificarlo en su pensamiento inconsciente. Ya ve usted como su amor a K… no terminó con aquella escena y continúa vivo hasta hoy, contra su opinión, aunque no tenga usted conciencia de ello. (Dora no me contradijo ya) (1).
La sesión inmediata la inició Dora con las palabras siguientes:
- ¿Sabe usted, doctor, que hoy es la última vez que vengo aquí? Resolví seguir viniendo hasta Año Nuevo (era 31 de diciembre). No quiero esperar por más tiempo la curación.
- ¿Cuándo tomó usted esa resolución?
- Hace 15 días.
- Quince días. Parece como si se tratase del despido de una criada o una institutriz.
- Cuando fui a L… los K… tenían éstos una institutriz que se despidió poco después, una muchacha cuya conducta para con el amo de la casa me pareció muy singular. No le saludaba ni le dirigía la palabra. Tampoco él se mostraba ciertamente muy cortés para con la muchacha. Uno o dos días antes de la escena a orillas del lago, la institutriz me contó que durante una temporada que la mujer de K… había estado ausente el marido la había cortejado con insistencia, apremiándola tenazmente y asegurándole que su mujer no era nada para él, etcétera…
-Las mismas palabras que acababa de pronunciar en su declaración a usted cuando usted le abofeteó, ¿no?
-Sí. La institutriz acabó por ceder a sus deseos. Pero K… dejó de ocuparse de ella al poco tiempo y la muchacha le odiaba desde entonces. Me dijo que al verse abandonada, había comunicado a sus padres, residentes en Alemania, todo lo sucedido. Sus padres le aconsejaron que abandonara en el acto aquella casa y al ver que no lo hacía, le escribieron rompiendo toda relación con ella y prohibiéndole volver jamás a su lado. Además, quería esperar aún algún tiempo para ver si K… modificaba su conducta. En caso contrario se despediría.
- Ahora conozco el motivo de aquella bofetada con la que respondió usted a la declaración de amor. No fue la indignación provocada por suponerla a usted capaz de aceptar tales proposiciones de un hombre casado sino un impulso de celosa venganza. Pero en el momento en que K… le dirigió las mismas palabras que antes a la otra muchacha «Mi mujer no es nada para mí», despertaron en usted nuevos impulsos. Se dijo usted: Este hombre se atreve a tratarme como a una institutriz, y esta ofensa inferida a su orgullo, sumada a sus celos y a los restantes motivos conscientes y razonados, colmó ya las medidas. Se despide usted de mí como una institutriz, tomándose un plazo de 15 días. La carta de su sueño, autorizándola a usted para retornar a su casa, es la contrapartida de la carta en que los padres de la institutriz prohibían a ésta presentarse ante ellos.
- ¿Por qué no se lo conté entonces todo inmediatamente a mis padres?
- ¿Qué tiempo dejó usted pasar?
- La escena con K… fue el último día de junio. Hasta el 14 de julio siguiente no se lo conté a mi madre.
- Otra vez el plazo de quince días. No quiso despedirse en el acto porque esperaba que K… le otorgara de nuevo su cariño. Tal fue también el motivo que determinó su propia conducta. Se dio usted un plazo para ver si K… renovaba su declaración, demostrándole así la seriedad de sus intenciones y que no trataba solamente de jugar con usted como antes con la institutriz. Pero luego, al no volver a recibir noticias suyas, dio usted libre curso a su venganza. Aunque no es nada inverosímil que también su acusación contra K… obedeciese, en segundo término, a la intención de moverle a acudir a su lado para justificarse ante los suyos.
-Tal fue, en efecto, su primera intención.
-Y entonces hubiera quedado cumplido su ardiente deseo de volver a verle (Dora asintió aquí, cosa que yo no esperaba) y hubiera podido darle la satisfacción que usted demandaba.
-¿Y no ha pensado usted nunca que K… quería separarse de su mujer para casarse con usted?. Hace dos años era usted, demasiado joven para casarse, pero usted misma me ha contado que su madre se prometió a los 17 años y esperó luego 2 años. La historia amorosa de la madre constituye habitualmente un modelo para la hija. Quería usted, pues, esperar a K… y suponía que por su parte sólo esperaba a que usted tuviera edad para casarse con él. Usted llegó a edificar seriamente todo un plan de vida sobre esta base. La conducta de su enamorado en L… no integra tampoco prueba alguna en contrario. No le dejó usted acabar de explicarse e ignora lo que en definitiva quería decirle. Su matrimonio con K…, relaciones que usted protegió en tanto resultaban favorables a sus propias intenciones, eran una garantía segura de que dicha señora consentiría en el divorcio, y en cuanto a su padre siempre ha conseguido usted de él lo que ha querido, e incluso hubiera sido ésta la única solución posible para todos si los sucesos desarrollados en L… hubieran tenido otro desenlace. Por haberlo comprendido así lamentó usted luego tan hondamente el desenlace por usted misma provocado y lo corrigió en la fantasía inconsciente que hubo de exteriorizarse bajo la forma de una apendicitis. Fue, pues, para usted, un doloroso desengaño ver que su enamorado, en lugar de reaccionar a su acusación renovando seriamente sus pretensiones, la acusaba, a su vez, calumniosamente. Ha confesado usted que lo que más la indigna es la suposición de que la escena a orillas del lago sea pura imaginación suya. Ahora sé ya lo que no quiere usted que se le recuerde: que imaginó usted serias y sinceras las pretensiones amorosas de K y creyó que no cejaría en ellas hasta conseguirla en matrimonio.
La inesperada interrupción del tratamiento cuando mis esperanzas de éxito habían adquirido ya máxima consistencia, destruyéndolas así de golpe, constituía por su parte, un indudable acto de venganza y satisfacía, al propio tiempo, la tendencia de la paciente a dañarse a sí misma (2).
IV - EPÍLOGO
En casos en que los síntomas han entrado al servicio de motivos exteriores de la vida, como el de Dora extraña ver que el estado del enfermo no presenta modificación alguna visible, aun estando ya muy avanzado el análisis. Los síntomas no desaparecen durante el desarrollo de la labor analítica, pero sí una vez terminada ésta y disueltas las relaciones del paciente con el médico. El retraso de la curación tiene su causa en la propia persona del médico.
Para explicar esta circunstancia hemos de partir de lo que son las transferencias. Ellas son reediciones o productos ulteriores de los impulsos y fantasías que han de ser despertados y hechos conscientes durante el desarrollo del análisis y que entrañan como singularidad característica de su especie, la sustitución de una persona anterior por la persona del médico. Son pues, simples reproducciones o reediciones invariadas. Otras muestran un mayor artificio; han experimentado una modificación de su contenido, una sublimación y no serán ya meras reproducciones. La transferencia es un factor imprescindible y necesario. Hemos de adivinarla sin auxilio ninguno ajeno, guiándonos tan sólo por levísimos indicios y evitando incurrir en arbitrariedad. Lo que no puede hacerse es eludirla, pues es utilizada para constituir todos aquellos obstáculos que hacen inaccesible el material de la cura, y además, la convicción de la exactitud de los resultados obtenidos en el análisis no surge nunca en el enfermo hasta después de resuelta la transferencia. El tratamiento psicoanalítico no crea la transferencia; se limita a descubrirla. La única diferencia está en que, espontáneamente, el paciente sólo produce transferencias afectuosas y amigables, y cuando por cualquier causa no son posibles tales transferencias se desliga rápidamente del médico que no le es «simpático», sin que este último haya conseguido ejercer sobre él la menor influencia. En el psicoanálisis y a consecuencia de una distinta disposición de los motivos, son despertados todos los impulsos, también los hostiles, y utilizados, haciéndolos conscientes para los fines del análisis, quedando luego destruida la transferencia. La transferencia, destinada a ser el mayor obstáculo del psicoanálisis, se convierte en su más poderoso auxiliar cuando el médico consigue adivinarla y traducírsela al enfermo.
En el análisis de Dora la cualidad más excelente se halla íntimamente ligada a su mayor defecto, responsable de su prematura interrupción: Freud no consiguió adueñarse a tiempo de la transferencia. La buena voluntad con la que Dora puso a su disposición en el tratamiento una parte del material patógeno, le hizo olvidar la precaución de atender a los primeros signos de la transferencia que le preparaba con otra parte del mismo material. Al principio se advertía claramente que él sustituía para ella, en la fantasía, a su padre, como era natural, dada la poca diferencia entre sus edades. Dora lo comparaba de continuo conscientemente con él, buscando siempre convencerse de su sinceridad para con ella, pues el padre «prefería siempre el misterio y los caminos torcidos». Cuando luego llegó el primer sueño, en el que Dora se proponía abandonar la cura, como antes la casa de K…, Freud tendría que haberse dado cuenta de la advertencia que el sueño encerraba y haber dicho a la paciente: «Ahora ha realzado usted una transferencia de K… a mi persona. ¿Ha advertido usted algo que la lleve a deducir que yo abrigo hacia usted malas intenciones análogas (directamente o por sublimación) a las de K… o ha observado en mi persona o sabido de mí algo que fuerce su inclinación, como antes en K… ?». Esto hubiera orientado su atención hacia la solución de esta transferencia y procurado al análisis el acceso a nuevo material mnémico. Pero Freud incurrió en el error de descuidar esta primera advertencia, pensando disponer aún de tiempo más que suficiente, ya que no se presentaban nuevos estadios de la transferencia ni parecía agotarse aún el material analizable. De este modo, la transferencia lo sorprendió desprevenido y a causa de un «algo» en que él le recordaba a K…, Dora hizo recaer sobre Freud la venganza que quería ejercitar contra K… y lo abandonó como ella creía haber sido engañada y abandonada por K. En aquellos casos en que las transferencias se dejan integrar tempranamente en el análisis, se hace más lento y menos transparente el curso del mismo, pero su desarrollo queda más asegurado contra súbitas resistencias incoercibles.
En el segundo sueño de Dora la transferencia aparece representada por varias alusiones clarísimas. Cuando lo relató, Freud no sabía que sólo les quedaban dos horas de trabajo, el mismo tiempo que la sujeto había permanecido ante la Madona Sixtina y el mismo que mediante una corrección (dos horas en vez de dos horas y media) había convertido en medida del tiempo necesario para retornar a pie a L… bordeando el lago. La espera del sueño, que se refería al joven ingeniero residente en Alemania y procedía de su propia espera hasta que el señor K… pudiera matrimoniarla, se había ya exteriorizado algunos días antes en la transferencia: la cura se le hacía demasiado larga; no tendría paciencia para esperar tanto tiempo. El acto de rechazar la compañía ofrecida, prefiriendo continuar sola su camino, hubo de ser repetido por Dora a Freud respecto al día previamente marcado para ello. Su significación sería la siguiente: «Puesto que todos los hombres son tan asquerosos prefiero no casarme. Tal es mi venganza».
En aquellos casos en los que el enfermo transfiere sobre el médico, en el curso del tratamiento, impulsos de crueldad y motivos de venganza utilizados ya para mantener los síntomas, y antes de que aquél haya tenido tiempo de desligarlos de su persona retrotrayéndolos a sus fuentes, no podemos extrañar que el estado del enfermo no aparezca influido por la labor terapéutica.
Cinco trimestres después de interrumpido el tratamiento, Freud tuvo noticias del estado de Dora y con ellas del resultado de la cura. En una fecha no del todo indiferente, el 1º de abril, apareció en el consultorio para terminar de relatarle su historia y solicitar de nuevo su ayuda. Pero su expresión delataba claramente la insinceridad de su demanda de auxilio. Después de la interrupción del tratamiento había pasado más de un mes muy «trastornada», según su propia expresión. Luego se inició una considerable mejoría. En mayo del año anterior murió uno de los hijos del matrimonio K. Dora visitó con este motivo a los K… y en esta ocasión se reconcilió con ellos, se vengó de ellos y llevó todo el asunto a un desenlace satisfactorio para ella. A la mujer le dijo que estaba perfectamente al tanto de sus relaciones ilícitas con su padre, sin que la interesada se atreviese a protestar. Luego obligó al marido a confesar la verdad de la escena junto al lago y se lo comunicó así a su padre, quedando ya plenamente justificada ante él. Después de esto, no volvió a reanudar sus relaciones con el matrimonio.
Siguió bien hasta mediados de octubre, fecha en la que padeció un nuevo ataque de afonía, prolongado durante seis semanas. La causa de aquel acceso fue el susto experimentado al presenciar en la calle un atropello del Sr. K… quien la había detenido de pronto, tan impresionado y aturdido, que se dejó derribar por un coche. Afortunadamente no sufrió lesión alguna y Dora le vio levantarse del suelo y seguir andando. La sujeto experimentaba aún alguna emoción cuando oía hablar de las relaciones de su padre con la mujer de K…, en las cuales no se mezclaba ya para nada. Vivía consagrada a sus estudios y no pensaba casarse.
Acudía a Freud por causa de una neuralgia facial que ahora la atormentaba día y noche desde hace 15 días. Precisamente hacía 15 días había leído en los periódicos una noticia sobre él. Dora lo reconoció sin dificultad ninguna. La supuesta neuralgia facial correspondía, pues, a un autocastigo, al remordimiento por la bofeteada propinada a K… y por la transferencia sobre Freud de los sentimientos de venganza extraídos de aquella situación.
Varios años después, Dora se ha casado, con el ingeniero. Del mismo modo que el primer sueño significaba el desligamiento del hombre amado y el retorno al padre, o sea la huída de la vida y el refugio en la enfermedad, este segundo sueño anunciaba que Dora se desligaría de su padre, ganada de nuevo para la vida.
(1) La «Madonna» es la propia sujeto. En primer lugar por el «devoto adorador» que le había remitido el álbum de vistas; luego, por haber sido el cariño maternal demostrado a los hijos de K… por aquella fantasía inconsciente en la que suponía haber tenido un hijo siendo aún virgen. La «Madona» es además, una representación antitética muy frecuente en aquellas muchachas sobre las que pesa una acusación de carácter sexual. En la frase «Los demás están ya en el cementerio», encontramos otro juego de palabras basado en el nombre de la tía fallecida. Estas indicarían la existencia de una fuente oral de los conocimientos sexuales de Dora, ya que en la enciclopedia no podía haberlas encontrado, y procedieran de la propia señora de K…, la misma que luego hubo de acusar falsamente a Dora. La sujeto, que tan vengativa se había mostrado con otras personas, había otorgado siempre en cambio, a aquella mujer, una singular generosidad. Detrás de la amplia serie de desplazamientos que así se descubren, puede muy bien sospecharse el profundo amor homosexual de Dora hacia la señora de K…
(2) La fantasía de venganza contra el padre: Dora ha abandonado voluntariamente el hogar familiar; el padre ha enfermado y ha muerto. Ahora vuelve a casa. Los demás han salido ya para el cementerio. Sin sentir la menor tristeza, va a su cuarto y se pone a leer la enciclopedia. Hallamos aquí dos alusiones al otro acto de venganza que la sujeto había llevado realmente a cabo dejando al alcance de sus padres una carta de despedida: la carta (de su madre en el sueño) y la mención del entierro de aquella tía suya en cuya vida veía Dora el modelo de su destino. Detrás de esta fantasía se esconden aquellas ideas de venganza contra K…, a las que Dora procuró un exutorio en su conducta para conmigo. La criada, la invitación, el bosque y las dos horas y media, proceden del material suministrado por los sucesos desarrollados en L… El recuerdo de la institutriz y de las cartas que entre ella y sus padres se cruzaron aparece conjuntamente con el elemento proporcionado por su carta de despedida a la carta integrada en el contenido del sueño, autorizando a Dora para volver a su casa. La negativa a dejarse acompañar y la decisión de seguir sola su camino, pueden traducirse en la forma siguiente: por haberme tratado como a una criada, te dejo plantado, me voy sola y no me caso. Encubierto por estas ideas de venganza, se traslucen fantasías amorosas precedentes del cariño hacia K…, inconscientemente subsistente: hubiera esperado hasta poder ser tu mujer -la desfloración- el parto. Por último el hecho de que la fantasía de desfloración aparezca representada desde el punto de vista masculino (identificación con el enamorado residente en el extranjero) pertenece al más profundo y secreto círculo de ideas, al del amor homosexual hacia la señora de K… y lo mismo la circunstancia de que en dos puntos aparezcan transparentes alusiones a frases equívocas (¿vive aquí el señor X ?), y a la fuente escrita de sus conocimientos sexuales (la enciclopedia). En este sueño encuentran también su cumplimiento impulsos sádicos y crueles.
domingo, 10 de junio de 2012
"La interpretación de los sueños"; Freud (resumen)
La interpretación de los sueños
Resumen de Freud S, La interpretación de los sueños, Obras Completas, Madrid, Biblioteca Nueva, 1981, 4° edición.
En este texto del año 1900, Sigmund Freud plantea a los sueños como una realización alucinatoria de deseos, y por tanto como una vía privilegiada de acceso al inconciente, mediante el empleo del método interpretativo, fundado en la asociación libre. El texto es también importante, según muchos, por exponer aquí Freud en forma sistemática su primera teoría del aparato psíquico (o primera tópica).
1. Opiniones sobre el problema de los sueños
En la antigüedad clásica, los sueños eran entendidos como revelaciones divinas o demoníacas, y podían además revelar el porvenir del sujeto que soñaba. Luego, desde Aristóteles los sueños pasaron a ser una actividad del alma, y no de los dioses. Ya desde la antigüedad, con Artemidoro, los sueños incluso podían ser interpretados, o sea transformados en un lenguaje entendible. Tales planteos son pre-científicos. Los planteos científicos posteriores sobre los sueños tuvieron en cuenta de una u otra forma ocho cuestiones básicas:
* relación del sueño con la vigilia
* la memoria en el sueño
* estímulos y fuentes de los sueños
* el olvido del sueño al despertar
* características psicológicas del sueño
* sentimientos éticos en el sueño
* función del sueño
* sueño y enfermedad mental.
Respecto de la relación sueño-vigilia, para algunos el sueño es algo beneficioso porque nos procura una fuga de la realidad displacentera. Otros sostienen lo contrario, considerándolo como una mera continuación de la vigilia (soñamos lo que ya veníamos soñando desde la vigilia). Nótese la oposición: la primera postura plantea una división total entre sueño y vigilia, mientras que la segunda una total continuidad. Respecto de la memoria en el sueño, en general se acepta que el sueño reproduce o recuerda lo vivido durante la vigilia, aunque muchas veces simbólicamente, ya que tenemos sueños que no recordamos haber vivido nunca realmente. Hay también sueños hipermnésicos, donde se sueña algo realmente vivido pero que había sido olvidado por la conciencia, como por ejemplo los sucesos de la vida infantil. Suele ocurrir también que en el sueño aparezcan los recuerdos triviales, y no los considerados importantes durante la vigilia. Respecto de los estímulos y fuentes de los sueños, estos pueden agruparse en cuatro tipos fundamentales: a) Estímulos sensoriales externos, como cuando alguien sueña que le pegan mientras otra persona le sacude el brazo. b) Estímulos sensoriales internos: el sujeto siente hambre y entonces sueña que está en un desierto sin alimentos. c) Estímulos somáticos internos, como la señora que tenía fuertes pesadillas como consecuencia de una grave afección en el corazón. d) Estímulos puramente psíquicos: los más difíciles de comprobar, pero los más importantes para Freud. Otro problema es porqué olvidamos los sueños al despertar. Para Strümpell hay varios motivos: los sueños se olvidan por la debilidad de las sensaciones oníricas, siendo recordadas las más enérgicas. También se olvidan porque en el sueño las imágenes están inconexas, no hay lazos asociativos entre ellas que favorezcan la retención mnémica. Y un último factor es el poco interés que uno le otorga al sueño: si se dedicase a investigarlos, los recordaría mejor. Otra cuestión son las características psicológicas del sueño. Por ejemplo lo sentimos como extraño, ajeno a nosotros, a pesar de que gran parte del material onírico está en la vida despierta. Otra característica es que el sueño opera con imágenes involuntarias (y no con conceptos voluntarios como en la vigilia). Son además imágenes alucinatorias, ya que creemos estar viviéndolas realmente. Son también habitualmente imágenes incoherentes, absurdas y contradictorias. Con respecto a la ética en el sueño, hay quienes dicen que durante el sueño se conserva la moral, y otros que no, ya que se pueden soñar crímenes que uno mismo comete, actos sexuales aberrantes, etc. Sin embargo, más que la temática del sueño, importa ver qué sentimiento experimenta uno en el sueño, ya que puede cometerse un crimen en sueños y sentir angustia. Respecto de las teorías oníricas y la función del sueño, encontramos tres alternativas. a) Autores como Delboeuf sostienen que el sueño mantiene una total actividad psíquica igual que en la vigilia, aunque bajo condiciones de reposo; b) Otros ven en el sueño un descenso de la actividad psíquica y una debilitación de la coherencia: es como si el reposo paralizara la actividad psíquica. De hecho, muchos reducen el sueño a un fenómeno puramente somático y no psíquico; c) Otros sostienen que el sueño realiza determinadas funciones psíquicas que la vigilia no puede cumplir o que cumple incompletamente: recién aquí aparece el sueño como algo útil. En cuanto a las relaciones entre sueño y enfermedad mental, por último, han sido abordados estos tres problemas: a) se buscaron relaciones etiológicas y clínicas, como cuando un sueño representa o inicia un estado psicótico o queda como residuo del mismo; b) las transformaciones que sufre el sueño y la actividad onírica de los enfermos mentales; c) las relaciones y semejanzas entre el sueño y la psicosis.
2. El método para interpretar los sueños
Freud considera que todo sueño es interpretable, es decir, puede encontrarse su sentido. Esto significa 'sustituirlo' por algo que puede incluirse en la concatenación de nuestros actos psíquicos como un factor de importancia y valor equivalentes a los demás actos psíquicos. La labor de interpretar no recae sobre todo el sueño en su conjunto sino sobre sus partes componentes: el ejemplo del sueño que tuvo Freud con Irma muestra cómo aquél va interpretando cada parte por separado. El llamado 'método descifrador' no sirve, pues se basa en una especie de libro de los sueños, donde cada cosa soñada significa tal otra cosa en forma rígida, sin considerar la peculiaridad de cada sujeto. El ejemplo del sueño de Irma ilustra el método para interpretar los sueños: primero se descompone el relato en partes, y recién al final surge la interpretación final o global, en la cual se nos revela el sueño como una realización de deseos.
3. El sueño como realización de deseos
El sueño no es meramente actividad somática: es un acabado fenómeno psíquico de realización de deseos, y por tanto debe ser incluído en el conjunto de los actos comprensibles (no incomprensibles) de nuestra vida despierta, constituyendo el resultado de una actividad intelectual altamente complicada. Por ejemplo, en el sueño de Irma, Freud satisface su deseo de vengarse de su amigo Otto y el doctor M.
4. La deformación onírica
El deseo aparece disfrazado en el aspecto manifiesto del sueño, en lo efectivamente soñado, proceso denominado 'deformación onírica'. Freud se pregunta porqué tiene que haber una deformación, ya que podría haber ocurrido que el sueño expresara el deseo en forma directa, sin deformación. Esta deformación es intencional y se debe a la censura que el sujeto ejerce contra la libre expresión de deseos, por encontrarlos censurables por algún motivo.
Hay sueños negativos de deseos, donde lo que aparece es el incumplimiento de un deseo. Para esto se dan varias explicaciones, entre las cuales está la satisfacción de una tendencia masoquista. No obstante sigue en pie la conclusión general de Freud: los sueños son realizaciones disfrazadas de deseos reprimidos. Resumen: PC
Resumen ampliado del capítulo 4
Nos preguntamos cómo los sueños de contenido penoso podían ser interpretados como realizaciones de deseos, y ello es perfectamente posible cuando ha tenido efecto una deformación onírica; esto es, cuando el contenido penoso no sirve sino de disfraz de otro deseado. Los sueños penosos contienen, algo penoso para la Cc., pero que al mismo tiempo cumplen un deseo del Inc. El análisis nos demuestra que el sueño posee realmente un sentido: el de una realización de deseos. En el tratamiento analítico de un psiconeurótico comunico al sujeto todos aquellos esclarecimientos psicológicos con ayuda de los cuales he llegado a la comprensión de los síntomas; pero estas explicaciones son siempre objeto, por parte del enfermo, de una implacable crítica, se niegan a aceptar que todos los sueños son realizaciones de deseos, como por ejemplo esta paciente histérica:
- Dice usted que todo sueño es un deseo cumplido. Pues bien: le voy a referir uno que es todo lo contrario. En él se me niega precisamente un deseo: «Quiero dar una comida, pero no dispongo sino de un poco de salmón ahumado. Pienso en salir para comprar lo necesario, pero recuerdo que es domingo y que las tiendas están cerradas. Intento luego telefonear a algunos proveedores, y resulta que el teléfono no funciona. De este modo, tengo que renunciar al deseo de dar una comida.»
¿De qué material ha surgido este sueño?. Su marido, un carnicero, le había dicho el día anterior que estaba demasiado gordo e iba a comenzar una dieta y haría gimnasia, y sobre todo, no aceptaría ya más invitaciones a comer fuera de su casa. Hace mucho tiempo que ella tiene el deseo de tomar caviar, pero no quiere permitirse el gasto que ello supondría. Naturalmente, tendría el caviar deseado en cuanto expresase su deseo a su marido. Pero, por el contrario, recientemente le ha pedido que no se lo traiga nunca para poder seguir embromándole con este motivo.
La paciente se ve obligada a crearse en la vida un deseo insatisfecho. Su sueño le muestra también realizada la negación de un deseo. Después de una corta pausa, declara que ayer fue a visitar a una amiga suya de la que se halla celosa, pues su marido la celebra siempre extraordinariamente. Por fortuna, dice, está muy seca y delgada y a su marido le gustan las mujeres de formas llenas. Su amiga habló durante la visita, de su deseo de engordar. Además, le preguntó: «¿Cuándo vuelve usted a convidarnos a comer? En su casa se come siempre maravillosamente.»
- Es como si ante la pregunta de su amiga hubiera usted pensado: "¡Cualquier día te convido yo, para que engordes hartándote de comer a costa mía y gustes luego más a mi marido!". De este modo, cuando a la noche siguiente sueña usted que no puede dar una comida, su sueño realiza su deseo de no colaborar al redondeamiento de las formas de su amiga. La idea de que comer fuera de su casa engorda le ha sido sugerida por el propósito que su marido le comunicó de rehusar en adelante toda invitación de este género, como parte del régimen al que pensaba someterse para adelgazar. Ahora bien, ¿Por qué ha escogido usted en su sueño precisamente «salmón ahumado»?
- Sin duda porque es el plato preferido de mi amiga. (Casualmente a esta señora le sucede con este plato lo mismo que a mi paciente con el caviar; esto es, que, gustándole mucho, se priva de él por razones de economía.)
Este mismo sueño es susceptible de dos interpretaciones que no se contradicen, sino que constituyen un ejemplo del doble sentido habitual de los sueños. Su deseo es que no se realiza un deseo de su amiga, pero en cambio sueña que no se le realiza a ella otro suyo. La sujeto no se refiere a sí misma en el sueño sino a su amiga, sustituyéndose a ella en el contenido manifiesto, es decir se identifica con ella.
La identificación es un factor importantísimo del mecanismo de los síntomas histéricos, y constituye un medio por el que los enfermos logran expresar en sus síntomas los estados de toda una amplia serie de personas y no únicamente los suyos propios. De este modo sufren por todo un conjunto de hombres y tienen la facultad de imitar todos los síntomas que en otros enfermos les impresionan. El proceso psíquico en la imitación histérica equivale a un proceso deductivo inconsciente. Por ejemplo “si tales causas provocan ataques como ese, también yo puedo tenerlos, pues tengo idénticos motivos”. Si esta conclusión fuera capaz de conciencia, conduciría al temor de padecer tales ataques, pero como tiene efecto en un terreno psíquico distinto, se produce el síntoma temido. Así pues, la identificación no es una simple imitación, sino una apropiación basada en la misma causa etiológica, expresa una equivalencia y se refiere a una comunidad que permanece en lo Inc. La identificación es utilizada casi siempre en la histeria para la expresión de una comunidad sexual. Ella se identifica en sus síntomas con aquellas personas con las que ha mantenido comercio sexual o con las que lo mantienen con las mismas personas que ella. Tanto en la fantasía histérica como en el sueño basta para la identificación que el sujeto piense en relaciones sexuales, sin necesidad de que las mismas sean reales. Así pues el sueño de la bella carnicera expresa los celos que su amiga le inspira sustituyéndose a ella en él e identificándose con ella por medio de la creación de un síntoma, el deseo prohibido. La sujeto ocupa en su sueño el lugar de su amiga porque ésta ocupa en el ánimo de su marido el lugar que a ella le corresponde y porque quisiera ocupar en la estimación del mismo el lugar que aquélla ocupa.
El resumen agregado al capítulo 4 ha sido realizado por:
Andrea D’Abate, Bachiller y Profesora de Psicología. Universidad Católica de Salta. Salta, Argentina
5. Material y fuente de los sueños
Las fuentes de donde los sueños extraen su material, vale decir su temática o contenido, son las siguientes:
a. Lo reciente y lo indiferente
b. Experiencias infantiles
c. Fuentes somáticas
d. Fuentes comunes a todo el género humano (sueños típicos)
En los sueños solemos encontrar restos diurnos, experiencias del día anterior: esto es lo reciente. Sin embargo el sueño no acoge todas esas experiencias, sino sólo aquellas que son indiferentes o secundarias vistas desde nuestra vida despierta. Este carácter nimio de lo manifiesto, sin embargo, remite siempre a algo sumamente importante en el nivel latente. El sueño puede surgir también de impresiones infantiles que durante la vigilia hemos olvidado. Habitualmente estas impresiones no aparecen en forma directa sino a través de alguna alusión, y entonces la interpretación desarrolla y completa esta impresión infantil.
Los sueños poseen con frecuencia varios sentidos (varias realizaciones de deseos). Incluso una de ellas puede encubrir a la otra, hasta que debajo de todas ellas encontramos un deseo primordial de nuestra primera infancia.
Otras fuentes del material onírico son los estímulos somáticos. Estas fuentes se agregan a las anteriores, de manera que la teoría del sueño como realización de deseos sigue en pie. Un estímulo somático importante es la necesidad de dormir, y aquí entonces el sueño tiene por función preservar ese dormir. Un estímulo somático, placentero o displacentero, puede generar en el sueño una escena como producto psíquico (la sensación de sed evocada en la imagen del desierto); y al revés, sucede también que un contenido psíquico reprimido puede sustituírse fácilmente por una interpretación somática (por ejemplo la sobreprotección materna puede sustituírse como asfixia orgánica).
Por último, hay ciertos sueños típicos que sugieren que hay fuentes comunes a todos los seres humanos. Por ejemplo el sueño de sentir vergüenza ante la propia desnudez, la muerte de personas queridas, los sueños de dar examen, el sueño de volar, etc.
6. La elaboración onírica
La elaboración onírica es un mecanismo por el cual las ideas latentes (lo más importante del sueño) son disfrazadas o transformadas en otro código: el contenido manifiesto. Mediante la elaboración entonces lo latente aparece disfrazado en lo manifiesto, tarea que se lleva a cabo mediante mecanismos como la condensación, el desplazamiento, etc.
La brevedad del sueño manifiesto, comparada con la amplitud y riqueza de lo latente, nos obliga a pensar que hay un trabajo de condensación, por el cual en un contenido manifiesto se condensan varias ideas latentes. La condensación se ve especialmente cuando en el sueño aparecen palabras raras (las cuales condensan varias ideas).
El desplazamiento consiste en representar una idea latente en otros contenidos manifiestos que aparentemente no tienen nada que ver. En la elaboración onírica se manifiesta un poder psíquico que despoja de su intensidad a los elementos de elevado valor psíquico (latentes) y crea, además, por la superdeterminación de otros elementos menos valiosos, nuevos valores, que pasan entonces al contenido manifiesto.
Condensación, desplazamiento, superdeterminación son proceso de elaboración llevados a cabo por la influencia de la censura, que obliga a disfrazar lo latente. Lo latente debe encontrarse lo suficientemente disfrazado como para 'engañar' la barrera de la censura, de la resistencia.
Un tercer mecanismo de elaboración es la simbolización, o sea el empleo de símbolos para expresar lo latente. Por ejemplo, el sombrero como símbolo de los genitales masculinos. Tales símbolos no tienen un significado fijo o rígido, y dependen de cada sujeto.
En la elaboración onírica se da también un 'cuidado de la representabilidad', lo que significa que ideas abstractas e incoloras como suelen ser las ideas latentes, se traducen en lo manifiesto como expresiones plásticas y concretas, con lo cual entonces lo latente aparece aún más disfrazado. En general, el trabajo de elaboración hace que los sueños aparezcan como absurdos.
Lo interpretable no es solamente el sueño, sino además también todas nuestras opiniones y sensaciones que el sueño nos suscita una vez que hemos despertado. El sueño no es solamente una expresión de ideas latentes, sino también de afectos latentes. Las manifestaciones afectivas que aparecen en el sueño guardan relación con afectos latentes.
Un cuarto y último mecanismo de elaboración es la elaboración secundaria, que le da una apariencia lógica al sueño incoherente, disfrazándolo entonces aún más. En general, la elaboración no piensa, ni calcula, ni juzga: se limita a transformar o disfrazar, dando como resultado un producto llamado sueño. Las ideas latentes, para poder encontrar expresión en él, deben primero sustraerse a la influencia de la censura, lo cual se logra gracias al desplazamiento de las intensidades psíquicas hasta lograr la transformación de todos los elementos. La reproducción de las ideas debe llevarse a cabo mediante imágenes visuales o acústicas, desplazamientos que se logran gracias al cuidado de la representabilidad.
7. Psicología de los procesos oníricos
Freud enumera aquí una serie de características psicológicas del sueño, que nos ayudarán a entenderlo mejor.
En primer lugar encontramos el olvido de los sueños, lo cual se debe a la censura. Al revés, el estado de reposo hace posible la formación de sueños, al debilitarse aquella censura endopsíquica.
Otra característica del sueño es la regresión, y en este sentido el sueño se opone a muchas de nuestras actividades de la vigilia. En el estado vigil vamos desde lo sensorial, desde la huella mnémica, hacia el polo motor. Por ejemplo, una emoción o una idea suscita una acción. En el sueño ocurre a la inversa, habiendo una regresión del polo motor hacia la huella mnémica. Este mismo proceso regresivo podemos tenerlo incluso despiertos, como por ejemplo cuando recordamos algo (vamos hacia la huella mnémica). Lo que en el sueño sucede es lo siguiente: la excitación toma un camino regresivo, y en lugar de avanzar hacia el extremo motor del aparato, se propaga hacia el extremo sensible y acaba por llegar al sistema de las percepciones, produciendo alucinaciones. En los síntomas neuróticos aparecen también fenómenos regresivos. El mecanismo regresivo del sueño es explicado por Freud mediante un esquema, que se conoce habitualmente con el nombre de 'esquema del peine'.
Otra característica es el sueño como realización de deseos. No obstante, Freud aclara que un deseo insatisfecho durante el día no basta para producir un sueño esa noche: el deseo conciente sólo es un estímulo para un sueño cuando consigue despertar un deseo inconciente de efecto paralelo con el cual reforzar su energía, y este deseo inconciente es un deseo infantil.
Otra característica: el sueño de alguna forma interrumpe el reposo porque recibe excitaciones o estimulaciones que no vienen del exterior pero sí de la intimidad anímica. Sueños muy intensos pueden llegar a despertarnos, tales como los sueños de angustia. Cuando la realización de deseos en el sueño conmueve intensamente lo preconciente amenazando con interrumpir el reposo, el sueño deja de cumplir su otra función, que es preservar el dormir.
También podemos decir que el sueño se rige por el proceso primario, (y no el secundario que dirige el pensamiento lógico de la vigilia). Este proceso primario lo lleva a cabo el sistema inconciente, mientras el secundario el sistema pre-conciente.
El proceso primario se denomina de esta manera no sólo por su mayor importancia, sino porque está presente desde el principio, mientras que los procesos secundarios van desarrollándose después en forma paulatina con el fin de coartar o someter a los procesos primarios, y así poder dominarlos.
Los procesos primario y secundario son dos modos de derivación de la excitación. Por ejemplo, los primeros surgen siempre que las representaciones son abandonadas por la carga pre-conciente, quedando entregadas a sí mísmas y pudiendo realizarse con la energía no coartada de lo inconciente, que aspira a una derivación o descarga de esa excitación.
No debemos pensar por esto que la representación psíquica circula de un lugar a otro dentro del psiquismo (sentido tópico), sino mas bien que está inervada de distinta manera (sentido dinámico). Entonces inconciente y conciente no son estrictamente hablando lugares sino cualidades de la representación psíquica: esta podrá ser conciente, preconciente o inconciente no según el lugar que ocupa sino según su modo de inervación.
Lo inconciente es lo psíquico verdaderamente real: su naturaleza interna no es tan desconocida como la realidad exterior, y nos es revelada por el testimonio de nuestra conciencia tan incompletamente como el mundo exterior nos es revelado por los sentidos.
A continuación de resume con mayor detalle el punto B de este capítulo 7
En sus intentos por explicar el mecanismo de los sueños, Freud desarrolla en esta sección de "La interpretación de los sueños" su primera teoría del aparato psíquico, también llamada primera tópica freudiana.
El sueño es un acto psíquico importante y completo, y su fuerza impulsora es siempre un deseo por realizar. Su aspecto, en el que nos es imposible reconocer tal deseo, y sus muchas singularidades y absurdidades proceden de: 1) la influencia de la censura psíquica que ha actuado sobre él durante su formación, pero a más de la necesidad de escapar a esta censura, han colaborado en su formación, 2) una necesidad de condensar el material psíquico, 3) un cuidado de que fuera posible su representación por medio de imágenes sensoriales y, 4) además -aunque no regularmente-, el cuidado de que el producto onírico total presentase un aspecto racional e inteligente.
Deberemos investigar la relación recíproca existente entre el motivo optativo y las cuatro condiciones indicadas, así como las de estas últimas entre sí. Por último, se incluirá al sueño en la totalidad de la vida anímica.
En un sueño analizado anteriormente, quedó establecido que fue para permitir una realización de deseos que el proceso mental del reposo quedó convertido en un sueño.
En dicho sueño, la idea latente sería: «Veo un resplandor que viene de la habitación en la que está el cadáver. Quizá haya caído una vela sobre el ataúd y se esté quemando el niño.» El sueño reproduce sin modificación alguna el resultado de esta reflexión, pero lo introduce en una situación presente y percibida por los sentidos como un suceso de la vigilia. Este es, como sabemos, el carácter psicológico más general y evidente del sueño. Una idea, casi siempre la que entraña el deseo, queda objetivizada en el sueño y representada en forma de escena vivida.
Un examen más detenido nos hace observar que la forma aparente de este sueño nos muestra dos caracteres casi independientes entre sí. El primero es la representación en forma de situación presente, omitiendo el «quizá». El otro es la transformación de la idea en imágenes visuales y en palabras.
Por ejemplo, en el sueño de la inyección de Irma la idea latente aparece en optativo: «¡Ojalá fuese Otto el culpable de la enfermedad de Irma!» El sueño reprime el optativo y lo sustituye por un simple presente: «Sí; Otto tiene la culpa de la enfermedad de Irma.» El presente es el tiempo en que el deseo es representado como realizado, lo que también se ve en la ensoñación diurna.
El segundo de los caracteres es, en cambio, peculiar al sueño y lo diferencia de la ensoñación diurna, y consiste en que el contenido de representaciones no es pensado, sino que –por lo general- queda transformado en imágenes sensoriales a las que prestamos fe y que creemos vivir (al igual que en la alucinación). Asimismo hay en todo sueño algo externo, elementos que no han quedado transformados en imágenes sensoriales y que son simplemente pensados o sabidos del mismo modo que en la vigilia.
Para Fechner, las escenas oníricas son distintas de aquellas donde se desenvuelve la vida de representación despierta, y dice que sólo esto puede hacernos comprender las singularidades de la vida onírica.
La idea que así se nos ofrece es la de una localidad psíquica. La localidad psíquica corresponderá a un lugar situado en el interior del aparato anímico, donde surge uno de los grados preliminares de la imagen. En el microscopio y en el telescopio son estos lugares puntos ideales; esto es, puntos en los que no se halla situado ningún elemento concreto del aparato.
Nos representamos, pues, el aparato anímico como un instrumento compuesto a cuyos elementos damos el nombre de instancias o sistemas. Tales sistemas presentarían una orientación especial constante entre sí, de un modo semejante a los diversos sistemas de lentes del telescopio, situados unos detrás de otros, de manera que existiría un orden fijo de sucesión establecido por la circunstancia de que en determinados procesos psíquicos la excitación recorre los sistemas conforme a una sucesión temporal determinada, orden que puede quedar modificado en otros procesos. De los componentes del aparato hablaremos en adelante con el nombre del «sistema y».
Lo primero que nos llama la atención es que este aparato compuesto de sistema y posee una dirección. Toda nuestra actividad psíquica parte de estímulos (internos o externos) y termina en inervaciones. De este modo adscribimos al aparato un extremo sensible y un extremo motor. En el primero hay un sistema que recibe las percepciones, y en el motor, otro que libera la motilidad. El proceso psíquico se desarrolla en general pasando desde el extremo de percepción hasta el extremo de motilidad. Así, pues, el esquema más general del aparato psíquico presentaría el aspecto de la FIGURA 1 (ver al final), y no es más que la realización de la hipótesis de que el aparato psíquico tiene que hallarse construido como un aparato reflector.
En el extremo sensible, las percepciones dejan en nuestro aparato psíquico una huella mnémica (referida a la función de la memoria). Tal huella mnémica no puede consistir sino en modificaciones permanentes de los elementos del sistema. Pero, el que un mismo sistema haya de retener fielmente modificaciones de sus elementos y conservar, sin embargo, una capacidad constante de acoger nuevos motivos de modificación supone no pocas dificultades. Para salvarlas, podemos distribuir estas dos funciones en sistemas distintos, suponiendo que los estímulos de percepción son acogidos por un sistema anterior del aparato que no conserva nada de ellos, esto es, que carece de toda memoria, y que detrás de este sistema hay otro que transforma la momentánea excitación del primero en huellas duraderas. La FIGURA 2 corresponde a este nuevo aspecto del aparato psíquico (ver al final).
Sabido es que las percepciones que actúan sobre el sistema P perduran algo más que su contenido. Nuestras percepciones demuestran hallarse también enlazadas entre sí en la memoria, conforme a su primitiva coincidencia en el tiempo (hecho conocido como asociación). Ahora bien: el sistema P no puede conservar las huellas para la asociación, puesto que carece de memoria. Cada uno de los elementos P quedaría obstruido en su función si un resto de una asociación anterior se opusiera a una nueva percepción. Debemos, pues, suponer que los sistemas mnémicos constituyen la base de la asociación. Esta consistirá entonces en que, siguiendo la menor resistencia, se propagará la excitación preferentemente de un primer elemento Hm a un segundo elemento, en lugar de saltar a otro tercero. Un detenido examen nos muestra, pues, la necesidad de aceptar la existencia de más de uno de estos sistemas Hm, en cada uno de los cuales es objeto de una distinta fijación la excitación propagada por los elementos P. El primero de estos sistemas Hm contendrá de todos modos la fijación de la asociación por simultaneidad, y en los más alejados quedará ordenado el mismo material de excitación según otros distintos órdenes de coincidencia, de manera que estos sistemas posteriores representarían, por ejemplo, las relaciones de analogía, etc.
Intercalemos aquí una importante indicación. El sistema P, que no conserva las modificaciones, esto es, carece de memoria, aporta a nuestra conciencia toda la variedad de las cualidades sensibles. Por el contrario, nuestros recuerdos son inconscientes en sí. Pueden devenir conscientes, pero despliegan todos sus efectos en estado inconsciente. Aquello que denominamos nuestro carácter reposa sobre las huellas mnémicas de nuestras impresiones, y precisamente aquellas impresiones que han actuado más intensamente sobre nosotros, o sea las de nuestra primera juventud, son las que no se hacen conscientes casi nunca.
Pero cuando los recuerdos se hacen de nuevo conscientes no muestran cualidad sensorial alguna o sólo muy pequeña, en comparación con las percepciones. Todo lo que hasta ahora hemos supuesto sobre la composición del aparato psíquico en su extremo sensible ha sido sin tener en cuenta para nada el sueño ni las explicaciones psicológicas que de su estudio pueden deducirse. Este estudio nos proporciona, en cambio, gran ayuda para el conocimiento de otro sector del aparato. Hemos visto que nos era imposible explicar la formación de los sueños si no nos decidíamos a aceptar la existencia de dos instancias psíquicas, una de las cuales somete a una crítica la actividad de la otra; crítica de la que resulta la exclusión de esta última de la conciencia.
La instancia crítica mantiene con la conciencia relaciones más íntimas que la criticada, hallándose situada entre ésta y la conciencia a manera de pantalla. Hemos encontrado, además, puntos de apoyo para identificar la instancia crítica con aquello que dirige nuestra vida despierta y decide sobre nuestra actividad voluntaria y consciente. Si ahora sustituimos estas instancias por sistemas, quedará situado el sistema crítico en el extremo motor del aparato psíquico supuesto. Incluiremos, pues, ambos sistemas en nuestro esquema y les daremos nombres que indiquen su relación con la conciencia: ver FIGURA 3 al final.
Al último de los sistemas situados en el extremo motor le damos el nombre de preconciente para indicar que sus procesos de excitación pueden pasar directamente a la conciencia siempre que aparezcan cumplidas determinadas condiciones; por ejemplo, la de cierta intensidad, etc. Este sistema es también el que posee la llave del acceso a la motilidad voluntaria. Al sistema que se halla detrás de él le damos el nombre de inconsciente porque no comunica con la conciencia sino a través de lo preconciente, sistema que impone al proceso de excitación, a manera de peaje, determinadas transformaciones.
Situaremos el estímulo de la formación de los sueños en el sistema Inc., aunque, como más adelante explicaremos, no es esto rigurosamente exacto, pues la formación de los sueños se halla forzada a enlazarse con ideas latentes que pertenecen al sistema de lo preconciente. Pero también averiguaremos en otro lugar, al tratar del deseo onírico, que la fuerza impulsora del sueño es proporcionada por el sistema Inc., y esta última circunstancia nos mueve a aceptar el sistema inconsciente como el punto de partida de la formación de los sueños. Este estímulo onírico exteriorizará, como todos los demás productos mentales, la tendencia a propagarse al sistema Prec. y pasar de éste a la conciencia.
La experiencia nos enseña que durante el día aparece desplazado por la censura de la resistencia, y para las ideas latentes, este camino que conduce a la conciencia a través de lo preconciente. Durante la noche se procuran dichas ideas el acceso a la conciencia, surgiendo aquí la interrogación de por qué camino y merced a qué modificación lo consiguen. Si el acceso de estas ideas latentes a la conciencia dependiera de una disminución nocturna de la resistencia que vigila en la frontera entre lo inconsciente y lo preconciente, tendríamos sueños que nos mostrarían el carácter alucinatorio que ahora nos interesa. El relajamiento de la censura entre los dos sistemas Inc. y Prec. no puede explicarnos, por tanto, sino aquellos productos oníricos exentos de imágenes sensoriales.
Hay que pensar que en el sueño alucinatorio sucede lo siguiente: la excitación toma un camino regresivo: en lugar de avanzar hacia el extremo motor del aparato (como en la vigilia, dirección progresiva), se propaga hacia el extremo sensible, y acaba por llegar al sistema de las percepciones.
Esta regresión es muy importante en el sueño pero se ve también en el recordar voluntario, la reflexión y otros pensamientos normales donde se retrocede desde un acto complejo de representación al material bruto de las huellas mnémicas en que se basa.
Pero, porqué no sucede también esto en el sueño? Ya habíamos dicho que la elaboración del sueño llevaba a cabo una total transmutación de todos los valores psíquicos, despojando de su intensidad a unas representaciones para transferirlas a otras. Esta modificación del proceso psíquico acostumbrado es la que hace posible cargar el sistema de las P hasta la completa vitalidad en una dirección inversa, o sea partiendo de las ideas.
En suma, hablamos de regresión cuando la representación queda transformada, en el sueño, en aquella imagen sensible de la que nació anteriormente. Considerando el proceso onírico como una regresión dentro del aparato anímico, puede ahora explicarse porqué las relaciones intelectuales de las ideas, latentes entre sí, desaparecen en la elaboración del sueño o no encuentran sino muy trabajosamente una expresión. En efecto, estas relaciones intelectuales no se hallan contenidas en los primeros sistemas Hm, sino en otros anteriores a ellos, y tienen que perder su expresión en el proceso regresivo hasta las imágenes de percepción.
Mas ¿por qué transformaciones resulta posible esta regresión, imposible durante el día? Sospechamos que se trata de modificaciones de las cargas de energía de cada uno de los sistemas; modificaciones que los hacen más o menos transitables o intransitables para el curso de la excitación. Esta circunstancia constituiría aquel «apartamiento del mundo exterior» en el que algunos ven la explicación de los caracteres psicológicos del sueño. Sin embargo, al explicar la regresión del sueño habremos de tener en cuenta aquellas otras regresiones que tienen efecto en los estados patológicos de la vigilia; regresiones a las que nuestra anterior hipótesis resulta inaplicable, pues se desarrolla, a pesar de no hallarse interrumpida la corriente sensible, en dirección progresiva.
Las alucinaciones de la histeria y de la paranoia y las visiones de las personas normales corresponden, efectivamente, a regresiones, esto es, son ideas transformadas en imágenes. Pero en estos casos no experimentan tal transformación más que aquellas ideas que se hallan en íntima conexión con recuerdos reprimidos o inconscientes.
Freud menciona aquí algunos ejemplos, como el del niño que cuando quería dormir lo asaltaban visiones de caras verdes, que tenían relación con el aspecto de la cara que según su madre tenía por masturbarse. Estos y otros ejemplos robustecen la afirmación de que en estos casos de transformación represiva de las ideas hemos de tener en cuenta la influencia de un recuerdo reprimido o inconsciente, infantil en la mayoría de los casos. Este recuerdo arrastra consigo a la regresión; esto es, a la forma de representación, en la que el mismo se halla dado psíquicamente, a las ideas con él enlazadas y privadas de expresión por la censura.
Si recordamos cuál es el papel que en las ideas latentes corresponde a los sucesos infantiles o a las fantasías en ellos basadas; con cuánta frecuencia emergen de nuevo fragmentos de los mismos en el contenido latente, y cómo los mismos deseos del sueño aparecen muchas veces derivados de ellos, no rechazaremos la probabilidad de que la transformación de las ideas en imágenes visuales sea también en el sueño la consecuencia de la atracción que el recuerdo, representado visualmente, y que tiende a resucitar, ejerce sobre las ideas privadas de conciencia, que aspiran a hallar una expresión. Según esta hipótesis, podría también describirse el sueño como la sustitución de la escena infantil, modificada por su transferencia a lo reciente. La escena infantil no puede conseguir su renovación real y tiene que contentarse con retornar a título de sueño.
La importancia de las escenas infantiles en el sueño torna superflua la hipótesis de Scherner de que este se debe a una excitación interna del órgano de la visión. En todo caso, este estado de excitación ha sido creado por el recuerdo y constituye la renovación de la excitación visual experimentada en el momento real al que corresponde.
Concretando: la regresión es siempre un efecto de la resistencia, que se opone al avance de la idea hasta la conciencia por el camino normal, y de la atracción simultánea que los recuerdos sensoriales dados ejercen sobre ella. Aquello que en el análisis de la elaboración onírica hemos descrito con el nombre de cuidado de la representabilidad podría ser referido a la atracción selectora de las escenas visualmente recordadas, enlazadas a las ideas latentes.
En la teoría de la formación de síntomas neuróticos desempeña la regresión un papel no menos importante que en la de los sueños. Distinguimos aquí tres clases de regresión: a) Una regresión tópica, en el sentido del esquema de los sistemas omega. B) Una regresión temporal, en cuanto se trata de un retorno a formaciones psíquicas anteriores. C) Una regresión formal cuando las formas de expresión y representación acostumbradas quedan sustituidas por formas correspondientes primitivas. Estas tres clases de regresión son en el fondo una misma cosa, y coinciden en la mayoría de los casos, pues lo más antiguo temporalmente es también lo primitivo en el orden formal, y lo más cercano en la tópica psíquica al extremo de la percepción (adición de 1914).
Finalmente, digamos que el acto de soñar es por sí una regresión a las más tempranas circunstancias del soñador, una resurrección de su infancia con todos sus impulsos instintivos y sus formas expresivas. Detrás de esta infancia individual se nos promete una visión de la infancia filogénica y del desarrollo de la raza humana; desarrollo del cual no es el individual, sino una reproducción abreviada e influida por las circunstancias accidentales de la vida. Sospechamos ya cuán acertada es la opinión de Nietzsche de que “el sueño continúa un estado primitivo de la humanidad, al que apenas podemos llegar por un camino directo” y esperamos que el análisis de los sueños nos conduzca al conocimiento de la herencia arcaica del hombre y nos permita descubrir en el lo anímicamente innato.
Resumen de Freud S, La interpretación de los sueños, Obras Completas, Madrid, Biblioteca Nueva, 1981, 4° edición.
En este texto del año 1900, Sigmund Freud plantea a los sueños como una realización alucinatoria de deseos, y por tanto como una vía privilegiada de acceso al inconciente, mediante el empleo del método interpretativo, fundado en la asociación libre. El texto es también importante, según muchos, por exponer aquí Freud en forma sistemática su primera teoría del aparato psíquico (o primera tópica).
1. Opiniones sobre el problema de los sueños
En la antigüedad clásica, los sueños eran entendidos como revelaciones divinas o demoníacas, y podían además revelar el porvenir del sujeto que soñaba. Luego, desde Aristóteles los sueños pasaron a ser una actividad del alma, y no de los dioses. Ya desde la antigüedad, con Artemidoro, los sueños incluso podían ser interpretados, o sea transformados en un lenguaje entendible. Tales planteos son pre-científicos. Los planteos científicos posteriores sobre los sueños tuvieron en cuenta de una u otra forma ocho cuestiones básicas:
* relación del sueño con la vigilia
* la memoria en el sueño
* estímulos y fuentes de los sueños
* el olvido del sueño al despertar
* características psicológicas del sueño
* sentimientos éticos en el sueño
* función del sueño
* sueño y enfermedad mental.
Respecto de la relación sueño-vigilia, para algunos el sueño es algo beneficioso porque nos procura una fuga de la realidad displacentera. Otros sostienen lo contrario, considerándolo como una mera continuación de la vigilia (soñamos lo que ya veníamos soñando desde la vigilia). Nótese la oposición: la primera postura plantea una división total entre sueño y vigilia, mientras que la segunda una total continuidad. Respecto de la memoria en el sueño, en general se acepta que el sueño reproduce o recuerda lo vivido durante la vigilia, aunque muchas veces simbólicamente, ya que tenemos sueños que no recordamos haber vivido nunca realmente. Hay también sueños hipermnésicos, donde se sueña algo realmente vivido pero que había sido olvidado por la conciencia, como por ejemplo los sucesos de la vida infantil. Suele ocurrir también que en el sueño aparezcan los recuerdos triviales, y no los considerados importantes durante la vigilia. Respecto de los estímulos y fuentes de los sueños, estos pueden agruparse en cuatro tipos fundamentales: a) Estímulos sensoriales externos, como cuando alguien sueña que le pegan mientras otra persona le sacude el brazo. b) Estímulos sensoriales internos: el sujeto siente hambre y entonces sueña que está en un desierto sin alimentos. c) Estímulos somáticos internos, como la señora que tenía fuertes pesadillas como consecuencia de una grave afección en el corazón. d) Estímulos puramente psíquicos: los más difíciles de comprobar, pero los más importantes para Freud. Otro problema es porqué olvidamos los sueños al despertar. Para Strümpell hay varios motivos: los sueños se olvidan por la debilidad de las sensaciones oníricas, siendo recordadas las más enérgicas. También se olvidan porque en el sueño las imágenes están inconexas, no hay lazos asociativos entre ellas que favorezcan la retención mnémica. Y un último factor es el poco interés que uno le otorga al sueño: si se dedicase a investigarlos, los recordaría mejor. Otra cuestión son las características psicológicas del sueño. Por ejemplo lo sentimos como extraño, ajeno a nosotros, a pesar de que gran parte del material onírico está en la vida despierta. Otra característica es que el sueño opera con imágenes involuntarias (y no con conceptos voluntarios como en la vigilia). Son además imágenes alucinatorias, ya que creemos estar viviéndolas realmente. Son también habitualmente imágenes incoherentes, absurdas y contradictorias. Con respecto a la ética en el sueño, hay quienes dicen que durante el sueño se conserva la moral, y otros que no, ya que se pueden soñar crímenes que uno mismo comete, actos sexuales aberrantes, etc. Sin embargo, más que la temática del sueño, importa ver qué sentimiento experimenta uno en el sueño, ya que puede cometerse un crimen en sueños y sentir angustia. Respecto de las teorías oníricas y la función del sueño, encontramos tres alternativas. a) Autores como Delboeuf sostienen que el sueño mantiene una total actividad psíquica igual que en la vigilia, aunque bajo condiciones de reposo; b) Otros ven en el sueño un descenso de la actividad psíquica y una debilitación de la coherencia: es como si el reposo paralizara la actividad psíquica. De hecho, muchos reducen el sueño a un fenómeno puramente somático y no psíquico; c) Otros sostienen que el sueño realiza determinadas funciones psíquicas que la vigilia no puede cumplir o que cumple incompletamente: recién aquí aparece el sueño como algo útil. En cuanto a las relaciones entre sueño y enfermedad mental, por último, han sido abordados estos tres problemas: a) se buscaron relaciones etiológicas y clínicas, como cuando un sueño representa o inicia un estado psicótico o queda como residuo del mismo; b) las transformaciones que sufre el sueño y la actividad onírica de los enfermos mentales; c) las relaciones y semejanzas entre el sueño y la psicosis.
2. El método para interpretar los sueños
Freud considera que todo sueño es interpretable, es decir, puede encontrarse su sentido. Esto significa 'sustituirlo' por algo que puede incluirse en la concatenación de nuestros actos psíquicos como un factor de importancia y valor equivalentes a los demás actos psíquicos. La labor de interpretar no recae sobre todo el sueño en su conjunto sino sobre sus partes componentes: el ejemplo del sueño que tuvo Freud con Irma muestra cómo aquél va interpretando cada parte por separado. El llamado 'método descifrador' no sirve, pues se basa en una especie de libro de los sueños, donde cada cosa soñada significa tal otra cosa en forma rígida, sin considerar la peculiaridad de cada sujeto. El ejemplo del sueño de Irma ilustra el método para interpretar los sueños: primero se descompone el relato en partes, y recién al final surge la interpretación final o global, en la cual se nos revela el sueño como una realización de deseos.
3. El sueño como realización de deseos
El sueño no es meramente actividad somática: es un acabado fenómeno psíquico de realización de deseos, y por tanto debe ser incluído en el conjunto de los actos comprensibles (no incomprensibles) de nuestra vida despierta, constituyendo el resultado de una actividad intelectual altamente complicada. Por ejemplo, en el sueño de Irma, Freud satisface su deseo de vengarse de su amigo Otto y el doctor M.
4. La deformación onírica
El deseo aparece disfrazado en el aspecto manifiesto del sueño, en lo efectivamente soñado, proceso denominado 'deformación onírica'. Freud se pregunta porqué tiene que haber una deformación, ya que podría haber ocurrido que el sueño expresara el deseo en forma directa, sin deformación. Esta deformación es intencional y se debe a la censura que el sujeto ejerce contra la libre expresión de deseos, por encontrarlos censurables por algún motivo.
Hay sueños negativos de deseos, donde lo que aparece es el incumplimiento de un deseo. Para esto se dan varias explicaciones, entre las cuales está la satisfacción de una tendencia masoquista. No obstante sigue en pie la conclusión general de Freud: los sueños son realizaciones disfrazadas de deseos reprimidos. Resumen: PC
Resumen ampliado del capítulo 4
Nos preguntamos cómo los sueños de contenido penoso podían ser interpretados como realizaciones de deseos, y ello es perfectamente posible cuando ha tenido efecto una deformación onírica; esto es, cuando el contenido penoso no sirve sino de disfraz de otro deseado. Los sueños penosos contienen, algo penoso para la Cc., pero que al mismo tiempo cumplen un deseo del Inc. El análisis nos demuestra que el sueño posee realmente un sentido: el de una realización de deseos. En el tratamiento analítico de un psiconeurótico comunico al sujeto todos aquellos esclarecimientos psicológicos con ayuda de los cuales he llegado a la comprensión de los síntomas; pero estas explicaciones son siempre objeto, por parte del enfermo, de una implacable crítica, se niegan a aceptar que todos los sueños son realizaciones de deseos, como por ejemplo esta paciente histérica:
- Dice usted que todo sueño es un deseo cumplido. Pues bien: le voy a referir uno que es todo lo contrario. En él se me niega precisamente un deseo: «Quiero dar una comida, pero no dispongo sino de un poco de salmón ahumado. Pienso en salir para comprar lo necesario, pero recuerdo que es domingo y que las tiendas están cerradas. Intento luego telefonear a algunos proveedores, y resulta que el teléfono no funciona. De este modo, tengo que renunciar al deseo de dar una comida.»
¿De qué material ha surgido este sueño?. Su marido, un carnicero, le había dicho el día anterior que estaba demasiado gordo e iba a comenzar una dieta y haría gimnasia, y sobre todo, no aceptaría ya más invitaciones a comer fuera de su casa. Hace mucho tiempo que ella tiene el deseo de tomar caviar, pero no quiere permitirse el gasto que ello supondría. Naturalmente, tendría el caviar deseado en cuanto expresase su deseo a su marido. Pero, por el contrario, recientemente le ha pedido que no se lo traiga nunca para poder seguir embromándole con este motivo.
La paciente se ve obligada a crearse en la vida un deseo insatisfecho. Su sueño le muestra también realizada la negación de un deseo. Después de una corta pausa, declara que ayer fue a visitar a una amiga suya de la que se halla celosa, pues su marido la celebra siempre extraordinariamente. Por fortuna, dice, está muy seca y delgada y a su marido le gustan las mujeres de formas llenas. Su amiga habló durante la visita, de su deseo de engordar. Además, le preguntó: «¿Cuándo vuelve usted a convidarnos a comer? En su casa se come siempre maravillosamente.»
- Es como si ante la pregunta de su amiga hubiera usted pensado: "¡Cualquier día te convido yo, para que engordes hartándote de comer a costa mía y gustes luego más a mi marido!". De este modo, cuando a la noche siguiente sueña usted que no puede dar una comida, su sueño realiza su deseo de no colaborar al redondeamiento de las formas de su amiga. La idea de que comer fuera de su casa engorda le ha sido sugerida por el propósito que su marido le comunicó de rehusar en adelante toda invitación de este género, como parte del régimen al que pensaba someterse para adelgazar. Ahora bien, ¿Por qué ha escogido usted en su sueño precisamente «salmón ahumado»?
- Sin duda porque es el plato preferido de mi amiga. (Casualmente a esta señora le sucede con este plato lo mismo que a mi paciente con el caviar; esto es, que, gustándole mucho, se priva de él por razones de economía.)
Este mismo sueño es susceptible de dos interpretaciones que no se contradicen, sino que constituyen un ejemplo del doble sentido habitual de los sueños. Su deseo es que no se realiza un deseo de su amiga, pero en cambio sueña que no se le realiza a ella otro suyo. La sujeto no se refiere a sí misma en el sueño sino a su amiga, sustituyéndose a ella en el contenido manifiesto, es decir se identifica con ella.
La identificación es un factor importantísimo del mecanismo de los síntomas histéricos, y constituye un medio por el que los enfermos logran expresar en sus síntomas los estados de toda una amplia serie de personas y no únicamente los suyos propios. De este modo sufren por todo un conjunto de hombres y tienen la facultad de imitar todos los síntomas que en otros enfermos les impresionan. El proceso psíquico en la imitación histérica equivale a un proceso deductivo inconsciente. Por ejemplo “si tales causas provocan ataques como ese, también yo puedo tenerlos, pues tengo idénticos motivos”. Si esta conclusión fuera capaz de conciencia, conduciría al temor de padecer tales ataques, pero como tiene efecto en un terreno psíquico distinto, se produce el síntoma temido. Así pues, la identificación no es una simple imitación, sino una apropiación basada en la misma causa etiológica, expresa una equivalencia y se refiere a una comunidad que permanece en lo Inc. La identificación es utilizada casi siempre en la histeria para la expresión de una comunidad sexual. Ella se identifica en sus síntomas con aquellas personas con las que ha mantenido comercio sexual o con las que lo mantienen con las mismas personas que ella. Tanto en la fantasía histérica como en el sueño basta para la identificación que el sujeto piense en relaciones sexuales, sin necesidad de que las mismas sean reales. Así pues el sueño de la bella carnicera expresa los celos que su amiga le inspira sustituyéndose a ella en él e identificándose con ella por medio de la creación de un síntoma, el deseo prohibido. La sujeto ocupa en su sueño el lugar de su amiga porque ésta ocupa en el ánimo de su marido el lugar que a ella le corresponde y porque quisiera ocupar en la estimación del mismo el lugar que aquélla ocupa.
El resumen agregado al capítulo 4 ha sido realizado por:
Andrea D’Abate, Bachiller y Profesora de Psicología. Universidad Católica de Salta. Salta, Argentina
5. Material y fuente de los sueños
Las fuentes de donde los sueños extraen su material, vale decir su temática o contenido, son las siguientes:
a. Lo reciente y lo indiferente
b. Experiencias infantiles
c. Fuentes somáticas
d. Fuentes comunes a todo el género humano (sueños típicos)
En los sueños solemos encontrar restos diurnos, experiencias del día anterior: esto es lo reciente. Sin embargo el sueño no acoge todas esas experiencias, sino sólo aquellas que son indiferentes o secundarias vistas desde nuestra vida despierta. Este carácter nimio de lo manifiesto, sin embargo, remite siempre a algo sumamente importante en el nivel latente. El sueño puede surgir también de impresiones infantiles que durante la vigilia hemos olvidado. Habitualmente estas impresiones no aparecen en forma directa sino a través de alguna alusión, y entonces la interpretación desarrolla y completa esta impresión infantil.
Los sueños poseen con frecuencia varios sentidos (varias realizaciones de deseos). Incluso una de ellas puede encubrir a la otra, hasta que debajo de todas ellas encontramos un deseo primordial de nuestra primera infancia.
Otras fuentes del material onírico son los estímulos somáticos. Estas fuentes se agregan a las anteriores, de manera que la teoría del sueño como realización de deseos sigue en pie. Un estímulo somático importante es la necesidad de dormir, y aquí entonces el sueño tiene por función preservar ese dormir. Un estímulo somático, placentero o displacentero, puede generar en el sueño una escena como producto psíquico (la sensación de sed evocada en la imagen del desierto); y al revés, sucede también que un contenido psíquico reprimido puede sustituírse fácilmente por una interpretación somática (por ejemplo la sobreprotección materna puede sustituírse como asfixia orgánica).
Por último, hay ciertos sueños típicos que sugieren que hay fuentes comunes a todos los seres humanos. Por ejemplo el sueño de sentir vergüenza ante la propia desnudez, la muerte de personas queridas, los sueños de dar examen, el sueño de volar, etc.
6. La elaboración onírica
La elaboración onírica es un mecanismo por el cual las ideas latentes (lo más importante del sueño) son disfrazadas o transformadas en otro código: el contenido manifiesto. Mediante la elaboración entonces lo latente aparece disfrazado en lo manifiesto, tarea que se lleva a cabo mediante mecanismos como la condensación, el desplazamiento, etc.
La brevedad del sueño manifiesto, comparada con la amplitud y riqueza de lo latente, nos obliga a pensar que hay un trabajo de condensación, por el cual en un contenido manifiesto se condensan varias ideas latentes. La condensación se ve especialmente cuando en el sueño aparecen palabras raras (las cuales condensan varias ideas).
El desplazamiento consiste en representar una idea latente en otros contenidos manifiestos que aparentemente no tienen nada que ver. En la elaboración onírica se manifiesta un poder psíquico que despoja de su intensidad a los elementos de elevado valor psíquico (latentes) y crea, además, por la superdeterminación de otros elementos menos valiosos, nuevos valores, que pasan entonces al contenido manifiesto.
Condensación, desplazamiento, superdeterminación son proceso de elaboración llevados a cabo por la influencia de la censura, que obliga a disfrazar lo latente. Lo latente debe encontrarse lo suficientemente disfrazado como para 'engañar' la barrera de la censura, de la resistencia.
Un tercer mecanismo de elaboración es la simbolización, o sea el empleo de símbolos para expresar lo latente. Por ejemplo, el sombrero como símbolo de los genitales masculinos. Tales símbolos no tienen un significado fijo o rígido, y dependen de cada sujeto.
En la elaboración onírica se da también un 'cuidado de la representabilidad', lo que significa que ideas abstractas e incoloras como suelen ser las ideas latentes, se traducen en lo manifiesto como expresiones plásticas y concretas, con lo cual entonces lo latente aparece aún más disfrazado. En general, el trabajo de elaboración hace que los sueños aparezcan como absurdos.
Lo interpretable no es solamente el sueño, sino además también todas nuestras opiniones y sensaciones que el sueño nos suscita una vez que hemos despertado. El sueño no es solamente una expresión de ideas latentes, sino también de afectos latentes. Las manifestaciones afectivas que aparecen en el sueño guardan relación con afectos latentes.
Un cuarto y último mecanismo de elaboración es la elaboración secundaria, que le da una apariencia lógica al sueño incoherente, disfrazándolo entonces aún más. En general, la elaboración no piensa, ni calcula, ni juzga: se limita a transformar o disfrazar, dando como resultado un producto llamado sueño. Las ideas latentes, para poder encontrar expresión en él, deben primero sustraerse a la influencia de la censura, lo cual se logra gracias al desplazamiento de las intensidades psíquicas hasta lograr la transformación de todos los elementos. La reproducción de las ideas debe llevarse a cabo mediante imágenes visuales o acústicas, desplazamientos que se logran gracias al cuidado de la representabilidad.
7. Psicología de los procesos oníricos
Freud enumera aquí una serie de características psicológicas del sueño, que nos ayudarán a entenderlo mejor.
En primer lugar encontramos el olvido de los sueños, lo cual se debe a la censura. Al revés, el estado de reposo hace posible la formación de sueños, al debilitarse aquella censura endopsíquica.
Otra característica del sueño es la regresión, y en este sentido el sueño se opone a muchas de nuestras actividades de la vigilia. En el estado vigil vamos desde lo sensorial, desde la huella mnémica, hacia el polo motor. Por ejemplo, una emoción o una idea suscita una acción. En el sueño ocurre a la inversa, habiendo una regresión del polo motor hacia la huella mnémica. Este mismo proceso regresivo podemos tenerlo incluso despiertos, como por ejemplo cuando recordamos algo (vamos hacia la huella mnémica). Lo que en el sueño sucede es lo siguiente: la excitación toma un camino regresivo, y en lugar de avanzar hacia el extremo motor del aparato, se propaga hacia el extremo sensible y acaba por llegar al sistema de las percepciones, produciendo alucinaciones. En los síntomas neuróticos aparecen también fenómenos regresivos. El mecanismo regresivo del sueño es explicado por Freud mediante un esquema, que se conoce habitualmente con el nombre de 'esquema del peine'.
Otra característica es el sueño como realización de deseos. No obstante, Freud aclara que un deseo insatisfecho durante el día no basta para producir un sueño esa noche: el deseo conciente sólo es un estímulo para un sueño cuando consigue despertar un deseo inconciente de efecto paralelo con el cual reforzar su energía, y este deseo inconciente es un deseo infantil.
Otra característica: el sueño de alguna forma interrumpe el reposo porque recibe excitaciones o estimulaciones que no vienen del exterior pero sí de la intimidad anímica. Sueños muy intensos pueden llegar a despertarnos, tales como los sueños de angustia. Cuando la realización de deseos en el sueño conmueve intensamente lo preconciente amenazando con interrumpir el reposo, el sueño deja de cumplir su otra función, que es preservar el dormir.
También podemos decir que el sueño se rige por el proceso primario, (y no el secundario que dirige el pensamiento lógico de la vigilia). Este proceso primario lo lleva a cabo el sistema inconciente, mientras el secundario el sistema pre-conciente.
El proceso primario se denomina de esta manera no sólo por su mayor importancia, sino porque está presente desde el principio, mientras que los procesos secundarios van desarrollándose después en forma paulatina con el fin de coartar o someter a los procesos primarios, y así poder dominarlos.
Los procesos primario y secundario son dos modos de derivación de la excitación. Por ejemplo, los primeros surgen siempre que las representaciones son abandonadas por la carga pre-conciente, quedando entregadas a sí mísmas y pudiendo realizarse con la energía no coartada de lo inconciente, que aspira a una derivación o descarga de esa excitación.
No debemos pensar por esto que la representación psíquica circula de un lugar a otro dentro del psiquismo (sentido tópico), sino mas bien que está inervada de distinta manera (sentido dinámico). Entonces inconciente y conciente no son estrictamente hablando lugares sino cualidades de la representación psíquica: esta podrá ser conciente, preconciente o inconciente no según el lugar que ocupa sino según su modo de inervación.
Lo inconciente es lo psíquico verdaderamente real: su naturaleza interna no es tan desconocida como la realidad exterior, y nos es revelada por el testimonio de nuestra conciencia tan incompletamente como el mundo exterior nos es revelado por los sentidos.
A continuación de resume con mayor detalle el punto B de este capítulo 7
En sus intentos por explicar el mecanismo de los sueños, Freud desarrolla en esta sección de "La interpretación de los sueños" su primera teoría del aparato psíquico, también llamada primera tópica freudiana.
El sueño es un acto psíquico importante y completo, y su fuerza impulsora es siempre un deseo por realizar. Su aspecto, en el que nos es imposible reconocer tal deseo, y sus muchas singularidades y absurdidades proceden de: 1) la influencia de la censura psíquica que ha actuado sobre él durante su formación, pero a más de la necesidad de escapar a esta censura, han colaborado en su formación, 2) una necesidad de condensar el material psíquico, 3) un cuidado de que fuera posible su representación por medio de imágenes sensoriales y, 4) además -aunque no regularmente-, el cuidado de que el producto onírico total presentase un aspecto racional e inteligente.
Deberemos investigar la relación recíproca existente entre el motivo optativo y las cuatro condiciones indicadas, así como las de estas últimas entre sí. Por último, se incluirá al sueño en la totalidad de la vida anímica.
En un sueño analizado anteriormente, quedó establecido que fue para permitir una realización de deseos que el proceso mental del reposo quedó convertido en un sueño.
En dicho sueño, la idea latente sería: «Veo un resplandor que viene de la habitación en la que está el cadáver. Quizá haya caído una vela sobre el ataúd y se esté quemando el niño.» El sueño reproduce sin modificación alguna el resultado de esta reflexión, pero lo introduce en una situación presente y percibida por los sentidos como un suceso de la vigilia. Este es, como sabemos, el carácter psicológico más general y evidente del sueño. Una idea, casi siempre la que entraña el deseo, queda objetivizada en el sueño y representada en forma de escena vivida.
Un examen más detenido nos hace observar que la forma aparente de este sueño nos muestra dos caracteres casi independientes entre sí. El primero es la representación en forma de situación presente, omitiendo el «quizá». El otro es la transformación de la idea en imágenes visuales y en palabras.
Por ejemplo, en el sueño de la inyección de Irma la idea latente aparece en optativo: «¡Ojalá fuese Otto el culpable de la enfermedad de Irma!» El sueño reprime el optativo y lo sustituye por un simple presente: «Sí; Otto tiene la culpa de la enfermedad de Irma.» El presente es el tiempo en que el deseo es representado como realizado, lo que también se ve en la ensoñación diurna.
El segundo de los caracteres es, en cambio, peculiar al sueño y lo diferencia de la ensoñación diurna, y consiste en que el contenido de representaciones no es pensado, sino que –por lo general- queda transformado en imágenes sensoriales a las que prestamos fe y que creemos vivir (al igual que en la alucinación). Asimismo hay en todo sueño algo externo, elementos que no han quedado transformados en imágenes sensoriales y que son simplemente pensados o sabidos del mismo modo que en la vigilia.
Para Fechner, las escenas oníricas son distintas de aquellas donde se desenvuelve la vida de representación despierta, y dice que sólo esto puede hacernos comprender las singularidades de la vida onírica.
La idea que así se nos ofrece es la de una localidad psíquica. La localidad psíquica corresponderá a un lugar situado en el interior del aparato anímico, donde surge uno de los grados preliminares de la imagen. En el microscopio y en el telescopio son estos lugares puntos ideales; esto es, puntos en los que no se halla situado ningún elemento concreto del aparato.
Nos representamos, pues, el aparato anímico como un instrumento compuesto a cuyos elementos damos el nombre de instancias o sistemas. Tales sistemas presentarían una orientación especial constante entre sí, de un modo semejante a los diversos sistemas de lentes del telescopio, situados unos detrás de otros, de manera que existiría un orden fijo de sucesión establecido por la circunstancia de que en determinados procesos psíquicos la excitación recorre los sistemas conforme a una sucesión temporal determinada, orden que puede quedar modificado en otros procesos. De los componentes del aparato hablaremos en adelante con el nombre del «sistema y».
Lo primero que nos llama la atención es que este aparato compuesto de sistema y posee una dirección. Toda nuestra actividad psíquica parte de estímulos (internos o externos) y termina en inervaciones. De este modo adscribimos al aparato un extremo sensible y un extremo motor. En el primero hay un sistema que recibe las percepciones, y en el motor, otro que libera la motilidad. El proceso psíquico se desarrolla en general pasando desde el extremo de percepción hasta el extremo de motilidad. Así, pues, el esquema más general del aparato psíquico presentaría el aspecto de la FIGURA 1 (ver al final), y no es más que la realización de la hipótesis de que el aparato psíquico tiene que hallarse construido como un aparato reflector.
En el extremo sensible, las percepciones dejan en nuestro aparato psíquico una huella mnémica (referida a la función de la memoria). Tal huella mnémica no puede consistir sino en modificaciones permanentes de los elementos del sistema. Pero, el que un mismo sistema haya de retener fielmente modificaciones de sus elementos y conservar, sin embargo, una capacidad constante de acoger nuevos motivos de modificación supone no pocas dificultades. Para salvarlas, podemos distribuir estas dos funciones en sistemas distintos, suponiendo que los estímulos de percepción son acogidos por un sistema anterior del aparato que no conserva nada de ellos, esto es, que carece de toda memoria, y que detrás de este sistema hay otro que transforma la momentánea excitación del primero en huellas duraderas. La FIGURA 2 corresponde a este nuevo aspecto del aparato psíquico (ver al final).
Sabido es que las percepciones que actúan sobre el sistema P perduran algo más que su contenido. Nuestras percepciones demuestran hallarse también enlazadas entre sí en la memoria, conforme a su primitiva coincidencia en el tiempo (hecho conocido como asociación). Ahora bien: el sistema P no puede conservar las huellas para la asociación, puesto que carece de memoria. Cada uno de los elementos P quedaría obstruido en su función si un resto de una asociación anterior se opusiera a una nueva percepción. Debemos, pues, suponer que los sistemas mnémicos constituyen la base de la asociación. Esta consistirá entonces en que, siguiendo la menor resistencia, se propagará la excitación preferentemente de un primer elemento Hm a un segundo elemento, en lugar de saltar a otro tercero. Un detenido examen nos muestra, pues, la necesidad de aceptar la existencia de más de uno de estos sistemas Hm, en cada uno de los cuales es objeto de una distinta fijación la excitación propagada por los elementos P. El primero de estos sistemas Hm contendrá de todos modos la fijación de la asociación por simultaneidad, y en los más alejados quedará ordenado el mismo material de excitación según otros distintos órdenes de coincidencia, de manera que estos sistemas posteriores representarían, por ejemplo, las relaciones de analogía, etc.
Intercalemos aquí una importante indicación. El sistema P, que no conserva las modificaciones, esto es, carece de memoria, aporta a nuestra conciencia toda la variedad de las cualidades sensibles. Por el contrario, nuestros recuerdos son inconscientes en sí. Pueden devenir conscientes, pero despliegan todos sus efectos en estado inconsciente. Aquello que denominamos nuestro carácter reposa sobre las huellas mnémicas de nuestras impresiones, y precisamente aquellas impresiones que han actuado más intensamente sobre nosotros, o sea las de nuestra primera juventud, son las que no se hacen conscientes casi nunca.
Pero cuando los recuerdos se hacen de nuevo conscientes no muestran cualidad sensorial alguna o sólo muy pequeña, en comparación con las percepciones. Todo lo que hasta ahora hemos supuesto sobre la composición del aparato psíquico en su extremo sensible ha sido sin tener en cuenta para nada el sueño ni las explicaciones psicológicas que de su estudio pueden deducirse. Este estudio nos proporciona, en cambio, gran ayuda para el conocimiento de otro sector del aparato. Hemos visto que nos era imposible explicar la formación de los sueños si no nos decidíamos a aceptar la existencia de dos instancias psíquicas, una de las cuales somete a una crítica la actividad de la otra; crítica de la que resulta la exclusión de esta última de la conciencia.
La instancia crítica mantiene con la conciencia relaciones más íntimas que la criticada, hallándose situada entre ésta y la conciencia a manera de pantalla. Hemos encontrado, además, puntos de apoyo para identificar la instancia crítica con aquello que dirige nuestra vida despierta y decide sobre nuestra actividad voluntaria y consciente. Si ahora sustituimos estas instancias por sistemas, quedará situado el sistema crítico en el extremo motor del aparato psíquico supuesto. Incluiremos, pues, ambos sistemas en nuestro esquema y les daremos nombres que indiquen su relación con la conciencia: ver FIGURA 3 al final.
Al último de los sistemas situados en el extremo motor le damos el nombre de preconciente para indicar que sus procesos de excitación pueden pasar directamente a la conciencia siempre que aparezcan cumplidas determinadas condiciones; por ejemplo, la de cierta intensidad, etc. Este sistema es también el que posee la llave del acceso a la motilidad voluntaria. Al sistema que se halla detrás de él le damos el nombre de inconsciente porque no comunica con la conciencia sino a través de lo preconciente, sistema que impone al proceso de excitación, a manera de peaje, determinadas transformaciones.
Situaremos el estímulo de la formación de los sueños en el sistema Inc., aunque, como más adelante explicaremos, no es esto rigurosamente exacto, pues la formación de los sueños se halla forzada a enlazarse con ideas latentes que pertenecen al sistema de lo preconciente. Pero también averiguaremos en otro lugar, al tratar del deseo onírico, que la fuerza impulsora del sueño es proporcionada por el sistema Inc., y esta última circunstancia nos mueve a aceptar el sistema inconsciente como el punto de partida de la formación de los sueños. Este estímulo onírico exteriorizará, como todos los demás productos mentales, la tendencia a propagarse al sistema Prec. y pasar de éste a la conciencia.
La experiencia nos enseña que durante el día aparece desplazado por la censura de la resistencia, y para las ideas latentes, este camino que conduce a la conciencia a través de lo preconciente. Durante la noche se procuran dichas ideas el acceso a la conciencia, surgiendo aquí la interrogación de por qué camino y merced a qué modificación lo consiguen. Si el acceso de estas ideas latentes a la conciencia dependiera de una disminución nocturna de la resistencia que vigila en la frontera entre lo inconsciente y lo preconciente, tendríamos sueños que nos mostrarían el carácter alucinatorio que ahora nos interesa. El relajamiento de la censura entre los dos sistemas Inc. y Prec. no puede explicarnos, por tanto, sino aquellos productos oníricos exentos de imágenes sensoriales.
Hay que pensar que en el sueño alucinatorio sucede lo siguiente: la excitación toma un camino regresivo: en lugar de avanzar hacia el extremo motor del aparato (como en la vigilia, dirección progresiva), se propaga hacia el extremo sensible, y acaba por llegar al sistema de las percepciones.
Esta regresión es muy importante en el sueño pero se ve también en el recordar voluntario, la reflexión y otros pensamientos normales donde se retrocede desde un acto complejo de representación al material bruto de las huellas mnémicas en que se basa.
Pero, porqué no sucede también esto en el sueño? Ya habíamos dicho que la elaboración del sueño llevaba a cabo una total transmutación de todos los valores psíquicos, despojando de su intensidad a unas representaciones para transferirlas a otras. Esta modificación del proceso psíquico acostumbrado es la que hace posible cargar el sistema de las P hasta la completa vitalidad en una dirección inversa, o sea partiendo de las ideas.
En suma, hablamos de regresión cuando la representación queda transformada, en el sueño, en aquella imagen sensible de la que nació anteriormente. Considerando el proceso onírico como una regresión dentro del aparato anímico, puede ahora explicarse porqué las relaciones intelectuales de las ideas, latentes entre sí, desaparecen en la elaboración del sueño o no encuentran sino muy trabajosamente una expresión. En efecto, estas relaciones intelectuales no se hallan contenidas en los primeros sistemas Hm, sino en otros anteriores a ellos, y tienen que perder su expresión en el proceso regresivo hasta las imágenes de percepción.
Mas ¿por qué transformaciones resulta posible esta regresión, imposible durante el día? Sospechamos que se trata de modificaciones de las cargas de energía de cada uno de los sistemas; modificaciones que los hacen más o menos transitables o intransitables para el curso de la excitación. Esta circunstancia constituiría aquel «apartamiento del mundo exterior» en el que algunos ven la explicación de los caracteres psicológicos del sueño. Sin embargo, al explicar la regresión del sueño habremos de tener en cuenta aquellas otras regresiones que tienen efecto en los estados patológicos de la vigilia; regresiones a las que nuestra anterior hipótesis resulta inaplicable, pues se desarrolla, a pesar de no hallarse interrumpida la corriente sensible, en dirección progresiva.
Las alucinaciones de la histeria y de la paranoia y las visiones de las personas normales corresponden, efectivamente, a regresiones, esto es, son ideas transformadas en imágenes. Pero en estos casos no experimentan tal transformación más que aquellas ideas que se hallan en íntima conexión con recuerdos reprimidos o inconscientes.
Freud menciona aquí algunos ejemplos, como el del niño que cuando quería dormir lo asaltaban visiones de caras verdes, que tenían relación con el aspecto de la cara que según su madre tenía por masturbarse. Estos y otros ejemplos robustecen la afirmación de que en estos casos de transformación represiva de las ideas hemos de tener en cuenta la influencia de un recuerdo reprimido o inconsciente, infantil en la mayoría de los casos. Este recuerdo arrastra consigo a la regresión; esto es, a la forma de representación, en la que el mismo se halla dado psíquicamente, a las ideas con él enlazadas y privadas de expresión por la censura.
Si recordamos cuál es el papel que en las ideas latentes corresponde a los sucesos infantiles o a las fantasías en ellos basadas; con cuánta frecuencia emergen de nuevo fragmentos de los mismos en el contenido latente, y cómo los mismos deseos del sueño aparecen muchas veces derivados de ellos, no rechazaremos la probabilidad de que la transformación de las ideas en imágenes visuales sea también en el sueño la consecuencia de la atracción que el recuerdo, representado visualmente, y que tiende a resucitar, ejerce sobre las ideas privadas de conciencia, que aspiran a hallar una expresión. Según esta hipótesis, podría también describirse el sueño como la sustitución de la escena infantil, modificada por su transferencia a lo reciente. La escena infantil no puede conseguir su renovación real y tiene que contentarse con retornar a título de sueño.
La importancia de las escenas infantiles en el sueño torna superflua la hipótesis de Scherner de que este se debe a una excitación interna del órgano de la visión. En todo caso, este estado de excitación ha sido creado por el recuerdo y constituye la renovación de la excitación visual experimentada en el momento real al que corresponde.
Concretando: la regresión es siempre un efecto de la resistencia, que se opone al avance de la idea hasta la conciencia por el camino normal, y de la atracción simultánea que los recuerdos sensoriales dados ejercen sobre ella. Aquello que en el análisis de la elaboración onírica hemos descrito con el nombre de cuidado de la representabilidad podría ser referido a la atracción selectora de las escenas visualmente recordadas, enlazadas a las ideas latentes.
En la teoría de la formación de síntomas neuróticos desempeña la regresión un papel no menos importante que en la de los sueños. Distinguimos aquí tres clases de regresión: a) Una regresión tópica, en el sentido del esquema de los sistemas omega. B) Una regresión temporal, en cuanto se trata de un retorno a formaciones psíquicas anteriores. C) Una regresión formal cuando las formas de expresión y representación acostumbradas quedan sustituidas por formas correspondientes primitivas. Estas tres clases de regresión son en el fondo una misma cosa, y coinciden en la mayoría de los casos, pues lo más antiguo temporalmente es también lo primitivo en el orden formal, y lo más cercano en la tópica psíquica al extremo de la percepción (adición de 1914).
Finalmente, digamos que el acto de soñar es por sí una regresión a las más tempranas circunstancias del soñador, una resurrección de su infancia con todos sus impulsos instintivos y sus formas expresivas. Detrás de esta infancia individual se nos promete una visión de la infancia filogénica y del desarrollo de la raza humana; desarrollo del cual no es el individual, sino una reproducción abreviada e influida por las circunstancias accidentales de la vida. Sospechamos ya cuán acertada es la opinión de Nietzsche de que “el sueño continúa un estado primitivo de la humanidad, al que apenas podemos llegar por un camino directo” y esperamos que el análisis de los sueños nos conduzca al conocimiento de la herencia arcaica del hombre y nos permita descubrir en el lo anímicamente innato.
"Neuropsicosis de defensa"; Freud (resumen)
Neuropsicosis de defensa (1894)
Resumen de Freud
El estudio de neuróticos con fobias y representaciones obsesivas, hizo que Freud intentando explicar esos síntomas, dedujera su origen. Junto a esta teoría modificó la de la histeria al hallar un carácter común a la histeria y esas neurosis. Su modo de abordaje mostró también un enlace entre estas dos y las psicosis.
I - Modificación introducida en la teoría de la neurosis histérica
Janet y Breuer mostraban que los síntomas de la histeria indicaban una escisión de la conciencia con formación de grupos psíquicos separados, pero no era claro el origen y el papel que esa escisión jugaba en la formación de la histeria. Para Janet, la escisión de conciencia era un rasgo primario basado en una debilidad innata de la aptitud para la síntesis psíquica, un estrechamiento del campo de conciencia. Para Breuer la base de la histeria era la aparición de estados hipnoides, estados de conciencia oniriformes con poca aptitud para la asociación, aquí es secundaría, adquirida, y se da porque las representaciones que afloran en estados hipnoides son segregadas del comercio asociativo con los contenidos de conciencia.
Freud mostró otras dos formas de histeria donde la escisión de conciencia no podía interpretarse como primaria. En una la escisión era consecuencia de un acto voluntario del enfermo, este no se proponía producir la escisión; su propósito es otro, pero al no alcanzar su meta generaba una escisión de conciencia. En la otra forma, la escisión juega un papel mínimo, apenas se intercepta la reacción frente al estímulo traumático, estos se tramitan por abreacción: histeria de retención pura. Por su relación con las fobias y representaciones obsesivas, aquí sólo analizó la histeria de defensa, dejando la hipnoide y la de retención.
Sus pacientes gozaban de salud psíquica hasta que surgía una representación inconciliable despertando un afecto tan penoso que la persona decidía olvidarla, creyendo no poder solucionar la contradicción, por el trabajo del juicio. En las mujeres, esas representaciones nacen mayormente de vivencias sexuales. Una joven se reprocha, mientras cuida a su padre, pensar en el joven que le dejó una leve impresión erótica.
Freud no pudo asegurar que el acto voluntario por alejar del pensamiento algo así sea patológico; ni si el olvido se logra o como se logra en quienes siguen sanos ante tales representaciones. Sabía si que en sus pacientes el olvido no se daba y llevaba a reacciones patológicas provocando histeria, representación obsesiva o psicosis alucinatoria. En la aptitud para provocar por el acto voluntario uno de esos estados, ve una predisposición patológica, no necesariamente degeneración personal o hereditaria.
La tarea que el yo se impone, tratar como “no acontecida” la representación inconciliable, es insoluble; una vez que la huella mnémica y el afecto adherido están ahí, no se los puede extirpar. Por eso intenta debilitar a la representación quitándole su afecto. Así la representación débil dejará de exigir la asociación; pero el afecto debe aplicarse a otro lado. A partir de aquí dejan de ser iguales los procesos en la histeria, las fobias y representaciones obsesivas. En la histeria se vuelve inocua la representación inconciliable trasponiendo el afecto al cuerpo mediante conversión. La conversión puede ser total o parcial y se dará en una inervación motriz o sensorial que tenga relación con la vivencia traumática. El yo elimina así la contradicción, a cambio un símbolo mnémico habita la conciencia como parásito, como inervación motriz o como sensación alucinatoria. La idea de la representación reprimida formó así el núcleo de un segundo grupo psíquico.
Proceso psicofísico en la histeria: Una vez formado el núcleo en el momento traumático, su engrosamiento se da en momentos traumáticos auxiliares, cuando una impresión similar traspasa la barrera fijada por la voluntad, aporta nuevo afecto a la representación débil e impone por un tiempo el enlace asociativo de ambos grupos psíquicos, hasta que una nueva conversión ofrezca defensa. El equilibrio logrado es frágil; el afecto llevado por vía corporal cada tanto vuelve a la representación inconciliable, y obliga a la asociación o a descargar en ataques histéricos. El método catártico de Breuer reorientaba el afecto de lo corporal a lo psíquico, con conciencia, reequilibrando la contradicción mentalmente y descargando el afecto al hablar.
Entonces, la escisión de conciencia no es el factor característico de la histeria sino la capacidad psicofísica para trasladar el afecto a la inervación corporal. La sola capacidad no excluye la salud psíquica, solo lleva a la histeria si hay inconciliabilidad psíquica o exceso de afecto. Con este giro, Breuer y Freud, se acercan mas a Oppenheim y Strümpell que a Janet, que da crucial importancia a la escisión de conciencia, en la histeria.
II – Teoría de las Fobias y Representaciones Obsesivas
Si una persona predispuesta a la neurosis no tiene la aptitud a la conversión, y aún así, para defenderse de la representación inconciliable intenta separar el afecto de la idea, el afecto permanece en lo psíquico. La representación débil se excluye de asociación en la conciencia pero el afecto libre se fija a representaciones adecuadas a las que el enlace falso convierte en representaciones obsesivas. Esta teoría de las representaciones obsesivas y fobias tiene piezas que admiten demostración directa y otras no. Es demostrable la representación obsesiva misma y la fuente de la que proviene el afecto en enlace falso. Siempre era la vida sexual la que proporcionaba un afecto penoso de igual índole que el afecto fijado a la representación obsesiva. No excluía que naciera en otro ámbito pero a él no se había revelado otro origen
Es demostrable también, el empeño voluntario, varios enfermos relataban que la fobia o la representación obsesiva aparecieron cuando el acto voluntario parecía haber logrado su fin. Pero, no todos tenían claro su origen. En general al señalarles la naturaleza sexual de la representación originaria, la objetaban. Esta era la prueba de que la representación obsesiva sustituía en la conciencia a la representación sexual primitiva.
El divorcio entre la representación sexual y su afecto, y el enlace de este con una representación adecuada ocurren al margen de la conciencia, ningún análisis clínico-psicológico lo puede demostrar. Junto a los casos en que se comprueba la presencia sucesiva de la representación sexual inconciliable y de la representación obsesiva, hay casos de coexistencia de representaciones obsesivas y representaciones sexuales inconciliables. No se debe llamar a estas últimas “representaciones obsesivas sexuales”; les falta un rasgo esencial de las representaciones obsesivas: están justificadas, mientras que lo penoso de las representaciones obsesivas ordinarias son un problema para el médico y el enfermo. En estos casos se da una defensa continua frente a representaciones sexuales siempre emergentes, una labor no concluida.
Los enfermos suelen ocultar sus representaciones obsesivas cuando son conscientes de su origen sexual. Y cuando se quejan de ellas, expresan su asombro por sucumbir al afecto, por angustiarse, tener ciertos impulsos, etc. Al médico en cambio, ese afecto le resulta justificado e inteligible; lo llamativo es el enlace del afecto con una representación que no es digna de él, el afecto de la representación obsesiva le parece dislocado, si adoptó esta teoría puede si ensayar la retraducción a lo sexual de la representación obsesiva.
El afecto liberado aprovecha para su enlace secundario cualquier representación que tenga relación con la representación inconciliable. Una angustia liberada cuyo origen sexual no debe recordarse, se vuelca en fobias primarias a animales, la tormenta, la oscuridad, o a cosas asociadas con lo sexual: orinar, defecar.
La ventaja obtenida por el yo al defenderse con la transposición del afecto es menor que en la conversión histérica pues el afecto penoso permanece intacto; sólo se excluye del recuerdo a la representación inconciliable. Las representaciones reprimidas forman también aquí el núcleo de un segundo grupo psíquico que no presenta los síntomas que de la histeria, tal vez porque la modificación íntegra ocurrió en lo psíquico, y no hubo cambios en la relación entre la excitación psíquica y la inervación somática.
Ejemplos de representaciones obsesivas
1. Una muchacha padece reproches obsesivos. Lee sobre un crimen y se pregunta si no fue ella quien lo cometió, pero se da cuenta que es absurdo. Durante un tiempo la conciencia de culpa la dominó hasta ahogar su juicio crítico. La culpa surge cuando incitada por una sensación voluptuosa se masturba, con conciencia de su mala acción. Un exceso estando en un baile provocó el acrecentamiento hasta la psicosis.
2. Otra, teme sufrir incontinencia de orina. La fobia le imposibilitó el trato social. Una presión en la vejiga le vino por primera vez en la sala de conciertos, estando cerca de un señor que no le era indiferente. Imaginando ser su esposa entró en ensoñación erótica y le sobrevino una sensación corporal como una erección que en ella concluyó con una presión en la vejiga. Estaba habituada a esa sensación pero ahora se asustó, pues había resuelto combatir esa inclinación; el afecto se transfirió así a las ganas de orinar.
3. Una joven que casada cinco años sólo había tenido un hijo, sentía el impulso de arrojarse por el balcón, a la vista de un cuchillo sentía el impulso de matar a su hijo. Confesó que rara vez tenía sexo y siempre se cuidaba para evitar la concepción, decía no disgustarle, pues era poco sensual. Lo cierto era que al ver otros hombres tenía representaciones eróticas y esto le había hecho sentir degradada, capaz de todo.
III- Teoría de la Psicosis Alucinatoria
En los dos casos considerados, la defensa frente a la representación inconciliable ocurría separando de ella su afecto. La representación debilitada y aislada permanecía en la conciencia. Pero había una defensa más poderosa, el yo desestima la representación insoportable junto con su afecto y se comporta como si nunca hubiera comparecido. Cuando se da esto, la persona sucumbe a una psicosis alucinatoria.
Ejemplo: Una joven interesada en un hombre cree ser correspondida, pero él frecuenta su casa por otros motivos. Cuando llega el desengaño ella se defiende mediante la conversión histérica, y sigue pensando que él vendrá un día a pedir su mano; sin embargo, se siente desdichada y enferma, pues la conversión es incompleta y constantemente la asaltan nuevas impresiones dolorosas. Por fin, con la máxima tensión, lo espera un día de festejo familiar. Pasados todos los trenes en que podía llegar, ella se vuelca a una confusión alucinatoria, cree que él llegó, oye su voz. Por dos meses vive un sueño donde todo está como antes (de que surja el desengaño del que se defendía). Histeria y desazón están superadas; mientras dura la enfermedad, es dichosa. La psicosis fue descubierta diez años después mediante hipnosis.
Freud quería destacar que el contenido de una psicosis alucinatoria consiste en realzar la representación que estuvo amenazada por la ocasión a raíz de la cual sobrevino la enfermedad. El yo se defiende de la representación insoportable refugiándose en la psicosis; el proceso por el cual se logra escapa a la autopercepción y al análisis psicológico-clínico. Es la expresión de una predisposición patológica de mayor grado. El yo se arranca de la representación insoportable, pero esta se entrama con un fragmento de la realidad objetiva, y en tanto el yo lleva a cabo esa operación, se desase también, total o parcialmente, de la realidad objetiva. Esta última es la condición por la que se imparte a las representaciones propias una vividez alucinatoria, y tras la defensa lograda, la persona cae en confusión alucinatoria.
Freud dispone de pocos análisis sobre psicosis de esta clase; pero cree que es un tipo de enfermedad psíquica a que se recurre con frecuencia, pues en los manicomios hay ejemplos donde vale análoga concepción, la madre que enfermó a raíz de la pérdida del hijo y ahora mece un leño en sus brazos, o la novia desairada que desde hace años espera ataviada a su prometido.
Los tres tipos de defensa descritas y las tres formas de enfermar a que esa defensa lleva, pueden estar reunidas en una misma persona. La aparición simultánea de fobias y síntomas histéricos, que a menudo se observan, es un factor que dificulta la separación tajante de la histeria respecto de otras neurosis, y fuerzan a postular las “neurosis mixtas”. La confusión alucinatoria no suele ser compatible con la persistencia de la histeria y tampoco con la de las representaciones obsesivas. En cambio no es raro que una psicosis de defensa interrumpa episódicamente la trayectoria de una neurosis histérica o mixta.
En las funciones psíquicas cabe distinguir algo (monto de afecto) que tienen todas las propiedades de una cantidad, aunque no haya forma de medirla, algo que puede aumentar, disminuir, desplazarse y descargarse, y se difunde por las huellas mnémicas de las representaciones como lo haría una carga eléctrica por la superficie de los cuerpos. Es posible utilizar esta hipótesis, que ya estaba en la teoría de la abreacción en el mismo sentido en que el físico emplea el supuesto del fluido eléctrico que corre.
Resumen de Freud
El estudio de neuróticos con fobias y representaciones obsesivas, hizo que Freud intentando explicar esos síntomas, dedujera su origen. Junto a esta teoría modificó la de la histeria al hallar un carácter común a la histeria y esas neurosis. Su modo de abordaje mostró también un enlace entre estas dos y las psicosis.
I - Modificación introducida en la teoría de la neurosis histérica
Janet y Breuer mostraban que los síntomas de la histeria indicaban una escisión de la conciencia con formación de grupos psíquicos separados, pero no era claro el origen y el papel que esa escisión jugaba en la formación de la histeria. Para Janet, la escisión de conciencia era un rasgo primario basado en una debilidad innata de la aptitud para la síntesis psíquica, un estrechamiento del campo de conciencia. Para Breuer la base de la histeria era la aparición de estados hipnoides, estados de conciencia oniriformes con poca aptitud para la asociación, aquí es secundaría, adquirida, y se da porque las representaciones que afloran en estados hipnoides son segregadas del comercio asociativo con los contenidos de conciencia.
Freud mostró otras dos formas de histeria donde la escisión de conciencia no podía interpretarse como primaria. En una la escisión era consecuencia de un acto voluntario del enfermo, este no se proponía producir la escisión; su propósito es otro, pero al no alcanzar su meta generaba una escisión de conciencia. En la otra forma, la escisión juega un papel mínimo, apenas se intercepta la reacción frente al estímulo traumático, estos se tramitan por abreacción: histeria de retención pura. Por su relación con las fobias y representaciones obsesivas, aquí sólo analizó la histeria de defensa, dejando la hipnoide y la de retención.
Sus pacientes gozaban de salud psíquica hasta que surgía una representación inconciliable despertando un afecto tan penoso que la persona decidía olvidarla, creyendo no poder solucionar la contradicción, por el trabajo del juicio. En las mujeres, esas representaciones nacen mayormente de vivencias sexuales. Una joven se reprocha, mientras cuida a su padre, pensar en el joven que le dejó una leve impresión erótica.
Freud no pudo asegurar que el acto voluntario por alejar del pensamiento algo así sea patológico; ni si el olvido se logra o como se logra en quienes siguen sanos ante tales representaciones. Sabía si que en sus pacientes el olvido no se daba y llevaba a reacciones patológicas provocando histeria, representación obsesiva o psicosis alucinatoria. En la aptitud para provocar por el acto voluntario uno de esos estados, ve una predisposición patológica, no necesariamente degeneración personal o hereditaria.
La tarea que el yo se impone, tratar como “no acontecida” la representación inconciliable, es insoluble; una vez que la huella mnémica y el afecto adherido están ahí, no se los puede extirpar. Por eso intenta debilitar a la representación quitándole su afecto. Así la representación débil dejará de exigir la asociación; pero el afecto debe aplicarse a otro lado. A partir de aquí dejan de ser iguales los procesos en la histeria, las fobias y representaciones obsesivas. En la histeria se vuelve inocua la representación inconciliable trasponiendo el afecto al cuerpo mediante conversión. La conversión puede ser total o parcial y se dará en una inervación motriz o sensorial que tenga relación con la vivencia traumática. El yo elimina así la contradicción, a cambio un símbolo mnémico habita la conciencia como parásito, como inervación motriz o como sensación alucinatoria. La idea de la representación reprimida formó así el núcleo de un segundo grupo psíquico.
Proceso psicofísico en la histeria: Una vez formado el núcleo en el momento traumático, su engrosamiento se da en momentos traumáticos auxiliares, cuando una impresión similar traspasa la barrera fijada por la voluntad, aporta nuevo afecto a la representación débil e impone por un tiempo el enlace asociativo de ambos grupos psíquicos, hasta que una nueva conversión ofrezca defensa. El equilibrio logrado es frágil; el afecto llevado por vía corporal cada tanto vuelve a la representación inconciliable, y obliga a la asociación o a descargar en ataques histéricos. El método catártico de Breuer reorientaba el afecto de lo corporal a lo psíquico, con conciencia, reequilibrando la contradicción mentalmente y descargando el afecto al hablar.
Entonces, la escisión de conciencia no es el factor característico de la histeria sino la capacidad psicofísica para trasladar el afecto a la inervación corporal. La sola capacidad no excluye la salud psíquica, solo lleva a la histeria si hay inconciliabilidad psíquica o exceso de afecto. Con este giro, Breuer y Freud, se acercan mas a Oppenheim y Strümpell que a Janet, que da crucial importancia a la escisión de conciencia, en la histeria.
II – Teoría de las Fobias y Representaciones Obsesivas
Si una persona predispuesta a la neurosis no tiene la aptitud a la conversión, y aún así, para defenderse de la representación inconciliable intenta separar el afecto de la idea, el afecto permanece en lo psíquico. La representación débil se excluye de asociación en la conciencia pero el afecto libre se fija a representaciones adecuadas a las que el enlace falso convierte en representaciones obsesivas. Esta teoría de las representaciones obsesivas y fobias tiene piezas que admiten demostración directa y otras no. Es demostrable la representación obsesiva misma y la fuente de la que proviene el afecto en enlace falso. Siempre era la vida sexual la que proporcionaba un afecto penoso de igual índole que el afecto fijado a la representación obsesiva. No excluía que naciera en otro ámbito pero a él no se había revelado otro origen
Es demostrable también, el empeño voluntario, varios enfermos relataban que la fobia o la representación obsesiva aparecieron cuando el acto voluntario parecía haber logrado su fin. Pero, no todos tenían claro su origen. En general al señalarles la naturaleza sexual de la representación originaria, la objetaban. Esta era la prueba de que la representación obsesiva sustituía en la conciencia a la representación sexual primitiva.
El divorcio entre la representación sexual y su afecto, y el enlace de este con una representación adecuada ocurren al margen de la conciencia, ningún análisis clínico-psicológico lo puede demostrar. Junto a los casos en que se comprueba la presencia sucesiva de la representación sexual inconciliable y de la representación obsesiva, hay casos de coexistencia de representaciones obsesivas y representaciones sexuales inconciliables. No se debe llamar a estas últimas “representaciones obsesivas sexuales”; les falta un rasgo esencial de las representaciones obsesivas: están justificadas, mientras que lo penoso de las representaciones obsesivas ordinarias son un problema para el médico y el enfermo. En estos casos se da una defensa continua frente a representaciones sexuales siempre emergentes, una labor no concluida.
Los enfermos suelen ocultar sus representaciones obsesivas cuando son conscientes de su origen sexual. Y cuando se quejan de ellas, expresan su asombro por sucumbir al afecto, por angustiarse, tener ciertos impulsos, etc. Al médico en cambio, ese afecto le resulta justificado e inteligible; lo llamativo es el enlace del afecto con una representación que no es digna de él, el afecto de la representación obsesiva le parece dislocado, si adoptó esta teoría puede si ensayar la retraducción a lo sexual de la representación obsesiva.
El afecto liberado aprovecha para su enlace secundario cualquier representación que tenga relación con la representación inconciliable. Una angustia liberada cuyo origen sexual no debe recordarse, se vuelca en fobias primarias a animales, la tormenta, la oscuridad, o a cosas asociadas con lo sexual: orinar, defecar.
La ventaja obtenida por el yo al defenderse con la transposición del afecto es menor que en la conversión histérica pues el afecto penoso permanece intacto; sólo se excluye del recuerdo a la representación inconciliable. Las representaciones reprimidas forman también aquí el núcleo de un segundo grupo psíquico que no presenta los síntomas que de la histeria, tal vez porque la modificación íntegra ocurrió en lo psíquico, y no hubo cambios en la relación entre la excitación psíquica y la inervación somática.
Ejemplos de representaciones obsesivas
1. Una muchacha padece reproches obsesivos. Lee sobre un crimen y se pregunta si no fue ella quien lo cometió, pero se da cuenta que es absurdo. Durante un tiempo la conciencia de culpa la dominó hasta ahogar su juicio crítico. La culpa surge cuando incitada por una sensación voluptuosa se masturba, con conciencia de su mala acción. Un exceso estando en un baile provocó el acrecentamiento hasta la psicosis.
2. Otra, teme sufrir incontinencia de orina. La fobia le imposibilitó el trato social. Una presión en la vejiga le vino por primera vez en la sala de conciertos, estando cerca de un señor que no le era indiferente. Imaginando ser su esposa entró en ensoñación erótica y le sobrevino una sensación corporal como una erección que en ella concluyó con una presión en la vejiga. Estaba habituada a esa sensación pero ahora se asustó, pues había resuelto combatir esa inclinación; el afecto se transfirió así a las ganas de orinar.
3. Una joven que casada cinco años sólo había tenido un hijo, sentía el impulso de arrojarse por el balcón, a la vista de un cuchillo sentía el impulso de matar a su hijo. Confesó que rara vez tenía sexo y siempre se cuidaba para evitar la concepción, decía no disgustarle, pues era poco sensual. Lo cierto era que al ver otros hombres tenía representaciones eróticas y esto le había hecho sentir degradada, capaz de todo.
III- Teoría de la Psicosis Alucinatoria
En los dos casos considerados, la defensa frente a la representación inconciliable ocurría separando de ella su afecto. La representación debilitada y aislada permanecía en la conciencia. Pero había una defensa más poderosa, el yo desestima la representación insoportable junto con su afecto y se comporta como si nunca hubiera comparecido. Cuando se da esto, la persona sucumbe a una psicosis alucinatoria.
Ejemplo: Una joven interesada en un hombre cree ser correspondida, pero él frecuenta su casa por otros motivos. Cuando llega el desengaño ella se defiende mediante la conversión histérica, y sigue pensando que él vendrá un día a pedir su mano; sin embargo, se siente desdichada y enferma, pues la conversión es incompleta y constantemente la asaltan nuevas impresiones dolorosas. Por fin, con la máxima tensión, lo espera un día de festejo familiar. Pasados todos los trenes en que podía llegar, ella se vuelca a una confusión alucinatoria, cree que él llegó, oye su voz. Por dos meses vive un sueño donde todo está como antes (de que surja el desengaño del que se defendía). Histeria y desazón están superadas; mientras dura la enfermedad, es dichosa. La psicosis fue descubierta diez años después mediante hipnosis.
Freud quería destacar que el contenido de una psicosis alucinatoria consiste en realzar la representación que estuvo amenazada por la ocasión a raíz de la cual sobrevino la enfermedad. El yo se defiende de la representación insoportable refugiándose en la psicosis; el proceso por el cual se logra escapa a la autopercepción y al análisis psicológico-clínico. Es la expresión de una predisposición patológica de mayor grado. El yo se arranca de la representación insoportable, pero esta se entrama con un fragmento de la realidad objetiva, y en tanto el yo lleva a cabo esa operación, se desase también, total o parcialmente, de la realidad objetiva. Esta última es la condición por la que se imparte a las representaciones propias una vividez alucinatoria, y tras la defensa lograda, la persona cae en confusión alucinatoria.
Freud dispone de pocos análisis sobre psicosis de esta clase; pero cree que es un tipo de enfermedad psíquica a que se recurre con frecuencia, pues en los manicomios hay ejemplos donde vale análoga concepción, la madre que enfermó a raíz de la pérdida del hijo y ahora mece un leño en sus brazos, o la novia desairada que desde hace años espera ataviada a su prometido.
Los tres tipos de defensa descritas y las tres formas de enfermar a que esa defensa lleva, pueden estar reunidas en una misma persona. La aparición simultánea de fobias y síntomas histéricos, que a menudo se observan, es un factor que dificulta la separación tajante de la histeria respecto de otras neurosis, y fuerzan a postular las “neurosis mixtas”. La confusión alucinatoria no suele ser compatible con la persistencia de la histeria y tampoco con la de las representaciones obsesivas. En cambio no es raro que una psicosis de defensa interrumpa episódicamente la trayectoria de una neurosis histérica o mixta.
En las funciones psíquicas cabe distinguir algo (monto de afecto) que tienen todas las propiedades de una cantidad, aunque no haya forma de medirla, algo que puede aumentar, disminuir, desplazarse y descargarse, y se difunde por las huellas mnémicas de las representaciones como lo haría una carga eléctrica por la superficie de los cuerpos. Es posible utilizar esta hipótesis, que ya estaba en la teoría de la abreacción en el mismo sentido en que el físico emplea el supuesto del fluido eléctrico que corre.
"La represión"; Freud (resumen)
La regresión
El sueño es un acto psíquico de pleno derecho, su fuerza impulsora es un deseo por cumplir.
Un pensamiento, por lo común el pensamiento deseado, es objetivado en el sueño, es figurado como escena o, según creemos, es vivenciado.
El contenido de representaciones no se piensa, sino que se muda en imágenes sensibles a las que se da crédito y se cree vivenciar.
Dejar por completo de lado que el aparato anímico de que aquí se trata nos es conocido también como preparado anatómico y no caer en la tentación de determinar esa localidad psíquica como si fuera anatómica.
Imaginamos entonces el aparato psíquico como un instrumento compuesto a cuyos elementos llamaremos instancias o sistemas. Hay establecida una secuencia fija entre ellos, que a raíz de ciertos procesos psíquicos los sistemas sean recorridos por la excitación dentro de una determinada serie temporal.
Toda nuestra actividad psíquica parte de estímulos y termina en inervaciones. Por eso asignamos al aparato un extremo sensorial y un extremo motor. En el extremo sensorial se encuentra un sistema que recibe las percepciones, y en el extremo motor, otro que abre las esclusas de la motilidad.
De las percepciones que llegan a nosotros queda una huella que podemos llamar “huella mnémica”. Suponemos que un sistema del aparato recibe los estímulos perceptivos, pero nada conserva de ellos y que tras el hay un segundo sistema que traspone la excitación momentánea del primero a huellas permanentes.
De las percepciones conservamos algo más que su contenido. Nuestras percepciones se revelan también enlazadas entre si. Llamamos asociación a este hecho.
Nuestros recuerdos son en sí, inconcientes. Es posible hacerlos concientes, pero no cabe duda de que en estado inconciente despliegan todos sus efectos.
Nos resultaba imposible explicar la formación del sueño si no osábamos suponer la existencia de dos instancias psíquicas, una de las cuales sometía la actividad de la otra a una crítica cuya consecuencia era la exclusión de su devenir-conciente.
La instancia criticadora mantiene con la conciencia relaciones más estrechas que la criticada. Se sitúa entre esta última y la conciencia como una pantalla. La instancia criticadora es la que guía nuestra vida de vigilia y decide sobre nuestro obrar conciente, voluntario. El sistema criticador se situara en el extremo motor. El sistema inconciente es el punto de partida para la formación del sueño.
Durante el día la censura de la resistencia les ataja a los pensamientos oníricos este camino que lleva a la conciencia pasando por el preconciente.
Lo que ocurre en el sueño alucinatorio es que la excitación toma un camino de reflujo. En lugar de propagarse hacia el extremo motor del aparato, lo hace hacia el extremo sensorial, y por ultimo alcanza el sistema de las percepciones. El sueño tiene carácter regrediente.
A raíz del trabajo del sueño todas las relaciones lógicas entre los pensamientos oníricos se pierden o solo hallan expresión trabajosa. Esas relaciones entre pensamientos no están contenidas en los primeros sistemas Mn, sino en otros, y por eso en la regresión tienen que quedar despojados de todo medio de expresarse, excepto el de las imágenes perceptivas.
La mudanza de pensamientos en imágenes visuales es consecuencia de la atracción que sobre el pensamiento desconectado de la conciencia y que lucha por expresarse ejerce el recuerdo, figurado visualmente, que pugna por ser reanimado.
El carácter regrediente consiste en trasvasar su contenido de representaciones a imágenes sensoriales y es un efecto de la resistencia que se opone a la penetración del pensamiento en la conciencia. Así como de la simultánea atracción que sobre él ejercen recuerdos que subsisten con vivacidad sensoria. El “miramiento por la figurabilidad” podría ser referido a la atracción selectiva de las escenas visualmente recordadas y con las cuales los pensamientos oníricos entran en contacto.
Tres modos de regresión:
• Una regresión tópica, en el sentido del esquema aquí desarrollado de los sistemas.
• Una regresión temporal en la medida en que se trata de una retrogresión a formaciones psíquicas más antiguas.
• Una regresión formal, cuando modos de expresión y de figuración primitivos sustituyen a los habituales.
Pero en el fondo estos tres tipos de regresión son uno solo.
El sueño es un acto psíquico de pleno derecho, su fuerza impulsora es un deseo por cumplir.
Un pensamiento, por lo común el pensamiento deseado, es objetivado en el sueño, es figurado como escena o, según creemos, es vivenciado.
El contenido de representaciones no se piensa, sino que se muda en imágenes sensibles a las que se da crédito y se cree vivenciar.
Dejar por completo de lado que el aparato anímico de que aquí se trata nos es conocido también como preparado anatómico y no caer en la tentación de determinar esa localidad psíquica como si fuera anatómica.
Imaginamos entonces el aparato psíquico como un instrumento compuesto a cuyos elementos llamaremos instancias o sistemas. Hay establecida una secuencia fija entre ellos, que a raíz de ciertos procesos psíquicos los sistemas sean recorridos por la excitación dentro de una determinada serie temporal.
Toda nuestra actividad psíquica parte de estímulos y termina en inervaciones. Por eso asignamos al aparato un extremo sensorial y un extremo motor. En el extremo sensorial se encuentra un sistema que recibe las percepciones, y en el extremo motor, otro que abre las esclusas de la motilidad.
De las percepciones que llegan a nosotros queda una huella que podemos llamar “huella mnémica”. Suponemos que un sistema del aparato recibe los estímulos perceptivos, pero nada conserva de ellos y que tras el hay un segundo sistema que traspone la excitación momentánea del primero a huellas permanentes.
De las percepciones conservamos algo más que su contenido. Nuestras percepciones se revelan también enlazadas entre si. Llamamos asociación a este hecho.
Nuestros recuerdos son en sí, inconcientes. Es posible hacerlos concientes, pero no cabe duda de que en estado inconciente despliegan todos sus efectos.
Nos resultaba imposible explicar la formación del sueño si no osábamos suponer la existencia de dos instancias psíquicas, una de las cuales sometía la actividad de la otra a una crítica cuya consecuencia era la exclusión de su devenir-conciente.
La instancia criticadora mantiene con la conciencia relaciones más estrechas que la criticada. Se sitúa entre esta última y la conciencia como una pantalla. La instancia criticadora es la que guía nuestra vida de vigilia y decide sobre nuestro obrar conciente, voluntario. El sistema criticador se situara en el extremo motor. El sistema inconciente es el punto de partida para la formación del sueño.
Durante el día la censura de la resistencia les ataja a los pensamientos oníricos este camino que lleva a la conciencia pasando por el preconciente.
Lo que ocurre en el sueño alucinatorio es que la excitación toma un camino de reflujo. En lugar de propagarse hacia el extremo motor del aparato, lo hace hacia el extremo sensorial, y por ultimo alcanza el sistema de las percepciones. El sueño tiene carácter regrediente.
A raíz del trabajo del sueño todas las relaciones lógicas entre los pensamientos oníricos se pierden o solo hallan expresión trabajosa. Esas relaciones entre pensamientos no están contenidas en los primeros sistemas Mn, sino en otros, y por eso en la regresión tienen que quedar despojados de todo medio de expresarse, excepto el de las imágenes perceptivas.
La mudanza de pensamientos en imágenes visuales es consecuencia de la atracción que sobre el pensamiento desconectado de la conciencia y que lucha por expresarse ejerce el recuerdo, figurado visualmente, que pugna por ser reanimado.
El carácter regrediente consiste en trasvasar su contenido de representaciones a imágenes sensoriales y es un efecto de la resistencia que se opone a la penetración del pensamiento en la conciencia. Así como de la simultánea atracción que sobre él ejercen recuerdos que subsisten con vivacidad sensoria. El “miramiento por la figurabilidad” podría ser referido a la atracción selectiva de las escenas visualmente recordadas y con las cuales los pensamientos oníricos entran en contacto.
Tres modos de regresión:
• Una regresión tópica, en el sentido del esquema aquí desarrollado de los sistemas.
• Una regresión temporal en la medida en que se trata de una retrogresión a formaciones psíquicas más antiguas.
• Una regresión formal, cuando modos de expresión y de figuración primitivos sustituyen a los habituales.
Pero en el fondo estos tres tipos de regresión son uno solo.
"Angustia"; Freud (resumen)
Angustia
En una primera época (1894), a consecuencia del estudio de las neurosis actuales, principalmente la neurosis de angustia, considera a la angustia como la transformación de la excitación sexual acumulada y no satisfecha: la libido no satisfecha produce un monto de excitación que al no ser descargado se transforma directamente en angustia. Angustia: libido acumulada.
En "Tres ensayos" de 1905, habla de una angustia neurótica producida por represión en donde el niño se angustia al no poder obtener satisfacción por la ausencia de la madre: es la represión la que produce una transformación de la energía libidinal en angustia. Angustia: causada por la represión.
En 1909 con el caso Juanito, al explicar la fobia por el mecanismo de desplazamiento, deja de considerar a la angustia como una simple energía libidinal para conceptualizarla como un afecto. Angustia: afecto.
En 1916, conceptualiza la angustia como señal de alarma desencadenada por el yo: el desarrollo de la angustia es la reacción del yo ante el peligro, y constituye la señal para la fuga; en la angustia neurótica, el yo busca escapar a las exigencias de la libido y se comporta respecto a este peligro interior del mismo modo que si se tratase de un peligro exterior. Angustia: señal de alarma.
En 1925, en "Inhibición, síntoma y angustia", Freud avanza en su teoría de la angustia y la conceptualiza como reacción ante una situación peligrosa o señal de alarma ante un peligro interno (como la libido) o externo (como la castración); ahora es la angustia la que causa la represión. Angustia: reacción ante una situación peligrosa; causa la represión.
En 1932 formula la hipótesis del factor traumático, y expone que la angustia es un estado afectivo; el nacimiento es el suceso que deja tras de sí tal huella afectiva: las influencias propias de la angustia sobre la actividad cardíaca y la respiración. Luego diferencia entre la angustia real (ante un daño temido del exterior) y la angustia neurótica (enigmática e inadecuada), que observaba en tres circunstancias:
1) como angustia flotante o expectante (neurosis de angustia).
2) vinculada fijamente a determinadas representaciones (fobias).
3) acompañando a los síntomas o como estado más duradero (histeria y otras neurosis).
La primera forma de angustia neurótica surge por transformación directa de la libido insatisfecha (caso de la neurosis de angustia y de algunas fobias infantiles a la soledad y a los extraños). En la fobia el síntoma es creado para evitar el acceso de angustia. En los actos obsesivos, si se impide el ceremonial se produce un desarrollo de angustia que el síntoma habría evitado. Los síntomas parecen que fuesen creados para evitar la explosión del estado de angustia.
En la angustia neurótica, se le teme a la propia libido; a diferencia de la angustia real, en esta angustia el peligro es interior, y no es concientemente reconocido.
En la fobia, la angustia neurótica es transformada en aparente angustia real debido al desplazamiento: lo que era un temor interno a algo desconocido (la libido), se transforma en un temor a algo externo y conocido (el objeto fóbico), aunque el propio paciente juzgue desmesurado e irracional su temor a dicho objeto. La ventaja es que de un peligro exterior puede uno salvarse con la fuga, en cambio la tentativa de fuga ante un peligro interior es un empresa harto difícil.
A partir de la introducción del modelo estructural que divide el aparato psíquico en yo, ello y superyo, Freud aporta nuevas consideraciones sobre la angustia:
* El yo es el verdadero almácigo de la angustia.
* Las tres clases de angustia (real, neurótica, y de conciencia moral) pueden ser referidas a los vasallajes del yo: mundo exterior, ello, y superyo, respectivamente.
* La angustia como señal de alarma, pasa a primer plano.
* La angustia existe con anterioridad a la represión.
* La angustia crea la represión.
* La angustia neurótica es también una angustia real ante un peligro externo: el peligro de la castración en los varones y el peligro de la pérdida del amor en las mujeres; el peligro amenaza desde el exterior y el niño cree en su efectividad.
* Las condiciones de angustia repiten en el fondo la situación de la primitiva angustia del nacimiento, el cual significaba una separación de la madre.
* A cada época del desarrollo le corresponde cierta situación de peligro (condición de angustia): el peligro de desamparo psíquico corresponde con el estadio de la falta de madurez del yo; el peligro de la perdida de objeto (o perdida de amor), con la falta de autosuficiencia de los primeros años infantiles; el peligro de la castración, con la fase fálica; y el miedo al superyo, con la época de latencia.
* Freud vuelve a preguntarse qué es realmente lo peligroso, y responde con su hipótesis del factor traumático: lo temido, el objeto de la angustia, es la aparición de un instante traumático que no puede ser tratado según las normas del principio del placer.
Esto es ejemplificado con el acto del nacimiento: lo esencial, traumático, en el nacimiento, como en toda situación de peligro, es que provoca en la vida anímica un estado de gran excitación, que es sentido como displacer y que el sujeto no puede dominar con su descarga.
Cada vez que el sujeto se encuentre ante una situación de excitación que no pueda dominar mediante la descarga, es decir, tramitarla según el principio del placer que tiende a reducir la tensión y recuperar la homeostasis, se reactualizará el factor traumático, y dicha situación será vivida como peligrosa y, por tanto, como fuente de angustia.
Son las represiones secundarias las que muestran el mecanismo en que la angustia es despertada como señal de una situación de peligro anterior; las represiones primarias y más tempranas nacen directamente del instante traumático en el choque del yo con una exigencia libidinosa de primera magnitud y producen su angustia de por sí, aunque conforme al prototipo del nacimiento. La angustia, entonces, posee un doble origen: unas del instante traumático, y otras, como señal de que amenaza la repetición de tal instante.
En una primera época (1894), a consecuencia del estudio de las neurosis actuales, principalmente la neurosis de angustia, considera a la angustia como la transformación de la excitación sexual acumulada y no satisfecha: la libido no satisfecha produce un monto de excitación que al no ser descargado se transforma directamente en angustia. Angustia: libido acumulada.
En "Tres ensayos" de 1905, habla de una angustia neurótica producida por represión en donde el niño se angustia al no poder obtener satisfacción por la ausencia de la madre: es la represión la que produce una transformación de la energía libidinal en angustia. Angustia: causada por la represión.
En 1909 con el caso Juanito, al explicar la fobia por el mecanismo de desplazamiento, deja de considerar a la angustia como una simple energía libidinal para conceptualizarla como un afecto. Angustia: afecto.
En 1916, conceptualiza la angustia como señal de alarma desencadenada por el yo: el desarrollo de la angustia es la reacción del yo ante el peligro, y constituye la señal para la fuga; en la angustia neurótica, el yo busca escapar a las exigencias de la libido y se comporta respecto a este peligro interior del mismo modo que si se tratase de un peligro exterior. Angustia: señal de alarma.
En 1925, en "Inhibición, síntoma y angustia", Freud avanza en su teoría de la angustia y la conceptualiza como reacción ante una situación peligrosa o señal de alarma ante un peligro interno (como la libido) o externo (como la castración); ahora es la angustia la que causa la represión. Angustia: reacción ante una situación peligrosa; causa la represión.
En 1932 formula la hipótesis del factor traumático, y expone que la angustia es un estado afectivo; el nacimiento es el suceso que deja tras de sí tal huella afectiva: las influencias propias de la angustia sobre la actividad cardíaca y la respiración. Luego diferencia entre la angustia real (ante un daño temido del exterior) y la angustia neurótica (enigmática e inadecuada), que observaba en tres circunstancias:
1) como angustia flotante o expectante (neurosis de angustia).
2) vinculada fijamente a determinadas representaciones (fobias).
3) acompañando a los síntomas o como estado más duradero (histeria y otras neurosis).
La primera forma de angustia neurótica surge por transformación directa de la libido insatisfecha (caso de la neurosis de angustia y de algunas fobias infantiles a la soledad y a los extraños). En la fobia el síntoma es creado para evitar el acceso de angustia. En los actos obsesivos, si se impide el ceremonial se produce un desarrollo de angustia que el síntoma habría evitado. Los síntomas parecen que fuesen creados para evitar la explosión del estado de angustia.
En la angustia neurótica, se le teme a la propia libido; a diferencia de la angustia real, en esta angustia el peligro es interior, y no es concientemente reconocido.
En la fobia, la angustia neurótica es transformada en aparente angustia real debido al desplazamiento: lo que era un temor interno a algo desconocido (la libido), se transforma en un temor a algo externo y conocido (el objeto fóbico), aunque el propio paciente juzgue desmesurado e irracional su temor a dicho objeto. La ventaja es que de un peligro exterior puede uno salvarse con la fuga, en cambio la tentativa de fuga ante un peligro interior es un empresa harto difícil.
A partir de la introducción del modelo estructural que divide el aparato psíquico en yo, ello y superyo, Freud aporta nuevas consideraciones sobre la angustia:
* El yo es el verdadero almácigo de la angustia.
* Las tres clases de angustia (real, neurótica, y de conciencia moral) pueden ser referidas a los vasallajes del yo: mundo exterior, ello, y superyo, respectivamente.
* La angustia como señal de alarma, pasa a primer plano.
* La angustia existe con anterioridad a la represión.
* La angustia crea la represión.
* La angustia neurótica es también una angustia real ante un peligro externo: el peligro de la castración en los varones y el peligro de la pérdida del amor en las mujeres; el peligro amenaza desde el exterior y el niño cree en su efectividad.
* Las condiciones de angustia repiten en el fondo la situación de la primitiva angustia del nacimiento, el cual significaba una separación de la madre.
* A cada época del desarrollo le corresponde cierta situación de peligro (condición de angustia): el peligro de desamparo psíquico corresponde con el estadio de la falta de madurez del yo; el peligro de la perdida de objeto (o perdida de amor), con la falta de autosuficiencia de los primeros años infantiles; el peligro de la castración, con la fase fálica; y el miedo al superyo, con la época de latencia.
* Freud vuelve a preguntarse qué es realmente lo peligroso, y responde con su hipótesis del factor traumático: lo temido, el objeto de la angustia, es la aparición de un instante traumático que no puede ser tratado según las normas del principio del placer.
Esto es ejemplificado con el acto del nacimiento: lo esencial, traumático, en el nacimiento, como en toda situación de peligro, es que provoca en la vida anímica un estado de gran excitación, que es sentido como displacer y que el sujeto no puede dominar con su descarga.
Cada vez que el sujeto se encuentre ante una situación de excitación que no pueda dominar mediante la descarga, es decir, tramitarla según el principio del placer que tiende a reducir la tensión y recuperar la homeostasis, se reactualizará el factor traumático, y dicha situación será vivida como peligrosa y, por tanto, como fuente de angustia.
Son las represiones secundarias las que muestran el mecanismo en que la angustia es despertada como señal de una situación de peligro anterior; las represiones primarias y más tempranas nacen directamente del instante traumático en el choque del yo con una exigencia libidinosa de primera magnitud y producen su angustia de por sí, aunque conforme al prototipo del nacimiento. La angustia, entonces, posee un doble origen: unas del instante traumático, y otras, como señal de que amenaza la repetición de tal instante.
Sexualidad fenemina; Freud (resumen)
“Sobre la sexualidad femenina”; Lacan (15030)
I
En el caso del varón, se encuentra al niño tiernamente prendado del progenitor de sexo contrario, mientras que en la relación con el de igual sexo prevalece la hostilidad. La madre fue su primer objeto de amor; luego, con el refuerzo de sus aspiraciones enamoradas, lo sigue siendo, y a raíz de la intelección más profunda del vínculo entre la madre y el padre, éste último deviene un rival. Esto se ve en la fase del complejo de Edipo normal.
En la niña, la madre también fue su primer objeto. La frase pre-edípica es mucho más larga, y la relación de ligazón con la madre puede durar hasta los cuatro o cinco años, o quizá nunca desprenderse de ella. La mujer llega al complejo de Edipo positivo (ternura hacia el sexo opuesto y hostilidad hacia el mismo sexo) luego de superar una prehistoria gobernada por el complejo negativo. Se tiene que producir el trueque entre la zona erógena rectora (el clítoris) por la vagina; a su vez, se tiene que cambiar su inicial objeto de amor (la madre) por el padre.
Freud dice que, en general, toda vez que la ligazón-madre fue de particular intensidad, el trueque con la ligazón-padre también lo será.
II
Dos hechos novedosos: la intensa dependencia de la mujer respecto de su padre es la heredera de una igualmente intensa ligazón- madre; y esa fase anterior tuvo una duración inesperada.
La bisexualidad es parte de la disposición constitucional de los seres humanos. El varón tiene solo una zona genesica rectora, un órgano genesico, mientras que la mujer posee dos: la vagina, propiamente femenina, y el clítoris, análogo al miembro viril.
En la mujer, lo que precede a la genitalidad tiene que desenvolverse en torno del clítoris. La vida sexual de la mujer se descompone en dos fases: una de carácter masculino y otra específicamente femenina; en el desarrollo hay un proceso de transporte de una fase a la otra.
Las condiciones primordiales de la elección de objeto son idénticas para todos los niños; tanto en niños como en niñas, la madre deviene el primer objeto de amor a consecuencia del influjo del suministro de alimento y del cuidado del cuerpo. En el varón, la madre seguirá siendo el objeto de amor hasta que la sustituya un objeto de su misma esencia o derivado de ella. En cambio, en la niña, al final del desarrollo, se produce un cambio de vía sexual que corresponde a un cambio de vía en el sexo del objeto.
En el niño se da simultáneamente un vinculo amoroso hacia la madre y odio al padre, el cual, por el descubrimiento de la posibilidad de castración, impone la replsamación del complejo de Edipo, produce la creación del superyó, introduciendo en el niño todos los procesos que tienen por meta la inserción del individuo en la cultura. Luego de la interiorización de la instancia paterna en el superyó, se busca desasir de este ultimo a las personas de quienes originariamente fue la subrogación anímica.
Los efectos del complejo de castración en la mujer: ella reconoce el hecho de su castración y la superioridad del varón y su propia inferioridad, pero se revuelve contra esta situación desagradable. De esta actitud derivan tres orientaciones posibles de desarrollo:
Suspensión de toda vida sexual: extrañamiento respecto de la sexualidad; la niña, aterrorizada por la comparación con el varón, queda desconéctenla con su clítoris, renuncia a su quehacer fálico y a la sexualidad en general.
Porfiada híper insistencia en la virilidad: complejo de masculinidad; retención de la masculinidad. La esperanza de tener alguna vez un pene persiste hasta épocas tardías; persiste la fantasía de ser un varón, pudiendo terminar este complejo en una elección de objeto homosexual manifiesta.
Esbozos de la femineidad definitiva: forma femenina del complejo de Edipo: desemboca en la final configuración femenina que toma al padre como objeto. El complejo de Edipo es en la mujer el resultado final de un desarrollo más prolongado, es creado por el influjo de la castración, y es frecuente que la mujer nunca lo supere.
La fase de la ligazón-madre puede llamarse pre-edípica, es el vinculo originario sobre el que se edifica la ligazón-padre; el endose (cambio, pasaje) de ligazones afectivas del objeto-madre al objeto-padre constituye el contenido principal del desarrollo que lleva hasta la femineidad.
El extrañamiento del objeto-madre se produce por la eficacia de una serie de mecanismos que cooperan en la misma meta final: lo celos hacia otras personas (el amor infantil es desmedida, pide exclusividad), la incapacidad de una satisfacción plena (el amor carece de meta y está condenado a dejar sitio a una actitud hostil), el efecto del complejo de castración (descubrimiento de su inferioridad orgánica), la omisión de dotar a la niña con el genital correcto, la nutrición de manera insuficiente, iniciación del primer quehacer sexual y luego su prohibición.
Cuando la niña se entera de su propio defecto por la vista de un genital masculina, no acepta sin vacilación ni renuencia la indeseada enseñanza, sino que se obstina en la expectativa de poseer alguna vez un genital así, y el deseo de tenerlo sobrevive todavía largo tiempo.
Al final de esta primera fase de la ligazón-madre, emerge, por el extrañamiento de la hija respecto de la madre, el reproche de haberla hecho mujer.
Parece ser que los motivos para ese extrañamiento son insuficientes para justificar la final hostilidad. Quizá lo más correcto sea decir que la ligazón-madre tiene que irse al fundamento justamente porque es la primera y es intensísima.
En las primeras fases de la vida amorosa es evidente que la ambivalencia constituye la regla. La intensa ligazón de la niña con su madre debe hacer sido muy ambivalente, y justamente por eso y con la cooperación de otros factores, habrá sido esforzada a extrañarse de ella. El proceso es consecuencia de una característica universal de la sexualidad infantil.
III
Las metas sexuales de la niña junto a la madre son de naturaleza tanto activa como pasiva, y están comandadas por las fases libidinales que atraviesan los niños.
En todos los ámbitos del vivenciar anímico, una impresión recibida pasivamente provoca en el niño la tendencia a una reacción activa; intenta hacer lo mismo que antes le hicieron o que hicieron con él, se intenta dominar el mundo externo. Puede incluso empeñarse en repetir impresiones que habría tenido motivos para evitar a causa de su contenido penoso. Se muestra una rebeldía contra la pasividad y una predilección por el papel activo. Esta alternancia de la pasividad a la actividad no se da en todos los niños con igual regularidad y alternancia, y en muchos puede faltar.
Las primeras vivencias sexuales del niño junto a la madre son de naturaleza pasiva (es amamantado, alimentado, limpiado, etc., por ella). Una parte de la libido del niño permanece adherido a esas experiencias y goza de las satisfacciones conexas; otra parte te ensaya en su re-vuelta a la actividad. En los otros vínculos, el niño se contenta con la autonomía, con el triunfo de ejecutar él mismo lo que antes le sucedió o con la repetición activa de sus vivencias pasivas en el juego o bien convierte a la madre en el objeto respecto del cual se presenta como sujeto activo.
Entre las mociones pasivas de la fase fálica, se destaca que la niña inculpa a la madre como seductora, ya que por fuerza debió registrar las primeras sensaciones genitales a raíz de los manejos de la limpieza y el cuidado del cuerpo realizados por la madre. El hecho de que de ese modo la madre inevitablemente despierte en su hija la fase fálica es el responsable de que en las fantasías de años posteriores el padre aparezca tan regularmente como el seductor sexual. Al tiempo que se cumple el extrañamiento respecto de la madre, se transfiere al padre la introducción en la vida sexual.
En la fase fálica sobrevienen por último intensas emociones activas de deseo dirigidas ala madre; el quehacer sexual culmina en la masturbación del clítoris. El extrañamiento respecto de la madre es un paso en extremo sustantivo en la vía de desarrollo de la niña, es algotas que un mero cambio de vía de objeto; al par que sobreviene se observa un fuerte descenso de las aspiraciones sexuales activas y un ascenso de las pasivas. El tránsito al objeto-padre se cumple con ayuda de las experiencias pasivas en la medida en que estas han escapado al ímpetu subvirtiente.
I
En el caso del varón, se encuentra al niño tiernamente prendado del progenitor de sexo contrario, mientras que en la relación con el de igual sexo prevalece la hostilidad. La madre fue su primer objeto de amor; luego, con el refuerzo de sus aspiraciones enamoradas, lo sigue siendo, y a raíz de la intelección más profunda del vínculo entre la madre y el padre, éste último deviene un rival. Esto se ve en la fase del complejo de Edipo normal.
En la niña, la madre también fue su primer objeto. La frase pre-edípica es mucho más larga, y la relación de ligazón con la madre puede durar hasta los cuatro o cinco años, o quizá nunca desprenderse de ella. La mujer llega al complejo de Edipo positivo (ternura hacia el sexo opuesto y hostilidad hacia el mismo sexo) luego de superar una prehistoria gobernada por el complejo negativo. Se tiene que producir el trueque entre la zona erógena rectora (el clítoris) por la vagina; a su vez, se tiene que cambiar su inicial objeto de amor (la madre) por el padre.
Freud dice que, en general, toda vez que la ligazón-madre fue de particular intensidad, el trueque con la ligazón-padre también lo será.
II
Dos hechos novedosos: la intensa dependencia de la mujer respecto de su padre es la heredera de una igualmente intensa ligazón- madre; y esa fase anterior tuvo una duración inesperada.
La bisexualidad es parte de la disposición constitucional de los seres humanos. El varón tiene solo una zona genesica rectora, un órgano genesico, mientras que la mujer posee dos: la vagina, propiamente femenina, y el clítoris, análogo al miembro viril.
En la mujer, lo que precede a la genitalidad tiene que desenvolverse en torno del clítoris. La vida sexual de la mujer se descompone en dos fases: una de carácter masculino y otra específicamente femenina; en el desarrollo hay un proceso de transporte de una fase a la otra.
Las condiciones primordiales de la elección de objeto son idénticas para todos los niños; tanto en niños como en niñas, la madre deviene el primer objeto de amor a consecuencia del influjo del suministro de alimento y del cuidado del cuerpo. En el varón, la madre seguirá siendo el objeto de amor hasta que la sustituya un objeto de su misma esencia o derivado de ella. En cambio, en la niña, al final del desarrollo, se produce un cambio de vía sexual que corresponde a un cambio de vía en el sexo del objeto.
En el niño se da simultáneamente un vinculo amoroso hacia la madre y odio al padre, el cual, por el descubrimiento de la posibilidad de castración, impone la replsamación del complejo de Edipo, produce la creación del superyó, introduciendo en el niño todos los procesos que tienen por meta la inserción del individuo en la cultura. Luego de la interiorización de la instancia paterna en el superyó, se busca desasir de este ultimo a las personas de quienes originariamente fue la subrogación anímica.
Los efectos del complejo de castración en la mujer: ella reconoce el hecho de su castración y la superioridad del varón y su propia inferioridad, pero se revuelve contra esta situación desagradable. De esta actitud derivan tres orientaciones posibles de desarrollo:
Suspensión de toda vida sexual: extrañamiento respecto de la sexualidad; la niña, aterrorizada por la comparación con el varón, queda desconéctenla con su clítoris, renuncia a su quehacer fálico y a la sexualidad en general.
Porfiada híper insistencia en la virilidad: complejo de masculinidad; retención de la masculinidad. La esperanza de tener alguna vez un pene persiste hasta épocas tardías; persiste la fantasía de ser un varón, pudiendo terminar este complejo en una elección de objeto homosexual manifiesta.
Esbozos de la femineidad definitiva: forma femenina del complejo de Edipo: desemboca en la final configuración femenina que toma al padre como objeto. El complejo de Edipo es en la mujer el resultado final de un desarrollo más prolongado, es creado por el influjo de la castración, y es frecuente que la mujer nunca lo supere.
La fase de la ligazón-madre puede llamarse pre-edípica, es el vinculo originario sobre el que se edifica la ligazón-padre; el endose (cambio, pasaje) de ligazones afectivas del objeto-madre al objeto-padre constituye el contenido principal del desarrollo que lleva hasta la femineidad.
El extrañamiento del objeto-madre se produce por la eficacia de una serie de mecanismos que cooperan en la misma meta final: lo celos hacia otras personas (el amor infantil es desmedida, pide exclusividad), la incapacidad de una satisfacción plena (el amor carece de meta y está condenado a dejar sitio a una actitud hostil), el efecto del complejo de castración (descubrimiento de su inferioridad orgánica), la omisión de dotar a la niña con el genital correcto, la nutrición de manera insuficiente, iniciación del primer quehacer sexual y luego su prohibición.
Cuando la niña se entera de su propio defecto por la vista de un genital masculina, no acepta sin vacilación ni renuencia la indeseada enseñanza, sino que se obstina en la expectativa de poseer alguna vez un genital así, y el deseo de tenerlo sobrevive todavía largo tiempo.
Al final de esta primera fase de la ligazón-madre, emerge, por el extrañamiento de la hija respecto de la madre, el reproche de haberla hecho mujer.
Parece ser que los motivos para ese extrañamiento son insuficientes para justificar la final hostilidad. Quizá lo más correcto sea decir que la ligazón-madre tiene que irse al fundamento justamente porque es la primera y es intensísima.
En las primeras fases de la vida amorosa es evidente que la ambivalencia constituye la regla. La intensa ligazón de la niña con su madre debe hacer sido muy ambivalente, y justamente por eso y con la cooperación de otros factores, habrá sido esforzada a extrañarse de ella. El proceso es consecuencia de una característica universal de la sexualidad infantil.
III
Las metas sexuales de la niña junto a la madre son de naturaleza tanto activa como pasiva, y están comandadas por las fases libidinales que atraviesan los niños.
En todos los ámbitos del vivenciar anímico, una impresión recibida pasivamente provoca en el niño la tendencia a una reacción activa; intenta hacer lo mismo que antes le hicieron o que hicieron con él, se intenta dominar el mundo externo. Puede incluso empeñarse en repetir impresiones que habría tenido motivos para evitar a causa de su contenido penoso. Se muestra una rebeldía contra la pasividad y una predilección por el papel activo. Esta alternancia de la pasividad a la actividad no se da en todos los niños con igual regularidad y alternancia, y en muchos puede faltar.
Las primeras vivencias sexuales del niño junto a la madre son de naturaleza pasiva (es amamantado, alimentado, limpiado, etc., por ella). Una parte de la libido del niño permanece adherido a esas experiencias y goza de las satisfacciones conexas; otra parte te ensaya en su re-vuelta a la actividad. En los otros vínculos, el niño se contenta con la autonomía, con el triunfo de ejecutar él mismo lo que antes le sucedió o con la repetición activa de sus vivencias pasivas en el juego o bien convierte a la madre en el objeto respecto del cual se presenta como sujeto activo.
Entre las mociones pasivas de la fase fálica, se destaca que la niña inculpa a la madre como seductora, ya que por fuerza debió registrar las primeras sensaciones genitales a raíz de los manejos de la limpieza y el cuidado del cuerpo realizados por la madre. El hecho de que de ese modo la madre inevitablemente despierte en su hija la fase fálica es el responsable de que en las fantasías de años posteriores el padre aparezca tan regularmente como el seductor sexual. Al tiempo que se cumple el extrañamiento respecto de la madre, se transfiere al padre la introducción en la vida sexual.
En la fase fálica sobrevienen por último intensas emociones activas de deseo dirigidas ala madre; el quehacer sexual culmina en la masturbación del clítoris. El extrañamiento respecto de la madre es un paso en extremo sustantivo en la vía de desarrollo de la niña, es algotas que un mero cambio de vía de objeto; al par que sobreviene se observa un fuerte descenso de las aspiraciones sexuales activas y un ascenso de las pasivas. El tránsito al objeto-padre se cumple con ayuda de las experiencias pasivas en la medida en que estas han escapado al ímpetu subvirtiente.
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