domingo, 5 de febrero de 2012

"Las formaciones del inconciente"; Lacan (resumen)

“Las formaciones del Inconciente”; Lacan
* La metáfora paterna.
    La metáfora paterna concierne la función del padre en términos de relaciones interhumanas. La función del padre tiene su lugar en el corazón del Edipo. Freud la introdujo al principio de todo, ya que lo que revela el inconsciente al principio es el Complejo de Edipo; lo importante de esta revelación del inconsciente es la amnesia infantil que afecta  a los deseos infantiles por la madre y al hecho de que estos deseos están reprimidos. Dichos deseos son primordiales y están todavía presentes.

I
    El tema histórico del Complejo de Edipo gira alrededor de tres polos:
 El Edipo en relación al Superyó, a la ley: el Complejo de Edipo tiene una función esencial de normalización.
 El Edipo en relación con la realidad: se trata de las relaciones del Edipo con las afecciones que collevan una alteración de la relación con la realidad, perversión y psicosis.
 La relación del complejo con el Ideal del Yo: la mentalización, cuando se asume, se convierte en elemento del Ideal del Yo. La cuestión de la mentalización es doble: por un lado, hay un crecimiento que acarrea una evolución, una maduración, por otro lado, hay en el Edipo asunción por parte del sujeto de su propio sexo, es decir, lo que hace que el hombre asuma el tipo viril y la mujer asuma cierto tipo femenino. La virilidad y la feminización son los dos términos que traducen lo que esencialmente la función del Edipo.

II
    En un primer momento se entendió la carencia del padre desde un punto de vista ambientalista, se creía que era algún exceso del padre lo que engendraba el drama. Era una época en que la imagen del padre terrorífico se consideraba un elemento lesional. En las neurosis se apreció muy rápidamente que era más grave cuando era demasiado amable.
    Más tarde se comprendió por experiencia que el padre existe incluso sin estar. Incluso en los casos en que el padre no está presente, cuando el niño se queda solo con su madre, complejos de Edipo completamente normales, se establecen de una forma homogénea con respecto a los otros casos. Hablar de la carencia del padre en la familia no es hablar de su carencia en el complejo. Lo importante aquí es que exista alguien que se interponga entre la madre y el niño, es decir, imponga la ley.

III
    Al principio, el padre es terrible. El padre interviene en diversos planos. De entrada, prohíbe a la madre. Este es el fundamento, el principio del Complejo de Edipo, ahí es donde el padre está vinculado con la ley primordial de la interdicción del incesto. Es el padre el encargado de representar esta interdicción. A veces ha de manifestarla de una forma directa cuando el niño se abandona a sus expansiones, manifestaciones, tendencias, pero ejerce su papel mucho más allá de este. Es mediante toda su presencia, por sus efectos en el inconciente, como lleva a cabo la interdicción de la madre.
    La relación entre el niño y el padre esta gobernada por el temor de la castración. Se aborda como una represalia dentro de una relación agresiva. Esta agresión parte del niño porque su objeto privilegiado, la madre, le esta prohibido, y va dirigida al padre. Vuelve hacia él en función de la relación dual, en la medida en que proyecta imaginariamente en el padre intenciones agresivas equivalentes o reforzadas con respecto a la suyas, pero que parten de sus propias tendencias agresivas. El temor experimentado ante el padre es netamente centrífugo, es decir tiene su centro en el sujeto.
    Así, la forma en que la neurosis encarna la amenaza castrativa esta vinculada con la agresión imaginaria. Es una represalia.
    Aunque profundamente vinculada con la articulación simbólica de la interdicción del inceso, la castración se manifiesta en el plano imaginario.
    Freud introdujo en el Complejo de Edipo la cuestión del Edipo invertido. El Edipo invertido nunca está ausente en la función del Edipo, es decir, el componente de amor al padre. Es el que proporciona el final del Complejo de Edipo, su declive, en una dialéctica, también muy ambigua, del amor y de la identificación en tanto que tiene su raíz en el amor. Identificación y amor no es lo mismo (es posible identificarse con alguien sin amarlo y viceversa), pero ambos términos están estrechamente vinculados y son absolutamente indisociables.
    El sujeto se identifica con el padre en la medida en que lo ama, y encuentra la solución terminal del Edipo en un compromiso entre la represión amnésica y la adquisición de aquel término gracias al cual se convierte en el padre. No es de aquí en adelante y de forma inmediata un pequeño varón, pero tiene sus títulos en el bolsillo, tiene el asunto en reserva, y llegado el momento, si las cosas van bien, en el momento de la pubertad tendrá su pene listo, con su certificado.
    Por la misma vía, la del amor, puede producirse la posición de inversión, a saber, que en lugar de una identificación benéfica, el sujeto se encuentre afectado por una posición pasivizada en el plano del inconsciente: frente a ese padre temido, prohibido, pero que por otra parte es tan amable, colocarse en el lugar adecuado para obtener sus favores, hacerse amar por él. Pero como hacerse amar por él consiste en primer lugar en pasar a la categoría de mujer, supone el peligro de castración, aquella forma de homosexualidad inconsciente que deja al sujeto en una situación conflictiva con múltiples repercusiones (por una parte, el retorno constante de la posición homosexual con respecto al padre, y por otra parte su suspensión, es decir su represión, debido a la amenaza de castración que supone tal posición).
- Primer nivel:
    El padre prohíbe. El padre prohíbe al niño hacer uso de su pene en el momento en que dicho pene empieza a manifestar sus veleidades; se trata de la prohibición del padre con respecto a la pulsión real. El nivel de la amenazada de castración se trata de la intervención real padre con respecto a una amenaza imaginaria, puesto que sucede bastante poco a menudo que se lo corten realmente. La castración es un acto simbólico cuyo agente es alguien real que le dice “te lo voy a cortar”, y cuyo objeto es un objeto imaginario (si el niño se siente cortado es que se lo imagina).
- Segundo nivel:
    Por otra parte ¿qué es lo que prohíbe el padre?. El padre le prohíbe la madre. En cuanto objeto es suya, no del niño. En este nivel, es donde se establece aquella rivalidad con el padre que por si misma engendra una agresión. El padre frustra al niño de su madre. Este es el piso de la frustración. El padre interviene como provisto de un derecho. Aquí es el padre en cuanto simbólico el que interviene en una frustración, acto imaginario que concierne a un objeto bien real, la madre, en tanto que el niño tiene necesidad de ella.
- Tercer nivel:
    Este es el nivel de la privación, que interviene en la articulación del Complejo de Edipo. Se trata del padre en tanto que se hace preferir a la madre, dimensión que interviene en la función terminal, la que conduce a la formación del Ideal del Yo. En la medida en que el padre se convierte, de la forma que sea, por su fuerza o su debilidad, en un objeto preferible a la madre, puede establecerse la identificación terminal. La cuestión del Complejo de Edipo invertido y de su función se establece en este nivel. Aquí es donde se centra la cuestión de la diferencia del efecto del Complejo en el niño y en la niña.
    Esto en la niña se produce por sí solo: para ella la dificultad se encuentra a la entrada, mientras que al final la solución se ve facilitada porque el padre no tiene dificultad para ser preferido a la madre como portador del falo.
    El niño sale del Complejo de Edipo y asume la virilidad mediante la identificación con el padre. En la medida en que el padre se convierte en el Ideal del Yo, se produce en la niña el reconocimiento de que ella no tiene falo; pero esto es lo bueno para ella. El niño, en el momento de la salida normativizante del Edipo, reconoce no tener, no tener verdaderamente lo que tiene.
    ¿Qué es el padre? El padre es el padre simbólico, el padre es una metáfora. Una metáfora es un significante que viene en lugar de otro significante. Esto es el padre en el Complejo de Edipo.
    El padre es un significante que sustituye a otro significante. Aquí está el mecanismo, el mecanismo esencial, el único mecanismo de la intervención del padre en el Complejo de Edipo.
    La función del padre en el Complejo de Edipo es la de ser un significante que sustituye al primer significante introducido en la simbolización, el significante materno. De acuerdo con la fórmula que es la metáfora, el padre ocupa el lugar de la madre.
                                                                    Padre      Madre
                                                                    Madre        x
    ¿Cuál es el significado? ¿Qué es lo que quiere la madre? Al niño le encantaría ser él lo que la madre quiere, pero está claro que no sólo lo quiere al niño. Le da vueltas a otra cosa, a la x, al significado, al falo.
    Agente    Operación    Objeto (falta)
Primer nivel    Padre Real    Castración (simbólica)    Imaginario
Segundo nivel    Madre simbólica    Frustración (imaginaria)    Real
Tercer nivel    Padre imaginario    Privación (real)    Simbólico



* Los tres tiempos del Edipo.
    Donde residen todas las posibilidades de articular claramente el Complejo de Edipo y su mecanismo, el Complejo de castración, es en la metáfora.
    Apenas hay un sujeto hablante, la cuestión de sus relaciones en tanto que habla no podría reducirse simplemente a otro, siempre hay un tercero, el Otro con mayúscula, constituyente de la posición del sujeto como hablante.

I
    La metáfora paterna se trata de poner al padre, en cuanto símbolo o significante en lugar de la madre, en el lugar de una simbolización primordial entre el niño y la madre.
    Los términos planteados respecto de las relaciones del niño con la madre se resumen en el triángulo imaginario. Admitir como fundamental el triángulo niño-padre-madre es añadir algo que es real pero que establece una relación simbólica.
    La primera relación de realidad se perfila entre la madre y el niño, y ahí es donde el niño experimenta las primeras realidades de su contacto con el medio viviente. El padre entra en el triangulo con el fin de dibujar objetivamente la situación, mientras que para el niño todavía no ha entrado. El padre es  real, pero solo es real en tanto que las instituciones le confieren su nombre de pare.
    La posición del Nombre del Padre, la calificación del padre como creador, es un asunto que se sitúa en el nivel simbólico. Puede realizarse de acuerdo con las diversas formas culturales, pero en sí no depende de la forma cultural, es una necesidad de la cadena significante.
    Hay un relación entre el ternario simbólico y el imaginario para presentar la relación del niño con la madre, en tanto que el niño depende del deseo de la madre, de la primera simbolización de la madre, de la primera simbolización de la madre. Mediante esta simbolización, el niño se desprende su dependencia efectiva respecto del deseo de la madre de la pura y simple vivencia de dicha dependencia y se instituye algo que se subjetiva en un nivel primordial o primitivo. Esta subjetivación consiste e establecer a la madre como aquel ser primordial que puede estar o no estar.
    Desde esta primera simbolización en la que el deseo del niño se afirma, se esbozan todas las complicaciones ulteriores de la simbolización, porque su deseo es deseo del deseo de la madre. En consecuencia, se abre una dimensión por la cual se inscribe virtualmente lo que desea objetivamente la propia madre en cuanto que vive en el mundo del símbolo, en un mundo donde el símbolo está presente, en un mundo parlante. Esta simbolización primordial le abre al niño la dimensión de algo distinto: que la madre puede desear en el plano imaginario.
    En la madre hay el deseo de Otra cosa distinta que satisfacer el propio deseo del niño; ese algo que hace falta es precisamente la existencia detrás de ella de todo el orden simbólico del cual depende, y que, como siempre está mas o menos ahí, permite cierto acceso al objeto de su deseo. Este objeto se llama falo.





    El niño tiene una determinada relación con el objeto del más allá del deseo de la madre, cuya prevalencia y valor de excelencia ha observado, y se aferra a él por medio de una identificación imaginaria con la madre. En realidad, sería más correcto decir que con lo que se identifica el niño es propiamente con el falo, porque el falo es el objeto del deseo de la madre.
    El padre, en tanto que priva a la madre del objeto de su deseo, especialmente del objeto fálico, desempeña un papel del todo esencial. Se trata del nivel de la privación; aquí el padre priva a alguien de lo que a fin de cuentas no tiene, es decir, de algo que sólo tiene existencia porque lo hace surgir en la existencia en cuanto símbolo. Para que se establezca que no lo tiene, eso ha de ser proyectado en el plano simbólico como símbolo. Es en el plano de la privación de la madre donde en un momento dado de la evolución del Edipo se plantea para el sujeto la cuestión de aceptar, de registrar, de simbolizar él mismo, de convertir en significante, esa privación de la que la madre es objeto. Esta privación, el sujeto infantil la asume o no la asume, la acepta o la rechaza. Este punto es esencial, el punto nodal.
    Si el niño no franquea ese punto nodal, es decir, no acepta la privación del falo de la madre operado por el padre, mantiene por regla general una determinada forma de identificación con el objeto de la madre.
    Ser o no ser el falo. En el plano imaginario, para el sujeto se trata de ser o no ser el falo. La fase que se ha de atravesar pone al sujeto en la posición de elegir.

II
    El padre estará en juego como portador de la ley, como interdictor del objeto que es la madre. La función del padre, el Nombre del Padre, esta vinculada con la interdicción del incesto. Hace de obstáculo entre el niño y la madre, es el portador de la ley. Aquí se encuentra la clave del Edipo, su salida.

III
    Tiempos lógicos del Edipo, no cronológicos.
- Primer tiempo:
    Lo que el niño busca es poder satisfacer el deseo de la madre, es decir, ser o no ser el objeto del deseo de la madre. El sujeto se identifica en espejo con lo que es el objeto del deseo de la madre. Etapa fálica primitiva. Para gustarle a la madre, basta y es suficiente con ser el falo.
    Este tiempo está comandado por el significante “deseo de la madre”. El padre está velado. Lo que prima es lo que se llama ley caprichosa y arbitraria de la madre. La ley materna es una ley incontrolada, caprichosa. El niño empieza como súbdito, se experimenta y se siente profundamente sometido al capricho de lo que depende.
    La instancia paterna se introduce bajo una forma velada, o todavía no se ha manifestado. Ello no impide que el padre exista en la materialidad mundana. Por eso la cuestión del falo ya esta planteada en algún lugar en la madre, donde el niño ha de encontrarla.
    El falo es un objeto metonímico. Debido a la existencia de la cadena significante circula por todas partes en el significado.
- Segundo tiempo:
    El padre interviene, en el plano imaginario, como privador de la madre. Se produce lo que hace que al niño le vuelva la ley del padre concebida imaginariamente por el sujeto como privadora para la madre. Estadio nodal y negativo: lo que desprende al sujeto de su identificación, al mismo tiempo, lo liga con la primera aparición de la ley.
    El padre se afirma en su presencia privadora, en tanto que es quien soporta la ley; esto se produce de una forma mediada por la madre, que es quien lo establece como quien dicta la ley. El padre todopoderoso es el que priva.
- Tercer tiempo:
    De esta etapa depende la salida del Complejo de Edipo. El padre ha demostrado que daba el falo solo en la medida en que es portador de la ley. Es preciso que el padre mantenga lo que ha prometido; ha de dar alguna prueba de que tiene el falo.
    El padre puede darle a la madre lo que ella desea, y puede dárselo porque lo tiene. Interviene el hecho de la potencia; el padre es potente.
    El padre se revela en tanto que él tiene; esta es la salida del Edipo, la cual es favorable si se produce la identificación del niño con el padre como el que lo tiene, identificación llamada Ideal del Yo.
    El padre interviene como real y potente. Si el padre es interiorizado en el sujeto como Ideal del Yo y, entonces, el Complejo de Edipo declina, es en la medida en que el padre interviene como quien lo tiene.
    Esto no quiere decir que el niño vaya a tomar posesión de todos sus poderes sexuales y a ejercerlos. Sin embargo, el niño tiene en reserva todos los títulos para usarlos en el futuro.
    Aquí interviene la metáfora paterna, la cual conduce a la institución de algo perteneciente a la categoría del significante, está ahí en reserva, y su significación se desarrollará más tarde. El niño tiene todos los títulos para ser un hombre.
    Para la mujer la salida del Complejo de Edipo es distinta. Ella no ha de enfrentarse con esa identificación, ni ha de conservar ese título de virilidad. Sabe dónde está eso y sabe dónde ir a buscarlo, al padre, y se dirige hacia quien lo tiene.
    El padre es el significante que representa la existencia del lugar de la cadena significante como ley; se coloca por encima de ella.
                                                                                       S

                                                                         S    S     S    S    S

                                                                         s     s     s     s     s

    El padre está en una posición metafórica si y sólo si la madre lo convierte en aquel que con su presencia, sanciona la existencia del lugar de la ley.
    Así es como puede se franqueado el tercer tiempo del Complejo de Edipo, es decir, la etapa de la identificación en la que se trata para el niño de identificarse con el padre como poseedor del pene, y para la niña de reconocer al hombre como quien lo posee.

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